[Diafonía 8]=>=> Reverbera caparazón*

 

Un lunes cuatro del tercer mes del año Luz Ecuatorial despertó el pajarillo con ansias de canturrear más fuerte que cualquier grito en el cielo, más fuerte que los ladridos de todas esas bestias que, al unirse, parecen un solo relámpago que brotara de la neurosis terrestre. Se levantó entonces el pajarillo sobrepasando el umbral que le separaba de la barda, el alambre, el poste, una barda más, y ahí fue a dar el pajarillo: desnudo de plumaje tecnicolor, pero cubierto de una coraza que recordaba a caparazones diminutos de tortuga: cada espacio donde antes crecía el color emplumado, ahora se desgranaba en una red de escamas hexagonales que al unirse formaban ese caparazón tornasolado, resistente al furor del viento. Pero, ¿por qué  esta metamorfosis para elevar el bisbiseo aéreo? ¡Ah! Era la resolución del sino en lo más profundo del pajarillo que le había hecho consciente de la necesidad de tan curiosa permuta: sólo endureciéndose más que su propia estructura ósea, sería capaz de hacer reverberar su canto a través del aire, de la pesadez salada del océano, de la densa clorofila con que los árboles cubren sus hojas-ojos-labios, de las grises capas de cemento con que las casas cubren sus pieles, de la espesa vegetación que brota en la neblina al ser dispersada por el calor, para llegar hasta la vértebra perruna donde se produce el aullido, el grito desarticulado en agudos y graves de tormenta, y hacerle, por fin, conocer la armonía del silencio: el silencio en la fuerza del canto del pájaro acorazado.

Pasadas catorce semanas, el pajarillo, ahora cimentado en su nueva estructura de cáscara y piel, se arremolina entre las raíces del árbol, escuchando los temblores bajo la tierra, que reflejaban los que vendrían a desgajar la Ciénega del Aire. Y bien, se dijo, palpando su nueva silueta, ¿cómo me escucharán los Hijos del Ojo Arcano en el árbol cuando les grite avisando que se cierra en el cielo el derrumbe de tormenta? Sin las puntas de mis labios endurecidos, el grito del agua estremeciendo los árboles convertirá la hoguera ritual en ceniza. No, no hay tiempo para aseveraciones morfológicas: la tarde se extiende bajo mis plumas-caparazón y no queda más que lumbre entre las garras, ahora también de agua. ¿De dónde saldrá el grito, la espesura vocal que advierta a los hombres-cobalto sobre la nueva desgarradura del cielo?

El pájaro acorazado sumerge la voz en la tierra y a fuerza de estremecimientos guturales que horadan toda pared mineral, el sonido construye un túnel que sube por las raíces y atraviesa los bulbos de todas las plantas hasta salir expulsadas en gruñidos agudísimos que brotan de pétalos, corolas y pistilos de todas las flores, aun las que viven en las hendiduras de las rocas más profundas. Cada una explota y grita como si alguien las hubiera programado para dejar una milésima de segundo entre cada espasmo, creando un código que describe, como si lo dibujara con fuego, el canto de la destrucción de la Era Arcana.

*De Magnetofónica, Ediciones y Punto, Colección Averno, 2015.

Ilustración de Ignacio Martínez

 

 

Iliana Vargas nació en la ciudad de México en 1978. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde cursó el Diplomado en Literatura Fantástica y coordinó el Encuentro Multidisciplinario en torno a lo Fantástico, en 2001. Es narradora, autora de Joni Munn y otras alteraciones del psicosoma (Conaculta/FETA, 2012) y Magnetofónica (Ediciones y Punto, 2015). Cuentos suyos se incluyen en sitios electrónicos, publicaciones y antologías mexicanas y extranjeras.