Ahora yo soy la bestia

I

Desperté al sentir su aleteo en mis vísceras. Me sudaban las piernas y sentía las manos sucias. Caminé deprisa a la cocina y no estaba donde lo había dejado aplastado. Moribundo había avanzado unos metros hacia su escondite bajo la estufa, pero en el camino había muerto. Me agaché a verlo, estaba inmóvil. Al principio pensé tomarlo y tirarlo al bote de la basura, acabar con esto de una buena vez y regresar a dormir. Sin embargo cuando intenté tomarlo con una servilleta movió la pata como una súplica y pensé que sería cruel que agonizará ahí encerrado, ya le había hecho suficiente daño.  Lo mejor para ambos era la decapitación, algo brutal, pero sin más sufrimiento ponía fin al asunto. Así que lo coloqué en el fregadero y tomé el cuchillo en el papel del mejor verdugo, no aquel que disfrutan su oficio, sino del que lo hacen porque es necesario y prefieren ser victimario que víctima. Al levantar el arma mi rostro se reflejó en el filo del cuchillo. ¿Esos ojos hinchados, papada y pómulos cacarizos eran mi rostro? Un bigote tímido salía bajo mi nariz aguileña.  ¿Siempre había sido así? ¿Acaso nací de 50 años? Ayer o hace un año el espejo me decía otra cosa. A esas alturas de la noche, debería estar dormido no angustiado por esta bestia que recorría mi hogar. ¿Qué pensaría yo si entro a mí cocina y encuentro un sujeto en calzones decapitando un animal muerto? ¿Qué diría esa niña de enfrente que pasa el día espiándome por su ventana?  ¿Mis compañeros y secretarias del trabajo me perdonarían la vida si yo estuviera bajo la guillotina? Acerqué la improvisada guillotina a su cuello. El insecto no se movía ya. Realizar un acto de barbarie contra una bestia, por más fea y asquerosa que sea, debe ser causa de algún castigo. ¿Para qué descuartizar a esta bestia? No pude hacerlo. Regresé a la cama. Mañana limpiaría todo y haría lo necesario con el cadáver.

¿Qué habrá sentido cuando lo pisé? 80 kilos de humanidad cayeron contra sus pequeños huesos. Yo cocinaba y él me sorprendió al partir los vegetales, salió de detrás la alacena y me miró.  Juro que al principio sólo quería tirarlo al piso, pero era tan grande y sus ojos me escrutaban una amenaza casi asesina. Me fastidio de más y la curiosidad de sentir el crujido de su cuerpo bajo mi pie me hizo asesinarla. No, no fue curiosidad, no soy alguien curioso, sabía cómo se iba a oír su cuerpo al ser aplastado y eso me causó placer. Placer como no había tenido otro en el día. Hasta recargué la punta del pie para continuar con el gusto de su muerte. Deben saber a lo que me refiero, esa explosión, ese crac, ese pequeño aullido. Fue un delicioso placer, pese a ello no dejaba de moverse y lo tuve que pisar tres veces. Después me acerqué a verlo, un líquido blancuzco salía de su cuerpo y no se movía. ¿Cómo pudo sobrevivir a eso?

Ilustración de Ignacio Martínez

Ilustración de Ignacio Martínez

II

Aunque hace frío las sábanas se me pegan al cuerpo por el sudor. Tengo en mis párpados sus tenazas, su color, sus ojos amarillos. El agua del lavabo sale tibia y rojiza, no me refresca nada, apenas logró orinar unas gotas. Pude haberlo aventado al patio, tomarlo con asco y echarlo por la ventana. Pero no, preferí el sadismo de aplastarlo. Me punza la cabeza y en el rabillo del ojo veo sombras que me acechan, mis propias pestañas se burlan de mí.

Me acerco a la ventana: un automóvil pasa con las luces apagadas y una pareja cruza la calle. Si yo estuviera afuera, si caminara borracho a esta hora con una mujer de la mano, riendo miraría a una ventana y me daría miedo ese hombre sudoroso que me espía. Si estuviera en una alberca nunca saldría. Algo es claro: debo terminar lo que le hice a esa bestia.

