Él vio en ella algo que incluso ella misma había pasado por alto. Con toda la dulzura del mundo le devolvió la confianza en sí misma. Fue un bálsamo que llegó a calmar su vida convulsa. Nunca iba a olvidar lo que sintió esa noche: la inmensa alegría de conocerlo, la emoción de sentirse deseada, la certidumbre de haber encontrado a alguien que la cambiaría.

Frente a ella se avisaba un laberinto. Entró, no sin recelo. Todo fue detonado por un juego de miradas cómplices cobijado por su música favorita. Se dio de forma natural, nadie lo estaba buscando.

El tiempo que pasaban juntos siempre fluía sin obstáculos. Para borrar el entorno bastaba un detalle nimio: un tazón de noodles en un restaurante coreano, una caminata en los jardines de la universidad, los asientos de la última fila en las salas de cine o las recetas que cocinaban. Sus sonrisas se volvían carcajadas con mucha facilidad y los silencios entre ellos no eran una pesa sino un remanso.

Habían sido como un par de espejos, pero la vida, que arrasa siempre, trajo soledad, asfixia y hartazgo. El silencio se endureció y se eliminó el eco.

Después de haber llorado hasta volverse un desierto, le quedaron algunas certezas.

Tenía muy mala memoria, aunque por alguna razón no podía olvidar la mayoría de las cosas que había pasado a su lado. Esos recuerdos estaban anclados en algún lugar de su cerebro y regresaban a ella sin que pudiera controlarlos. Surgían agolpados, resbaladizos y distorsionados, como si fueran negativos fotográficos.

Descubrió que, por más esfuerzos que hiciera, le iba a resultar imposible desprenderse de la imagen de su rostro, sobre todo de esa mirada que salía proyectada del par de ojos más expresivos que jamás había conocido y que la hacían sentir tan protegida. Lo mismo sucedía con su risa, su olor, sus caricias, sus halagos, la pasión con la que hablaba de su trabajo y sus interminables pláticas que la transportaban con él a las ciudades a las que había viajado.

Entonces se dio cuenta de que sólo podía pensar cosas bonitas sobre él. No las había expresado, incluso cuando estaban juntos no se delató. Aprendió a ser contenida, a disfrazar la admiración, el amor y el agradecimiento que sentía por él. Era como tener dos personalidades. Le daba un poco de rabia no poder ser libre pero ahora piensa que quizá él no había querido eso, quizá jamás había estado completamente convencido de arriesgar todo por ella. No podía reprochárselo porque él no la había engañado, simplemente no había elegido ser su Teseo.

Aunque nunca había podido decírselo, esperaba que él supiera que la había salvado de muchas maneras. Era más de lo cualquier persona había hecho por ella.

Tal vez en su camino no ocuparía un lugar tan trascendental como él en el suyo. Sin embargo, eso ya no tenía la menor importancia. Al aceptarlo, había logrado que pudiera recordarlo sin el menor atisbo de dolor. Y que, al fin, pudiera salir sin la ayuda de ningún hilo.

 

 

 

 


Brenda Morales Muñoz (Ciudad de México, 1980) es licenciada y maestra en Estudios Latinoamericanos (área de literatura) en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente cursa el doctorado en la misma especialidad donde prepara una tesis sobre narrativa peruana. Es una lectora entusiasta de literatura contemporánea, especialmente latinoamericana y estadounidense. Escribe cuentos y formas breves.

 

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