Uno de los empeños de mi madre, en su belicosa ignorancia, fue la tentativa de aislar a sus hijos del mundo. Tenía un miedo patológico al exterior y lejos de intentar entenderlo, buscaba el clóset más obscuro para ocultarse. En mi caso no pudo lograrlo, a pesar de que lo intentó hasta la asfixia. Esta memoria viene a cuento porque frente a King Diamond, en el concierto que ofreció en la Ciudad de México, quedó claro que ya perdimos hasta el tutelaje de la figura del demonio, lo que nos dejó en la orfandad más absoluta. Ojalá que existiera y fuese posible encomendarse a su cuidado. Ya ni eso tenemos. Estamos más solos que nunca.

Kim Bendix Petersen (n. 1956) músico de origen danés conocido comúnmente como King Diamond, logró una de las hazañas menos posibles de la escena del heavy metal —utilizaré ese término para su música y no haré caso de los puristas, así que ni lo intenten—: narrativizar una música nacida para generar dolor de cabeza, hasta el punto de crear personajes, historias, secuelas y otros derivados que han mantenido su carrera a lo largo de casi treinta años. Fatal Portrait salió a la venta en 1986 y desde entonces Petersen no ha parado para satisfacción de miles de individuos que lo siguen alrededor del mundo. Las sugestivas ilustraciones de sus discos, además de su provocador maquillaje, han logrado ubicar su música en un sitio de privilegio frente al de cualquier otra banda semejante.

De pronto, se acordaron de que existe México y decidieron visitar este país. El resultado fue una fiesta absoluta en donde la voz de Petersen exaltó los ánimos hasta ponerlos de cabeza. Conspiracy (1989), por ejemplo, es uno de los discos que no he dejado de escuchar desde la adolescencia. El abordaje de la invocación de la muerte me parece sobradamente exitoso. Al año siguiente, salió a la luz The Eye (1990), dando otro derechazo con la brujería como trasfondo de las historias. Y hablo sólo de King Diamond, porque Mercyful Fate, la otra banda que ha mantenido viva a lo largo de los años, se cuece aparte. Esa tiene otra tipología de simpatizante, entre quienes yo no me encuentro, sea por apatía o puro azar.

El concierto derivó en un extraño reconocimiento de los mismos rostros que asisten a los mismos conciertos, aunque con los rostros ajados por el paso del tiempo. La generación de los nacidos en la década de los setenta se transforma en ese segmento de población con canas, con un pie en la madurez más evidente y el otro en la negativa a renunciar a los gustos que los forjaron como personas. Es la misma sensación de cuando, en la juventud, asistías a un concierto de The Rolling Stones. Disfruté el evento (¡qué duda cabe!), pero me hizo meditar cuánto aquellos decibeles ya me afectaron el odio, motivaron la migraña que me queja, o ayudaron a destrozar los nervios que mantengo en un equilibrio tembloroso. ¿Hicimos la mejor elección? ¿No perdimos el tiempo frente a los brillos de un misterio detrás de cual no había nada más que humo y falta de principios? La “gran estafa del rock and roll” no sólo fue de The Sex Pistols y claramente no terminó con ellos. Igual fuimos los peones de otra partida de ajedrez (no se ofendan), pero ya lo juzgará la historia.

Visto a la distancia, esas historias de King Diamond y de otras bandas que igualmente “escribían historias” para sus discos, me hicieron acercarme a la literatura que ahora disfruto, la más exigente, la que es capaz poner los pelos sin juegos de artificio. No es inusual, al menos en las bandas de metal en todos sus géneros que florecieron y murieron en la década de 1985-1995, que se sirvieran de historias para generar interés en su música, a la que acaso adivinaban efímera y circunstancial. Los coros en el Palacio de los Deportes ovacionaron “The Eye of the Witch” o “The 7th day of July 1777”, y fueron entonadas a golpe de garganta viva. Además, las luces y el escenario de iglesia gótica fueron el condimento ideal para que la nostalgia fuese traída de nueva cuenta a la taquilla. ¿Y qué nos quedó de eso? Nada.

No he dado seguimiento a la carrera de King Diamond, debo admitir. Ya detecté la treta y ahora me canso el explorar lo nuevo, que está llamado a no terminar. Fue una suerte que la selección de canciones atendiera a criterios de glorias pasadas, salvo por algunas excepciones. De tal suerte que todos pudimos divertirnos en la fantasía de que el tiempo nunca pasó, que llegaremos a casa y habrá sopa caliente en la mesa, que podremos pasar el día siguiente junto al tocadiscos, atormentando a los vecinos con música a todo volumen. Que aún tenemos veinte años.