No lo encuentro por ninguna parte, dejó una pata en el fregadero y se fue. Busco debajo de la estufa, muevo el refrigerador y la alacena, nada. Me ha engañado, no murió, se arrastró herido a alguna parte. Es un alivio no haberlo asesinado, ahora puedo ir a dormir tranquilo y mañana fumigar la cocina, pero ¿Cómo sobrevivió? ¿Se fingió muerto para fugarse cuando yo me descuidara? ¿Cuántos pisotones más aguantaría? ¿Qué tal si huye a mi recámara?

Tal vez en la azotea está riéndose de mí. Ahí he visto varios de su especie, mirarme tender la ropa y luego huir detrás de los tanques de gas. Corro por las escaleras hasta el último piso, la puerta está abierta como siempre.  Recorro con la vista el suelo, pero no hay rastro. Me pongo a gatas y miro por todos lados. Debajo de los tanques de gas se levanta un murmullo de voces graves, apenas perceptible. Cuchicheos iracundos que se trasminan por el aire hasta mi cabeza. Me tiendo en el suelo y miro, la luz de la calle los ilumina bien. Se mueven de un lado al otro, piensan los planes que ejecutarán por la mañana; la temporada de caza no ha resultado bien y necesitan comida y refugio para el invierno. Al verme se paralizan, bajan la voz y algo se dicen entre ellos que no alcanzo a entender.  Pero él no está en su guarida. Se ha escapado, se burló de mí y tal vez regrese después, tullido, colérico, a reclamarme mis acciones.

Me siento en el piso, estoy mojado por un sudor caliente y espeso, imposible de limpiar ¿Cómo llegue aquí? Como llega el loco al manicomio después de intentar resucitar a su madre muerta dándole respiración de boca a boca. Empieza a amanecer. Si yo fuera aquel pichón que caza migajas para engrosar su cuerpo tornasol, si yo fuera el aire fresco de esta mañana de otoño. Mañana tal vez será otro día y tenga que lidiar conmigo otra vez.

Cuando me levanto distingo el brillo de sus ojos en el borde de la azotea. Sus pezuñas se posan con seguridad en el piso, todas menos su pata mutilada que sangra sin cesar. La bestia me mira y se sonríe. Me da la espalda y despliega sus alas para volar.

–Espera no te vayas, le grito. Pero no le importa y da un salto al vacío. Si yo fuera esta calle, este edificio o aquél, si yo fuera esa bestia.

Corro tras él, tan rápido que la yema de mis dedos alcanzan a rozar su cuerpo.  Lo sigo, voy en caída libre, veo un relámpago de luces a mí alrededor. En el aire giro, planeo, siento que nunca caeré. La bestia va delante de mí. El sudor de mi cuerpo se evapora y sonrío. Si acaso algún día, dentro de años, lograra ser yo.

Me sorprende un leve dolor, mi cuerpo se paraliza. Un líquido blanco surge de cada poro de mi piel. Las nubes se abren para dar paso a los primeros rayos del sol. La bestia se posa en mi nariz y me mira con sus ojos amarillos. Silba una canción y después se va rengueando calle abajo para no volver, para no volver, para no volver, para no volver.

 

 Alejandro Ávila Saulés, pasante del Colegio de Teatro de la UNAM  y ex alumno de la SOGEM y la EME. Fundador de La Rabia del Axolotl, proyecto de arte y literatura, en donde participa con su columna mensual : Introducción a la Cartografía de Espergesia Morales. Ha participado en la antología Un disparo en la nuca para terminar el verso y en BREVÍSIMO de la Editorial Albatros y la Universidad de Ginebra publicado en abril del 2012 en Suiza. Ha publicado en revistas como Registro, Sol NW, Urbe Salvaje y Rio Arriba.