La herencia

Richard Ferguson recibió una carta lacrada con el sello de un gallo negro levantando las alas. Apenas leyó el asunto: “La herencia” al reverso, se sintió iluminado. Acaso su viejo padre por fin había atendido el llamado de la sangre; algún amigo lo había recordado con gratitud, o sólo era la fortuna. Richard Ferguson no sabía quién había tenido a bien dejarle un regalo, pero se sintió con suerte. Su imaginación, aún más grande que su hambre, lo llevó a fantasear con lingotes, diamantes y perlas. Él podría dedicarse a placeres más simples y Elena, su mujer, cultivaría rosas plateadas. Richard Ferguson rompió ansioso el extraño sello y abrió la carta. En caligrafía dorada se leía: “Viernes”. Repasó esa sola línea un par de veces. Le faltaba pericia para descifrar acertijos; ¿éste era uno?, ¿recibiría su herencia el día dedicado a Venus? Richard Ferguson se lo preguntó al mensajero que había traído la carta y esperaba en el umbral de la puerta; era alto, de piel negra y cabello rizado, un salvaje que trajeron las conquistas. Él se limitó a responder: “Ése es mi nombre, señor. Viernes”, y le extendió otra carta que lo declaraba su legítimo legatario; Richard Ferguson había heredado un hombre. Elena, hasta entonces al margen, se río ocultándose detrás del delantal; su marido, más desconfiado, le demandó la verdad. “¿Quién te envío?, ¿el infeliz de Blondie?, ¿es otra de sus burlas?”. Viernes, sin acusación que le pesara, hizo una reverencia y preguntó: “¿Qué puedo hacer por usted, amo?”. Richard Ferguson exasperado iba a azotarle la puerta en la cara, cuando Viernes se hincó y le besó la mano. “Permítame entrar. No hay para mí mayor privilegio que servirle”. Les explicó que como bárbaro salvado jamás se prestaría a las vilezas. Les juró que les proveería de los cuidados de los que un fiel mozo es capaz. A los Ferguson les hizo gracia tener un lacayo; por una vez, ser los reyes, así que lo dejaron pasar. Viernes se quedó quieto en el recibidor y esperó la primera orden. Richard Ferguson miró a su mujer con un gesto cómplice; le aseguraba así un momento de diversión a costillas de su nuevo sirviente. “Viernes nos demostrarás tu lealtad con una prueba sencilla”, le advirtió y sacó una fusta del cajón. Se sentó y le ordenó que se bajara los pantalones para luego inclinarse sobre su regazo. Su mujer miraba hacia otro lado intentando guardar la compostura para no burlarse. Richard Ferguson dio un azote certero sobre las nalgas oscuras de Viernes y él no se inmutó. Había aceptado la voluntad de su dueño, como se esperaba de él. Después de acomodarse los pantalones, preguntó: “¿Hay algo más que pueda hacer por usted, amo?”. Elena Ferguson estaba tan divertida que aplaudió. Su marido respondió soberbio: “No, puedes retirarte”, y pensó qué tan extraordinaria sería su vida a partir de ahora. Como aposento los Ferguson le asignaron a Viernes una almohada desplumada en el piso de la cocina y le dejaron un plato con comida. Jamás habían tenido un perro; ahora gracias a la herencia poseían una mascota y un esclavo. Desde entonces el matrimonio experimentó las gratificaciones que da el poder; gozaron así de ciertos privilegios, como recibir el alimento en la boca y sentir la cabeza del sirviente bajo los pies; nunca tener que meter los zapatos en el fango, esperar parados, limpiarse la nariz u orinar, para ello tenían a Viernes tapete, Viernes silla, Viernes pañuelo o Viernes bacinica; lo mismo eran acicalados y vestidos, que desnudados antes de hacer el amor; también tenían un burro al cual “ponerle” la cola. Los Ferguson aseguraban que eran expresiones de lealtad y Viernes era capaz de cumplirlas sin inmutarse. El matrimonio complacido interpretaba en su silencio docilidad y gratitud. No hay que engañarse; este ambiente ideal era sazonado por las extravagancias del bárbaro. Viernes de día era sumiso, Viernes de noche era inmanejable: entre otras diabluras, se hizo un taparrabos, se construyó un arco con sus flechas, degolló y empaló las muñecas de Elena Ferguson, prendió una hoguera en el vestíbulo para bailar alrededor de ella, eyaculó sobre las rosas plateadas, se bañó con la sangre de una gallina viva. Al amanecer Viernes volvía a ser el lacayo que cumplía con sus deberes. Los Ferguson lo soportaban porque siendo ajeno a la civilización y a las idea sobre el orden, él requería más su piedad que su censura. Lo acusaban de salvaje incorregible, pero de buenos sentimientos, esa falsa indulgencia con la que se le habla al nativo. Decidieron, por ello, inculcarle buenos modales a base de disciplina: lo hicieron arrodillarse frente a la pared como un acto de contrición; le flagelaron las palmas de las manos con una correa de cuero; lo encadenaron; le quitaron la comida. Viernes ahogaba resoplos de odio hasta que oyó una vez más el llamado de sus instintos: se desnudó entonces; sacó una red que había tejido en secreto; fue al dormitorio principal; arrojó la malla hacia Elena Ferguson; la hechizó con palabras que sólo entienden los no-muertos; la llevó hasta el lugar donde recibía sus castigos; la dejó sobre un pentagrama que dibujó con saliva en el piso y le cortó las manos. Viernes repitió sus barbaries con Richard Ferguson. El matrimonio autómata, manco y miope, cumplió las órdenes de su ahora dueño: le sirvieron a Viernes como escupideros, como recipientes de espíritus nocivos, como monigotes vudú; él les clavó alfileres, los hizo morderse las lenguas, les cambió el color de la piel. Luego los sentó a la mesa y dejó en un plato las manos que había cortado: Richard Ferguson se comió las de su mujer; su mujer las de él. Viernes les sacudió el cabello y los premió con un “buenos muchachos”. Entre sus dedos, los Ferguson se transformaron en masas deshuesadas y amorfas; eran ahora plastas de carne que abrían las bocas destentadas para emitir alaridos de dolor perpetuo. Viernes escribió otra carta y la lacró con el sello del gallo negro levantando las alas; se heredaba a otro desdichado. Cada amo nuevo seguiría pagando los abusos de su señor, un viejo colonizador de nombre Robinson Crusoe.

Ilustración de Ignacio Martínez

Ilustración de Ignacio Martínez

Paulina Monroy nació en Querétaro en 1982. Es egresada de la Escuela de Escritores SOGEM del Estado de México y de la Maestría en Apreciación y Creación Literaria del Centro Cultural Casa Lamm. Esta antologada en los libros Póker de Ases, Dramaturgos de la Escuela de Escritores SOGEM Estado de México (IMC); Premio Alejandro Céssar Rendón (IMC); Morir en la miseria (Oceáno); II Premio Internacional de Microrrelatos “Museo de la Palabra” (Fundación César Egido) y Penumbria año 1 (Penumbria/KGB). Sus cuentos han aparecido en diferentes revistas literarias. Es autora del libro La muerte es sueño (Ediciones y Punto, 2015).