Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán […] Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.

Walter Benjamin

           En un artículo reciente, Valeria Luiselli describió un síntoma por el cual decidió no adherirse a la red social. “Facebook arruina la relación que tenemos con nuestro pasado”, dice Luiselli y explica: “Al mantenernos al día con el presente de las personas con quienes tuvimos pero hemos perdido contacto, el “aura” de ese pasado desaparece por completo”. En pocas palabras: “Facebook borra el pasado anterior a Facebook y lo remplaza por un presente continuo y abrumador”.

            Estoy completamente de acuerdo. Si antes imaginábamos que un amigo del kínder, según lo que quedó de él en nuestra memoria, se había convertido en un glorioso empresario, en un nómada transcontinental o en un asesino en serie, y nos entreteníamos imaginando el hilo de nuestras conjeturas, con Facebook esas fantasías desaparecen, pues conocemos a la perfección dónde estudia o trabaja, con quién sale y qué opina sobre cada asunto de interés o desinterés social.

            Si bien es un espíritu nostálgico el que detecta este síntoma, ya que Facebook también puede representar una valiosa herramienta laboral, social e idílica, me aterra la capacidad casi todopoderosa de su algoritmo que ha alterado de manera radical la forma en que pensamos y percibimos el tiempo, y en particular la forma en la que llevamos a cabo ciertos rituales mnemónicos.

            Yo soy relativamente nuevo en Facebook; “relativamente” porque en dicha plataforma un instante de atención es ya un compromiso con una nueva forma de vida. Nunca había tenido redes sociales y hace sólo un par de semanas me di de alta en la utopía de Zuckerberg.

            Pese a que mi desconfianza me obligó a seleccionar las opciones más herméticas de configuración, en cuanto finalicé el registro me percaté de que el cerebro cibernético poseía una intuición más suspicaz que mis propias emociones. Una lista de gente que quería ver me fue proporcionada para que les ofreciera el avatar de mi amistad, pero en primera fila aparecía una y otra vez una chica que me gusta desde hace tiempo, secreto del que he privado incluso a mi mayor confidente. Pero Facebook lo sabía.

            De inmediato —supongo que es costumbre— me dediqué a curiosear en el perfil de mis amigos más lejanos, ciertas exnovias y algunos colegas que no había tenido el gusto de conocer de forma curricular.

            Me impresionó lo errado de mis conjeturas al contrastar la idea que tenía de una persona (el futuro que le había pronosticado) y el perfil real de aquello en lo que se convirtió. Pocas veces acerté en mis figuraciones y por eso muchos perfiles me parecieron hilarantes, lo que hizo de mi primer día en Facebook una travesía de lo más entretenida: el niño que torturaba cucarachas en el kínder ahora era hermano marista; una niña raquítica con desórdenes alimenticios se hizo atleta de alto rendimiento; un amigo, sumamente problemático, que desde los ocho años propagaba ideas racistas y fascistas se volvió un excelente abogado (bueno, ahí no hay nada de raro).

            Y así las cosas: el bully de la secundaria ahora vive en Mazunte y practica rituales de ayahuasca, la mujer más hermosa del mundo (hay una o dos en cada escuela) vive en provincia y publica puras imágenes de santos con proverbios. La gran mayoría cambió su imagen de acuerdo a los requerimientos de la época: lentes interesantes, cortes trasquilados, tatuajes que parecen rayones para matar el tiempo en clase; barbas buenaondita o bigotes mariachi; el que era lacio quién sabe cómo se volvió chino y ahora es el chico afro de su banda; el que era gordo adelgazó 200 kilos y alguno que otro cadáver ambulante multiplicó veinte veces su masa.

            Luego me encontré a otros que ya sólo eran nombres, datos y fotografías sin un referente de carne y hueso; muros que todo escuchan y nada pueden responder por boca propia. Los muertos. Fue el momento más cruel de mi bienvenida a las redes sociales, el descubrir cuántos de mis conocidos —algunos que en su momento fueron amigos cercanos— habían dejado de existir sin que yo me diera cuenta.

            Amigos y enemigos muertos, profesores muertos, parientes lejanos muertos, amantes y amadas muertas; todos muertos sin que yo me enterara. ¿Tenía que estar al tanto de esas muertes? Y si sí, ¿debía de enterarme de tajo? ¿No me estaba reservada esa información para diversos periodos de mi vida aún no acaecidos? Fueron sólo algunas de las preguntas que me hice mientras sobrellevaba la retahíla de lutos, inmediatamente interrumpidos por la incesante información de la cascada biográfica.

