El viejo Amadeo Revilla es un hombre obtuso y de pocas palabras. Sus manos, afiladas como garfios, son bastas y de una conminatoria brutalidad. Todos los días, para que sus huesos no se enmohezcan, realiza unos pavorosos ejercicios, dizque fexibilizadores. Pero fracasa. Y no se entristece. A diferencia de otros ancianos, él acepta que se encuentra en la plenitud de su decadencia. Después de cada sesión aeróbica, se limita a intercambiar miradas cómplices y gestos de desaliento con los otros viejos que, abrumados, sudorosos y peripatéticos, se despabilan todas las mañanas para ir a montar aquel grotesco numerito.

Fuera de aquellos entrenamientos matutinos, el tipo se pertrecha en una reconditez arisca. Nada le gusta, o para decirlo con justicia: muy pocas cosas lo complacen. Bien visto, tiene un pasatiempo: discutir y sembrar la insidia. Y su feroz labranza de cizaña no se colma con nada. A decir verdad, nunca le ha gustado la simulación. Y ahora que recientemente completó los sesenta y cinco años, su desprecio por la falsedad parece haber adquirido colosales proporciones. A esta hora de su vida, nada tiene qué probarle al mundo. Le importa un rábano si desagrada a las personas. Todo lo que huela a gentío le produce una náusea irrefrenable. En todo caso, le fatiga más tener que montar escenitas de mímica para parecer agradable a los ojos de los demás.

Lo cierto es que, a fuerza de no querer parecer hipócrita, Amadeo se ha vuelto injurioso. Como es prácticamente un vejete, y está lleno de una saña iconoclasta, en los últimos años le ha dado por pensar que puede hacer y decir lo que le pegue la gana. Y su decrepitud, en cierto sentido, le ha servido como escudo. ¿Siendo un “adulto en plenitud” qué demonios podrían hacerle? ¿Pegarle? ¿Decirle groserías? ¿Aniquilarlo con una ráfaga de pesticidas? ¿Arrojarlo a las vías del tren por accidente? Esto último podría resultar eficaz. Como quiera, lo cierto es que la mayoría no puede ejercer nada en su contra. Al contrario, muchas veces hasta le ceden el asiento en el transporte. El bilioso agradece que, en las dos últimas décadas, haya ido apoderándose del mundo una chusma que, por extraño que parezca, dice sentir una gran satisfacción ayudando a los demás. En un planeta donde las organizaciones solidarias empatan en número con los Oxxos, Revilla siente su vejez como una suerte de consagración.

Pero Amadeo tampoco es tonto. Sabe que no sería capaz de librar una lucha callejera. Por eso se cuida muy bien de no injuriar a otros viejos que, por lo regular, suelen ser igual de insolentes y amargados que él. Prefiere, por mucho, agraviar a los jóvenes. Sobre todo a los estudiantes y apocados. La mayoría de ellos, al menor conato de trifulca, sólo revelan una confusión ignorante y un miedo pueril. En cambio, nunca pelea con los bravucones ni con aquellos que no pueden disimular su cara de matones. Amadeo sabe muy bien que, en ese caso, la lucha no terminaría simplemente con un ojo negro o con las narices vertiendo sangre. Podrían, incluso, matarlo. Y mejor cuidar a quién se le ofende. Ya no tiene edad para enfrentar auténticas contrariedades.

De hecho, aunque el viejo es enojón, no le gusta enfurecerse. Le hace daño, cae enfermo. Cuando llega a irritarse, incluso, le duele la cabeza, la garganta se le seca, el estómago se le encoge y, por lo general, siente ganas de cagarse en los calzones. Y no pocas veces ha cedido al impulso.

Cuando regresa del Taichi, se deja caer en la cama, entre divertido, maldiciente y roto. Ahí, echado, le gusta hacerse el dormido ante él mismo. Deja de respirar todo el tiempo que puede. Tocado un punto, sale fuera de su cuerpo. Le da la impresión de que flota. O navega. No podría precisarlo. Lo que es un hecho es que se trata de un viaje de expedición por su cadáver. La mayoría de las veces, el recorrido termina cuando las cortinas forman el fantasma de su mujer, quien, si las cuentas no le fallan, murió apenas hace tres semanas. Y eso también le da coraje. En ese punto lo asaltan un enjambre de reminiscencias atroces relacionadas con la señora. El viejo Revilla no sabía que las malditas alimañas también podían transformarse en apariciones. Y lo único que se le ocurre, a manera de saludo y bienvenida, es tirarle un garrafal pedo al espectro su ex esposa. Y bien que surte efecto porque, al punto, la aparición se disemina en medio de una letanía de insultos, lamentos y vómitos con aroma a ultratumba. Pero Amadeo no se acongoja. Ya, a la mañana siguiente, se encargará de rociar Glade en toda la habitación para que no huela a cadáver gangrenado.