Es el trigésimo aniversario

de la desgracia argamasa de vida,

el trigésimo de los años

del siempre puntual despertador

que a las 5:00 de la mañana

fusila sueños.

 

Te levantas, aún de noche

para quemar los recuerdos en la regadera

pero las pesadillas huelen a chocolatines y buñuelos.

Te levantas. Asciendes a la vacuidad de la vigilia,

a la soledad de los instantes.

Desciendes

a la profunda tristeza hecha de migajas

y horneas siempre al amanecer

tus lágrimas de harina.

 

Por la falta de descanso

adquiriste la costumbre de soñar despierto

imaginabas una mujer de nombre Magdalena

Con la que pasabas días y noches de piel, trigo

                                                                                    y sangre.

 

Adquiriste la costumbre

de entregarte a los pensamientos

y dejar que tus manos

inventaran constelaciones de masa.

 

Los sueños muertos

se ahogaron en el torrente de azúcar

ni siquiera las donas pudieron salvarlos.

 

“Magdalena, dulce Magdalena, lo llevas en tu nombre, una maldición hecha de letras, te leo como si leyera tu mano o tu taza, tu sopa o tu cuello, lo sé, estás destinada a morir trágicamente, a caer como un imperio                                                                                                                                                                                  hecho de mantequilla.”

 

Es hora de meter las manos en el horno y purgarte de tus crímenes

expiarlos con cicatrices. No escondas tus huellas,

no barras tu crimen,

aún no es tiempo

de enfrascar las galaxias desintegradas que habitan tu hipotálamo

ni es tiempo de cavar tumbas secretas en el cielo.

 

Magdalena está ahí tirada, junto a los costales de harina,

un árbol de sangre crece en su vientre,

sus raíces son de acero afilado…

y aun así, las pesadillas vienen rellenas de crema pastelera

y aun así, la bellísima Magdalena

canta melodías de cisne

recita balbuceos glaseados

guarda sus secretos en bolillos.

 

“Los sueños perdieron su dulzura pero las pesadillas están pobladas por teleras y rosquillas que flotan como nubes.”

 

Siempre es ameno despertar de una pesadilla pero Magdalena está ahí tirada con alas de pájaro muerto, con voz de pájaro muerto,  su cuello de cisne tiene un nudo de pretzel.

 

Te acuestas junto a ella en una playa que en lugar de arena tiene migajas y el mar es como un horno en el que tus manos se llenan de heridas polvorientas.

 

Es el trigésimo año

el trigésimo de meter las manos en la larga agonía

de una vida que se hornea.

 

Treinta años y aún nadie comprende que

tus confesiones están escritas con cocoles

tus dolores con birotes.

Nadie comprende que la culpa no se deshace como los mazapanes.

Te sumerges en la arena

te sumerges en la harina

desciendes

como una estrella marina

como un pulpo de mermalada,

Magdalena está ahí,

tirada entre las charolas,

entre las cascadas

la cargas como un ángel caído y la siembras

en el horno,

te quitas el sombrero,

te quitas la piel,

hagas lo que hagas

esta vida es un pastel.

 


Mateo Granillo (Ciudad de México, 1993.) Estudio Cinematografía en el Centro de Capacitación  Cinematográfica A.C. En dónde dirigió los cortometrajes “Una línea de sangre” (2012)  “Necrópolis, serán ceniza mas tendrá sentido” (2016) y el cortometraje documental “¿Qué es el tiempo?” (2017). En el año 2013 fue seleccionado en la beca para Jóvenes Escritores Capítulo Monterrey impartida por la Fundación para las Letras Mexicanas y la Universidad Metropolitana de Monterrey.