            La muerte de un amigo en particular, uno con el que fui a la secundaria y a la preparatoria, y que además era mi vecino (por lo que durante años nos regresamos en el mismo camión), me trajo a la mente la novela Mañana en la batalla piensa en mí, a mí gusto lo mejor en la producción de Javier Marías.

            Repetí a manera de plegaria el diálogo de Ricardo III que da nombre al libro: ‘Mañana en la batalla piensa en mí’, ‘y caiga tu espada sin filo: desespera y muere’; y no tardó en colarse en mi tartamudeo el cántico arrepentido del que sabe que a la vida de los demás siempre llegamos tarde: “De haber sabido de su muerte yo hubiera…”, y un millón de hubieras se acumularon en vanas conjeturas autocomplacientes.

            El artículo de Luiselli remata con un final feliz: su amiga de la infancia, preservada en una sonrisa chimuela, reaparece en un periódico como una prestigiosa defensora de los derechos humanos. De modo que la distancia fue cómplice de una agradable vuelta de tuerca, misma que en mi caso, precipitado por Facebook, no fue tan placentera. “Vivir en el engaño y ser engañado es fácil”, escribe Javier Marías, “nadie está libre de ello y nadie es tonto por ello […] sin embargo nos parece intolerable, cuando por fin sabemos”.

            En la novela de Marías el no saber tiene terribles consecuencias, pero la suya es una novela que ha de tener conflictos y coherencia para que su trama resulte interesante; en cambio mi vida, que yo sepa, no tiene demiurgo ni tiene por qué resultar sugestiva y, no obstante, sospecho que estas muertes en bandada traerán alguna secuela funesta, sea para mi futuro o para mi memoria.

            Aunque lo más probable es que tan sólo se trate de otro evento efímero del que parlotearé sin mayor consecuencia. El fin de semana anterior padecí la primera muerte de un personaje público, Ignacio Padilla, y escribo “padecí” porque me desagradó comprobar cuántas personas se cuelgan de la tragedia para obtener un pulgar en lo alto.

Únicamente me sentí conmovido por aquellos comentarios que se limitaban a compartir piezas o fragmentos de la obra de Padilla, los cuales detenían por un instante el carrusel de novedades para que nos diéramos cuenta de a quién estábamos llorando.  

Incluso yo, nuevo en la dinámica, sentí ganas de entretener a los vivos con mi ingenio. Por ejemplo pensé, entre muchas otras cosas, que ya eran demasiados los accidentes viales que habían fulminado a escritores talentosísimos: Camus, Sebald, José Carlos Becerra, Barthes, Mario Santiago y ahora Ignacio Padilla, en paz descansen.

Sin embargo, no me decidía a compartirlo y el reloj iba en mi contra porque, de pronto, ya era noticia vieja, sepultada por los juegos olímpicos, el rechazo a Yordi Rosado, la tesis plagiada de Peña Nieto, y me imaginaba a la familia y a los amigos del difunto novelista cuyo luto estaría suspendido en una burbuja de incredulidad frente a la desgracia inexplicable e iría en contracorriente de los heraldos incesantes del nuevo mundo, ávido de contenidos. 

            “Y cuán poco va quedando de cada individuo en el tiempo inútil como la nieve resbaladiza”, apunta Marías al final de su novela, en una clara referencia al que a mi parecer es el mejor relato en lengua inglesa que se ha escrito, “Los muertos” de James Joyce, cuyo desenlace no es menos lóbrego. La nieve que todo lo sepulta actúa simbólicamente como ahora podría hacerlo la suma de voces en torno a un nuevo suceso, un nuevo chisme, nuevos trending topics.

            Hasta ahora que releo a Joyce me queda claro que no debí enterarme por este medio de la inexistencia de mis conocidos, al menos, no de golpe, pues me siento como Gretta llorando la muerte de cientos de Michael Fureys y estoy atrapado en ese último párrafo tan demoledor: “Su alma desfallecía lentamente mientras oía caer la nieve sobre el universo. Caía suavemente, como si se tratara del advenimiento de la hora final, sobre los vivos y los muertos”.

En la era cibernética esa nieve ya no cae con suavidad y el alma de quienes la distinguimos no “desfallece lentamente”; todo lo contrario, estamos en plena avalancha del vacío emocional. 

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