Prólogo

Pasada la piel

A decir de Tzvetan Tódorov lo fantástico debe dejar en el lector y en el personaje principal una duda, una incertidumbre en la cual no alcanza a explicar el hecho insólito en el que se ve sumido o rodeado. No se da solo del hecho sobrenatural o maravilloso en donde el personaje asume como real y lógico los acontecimientos en los que se ve inmerso, sino que el suceso en sí no tiene un referente en el mundo que lo rodea y lo deja en perplejidad, incomprensión; de esta forma personaje, y lector comparten la incertidumbre del evento que se narra. Esta clasificación tiene como fin delimitar la narración fantástica de lo maravilloso y lo extraordinario. Pero definir o categorizar lo fantástico ha sido una tarea harto difícil que se viene gestando desde el siglo XIX o tal vez antes. ¿Qué es lo que sobrevive en el cuento fantástico que deja al lector sumido en ese estupor que debe rodearlo? Ya decía Adolfo Bioy Casares que no hay un tipo, sino muchos, de cuentos fantásticos. Porque si es verdad que en el cuento se debe producir un impacto en el final, con el cuento fantástico no solo es el impacto y la sorpresa de la historia sino que además una sensación de desasosiego que varía en grado de acuerdo a la sensibilidad del lector y a la efectividad del texto.

Los cuentos antologados en la presente edición, conducen al lector al espacio de la simbología colectiva y, al mismo tiempo, al mundo interior del ser humano, donde reveladamente en distintos escenarios se socava el miedo, emoción primigenia del ser humano, así mismo se vislumbran los temores y resquicios enigmáticos de la existencia, lo inconsciente, lo olvidado por nuestra razón, aun cuando en la actualidad existe una mayor negación a ser palpados por aquello que perturba las leyes naturales y generan en el lector una sensación de ominosidad, experimentada como perturbación.

El cuento fantástico invita al lector a tender una red entre lo percibido y el pensamiento extraño pero a la vez tan familiar pues habita en el interior. Del mismo modo, nos muestra rostros extraordinarios, inimaginables, alucinaciones que inquietan y abren la puerta al misterio, un misterio que en el uso de la razón podría parecernos chusco o una comedía de la realidad.

En Ahora soy yo la bestia  de Alejandro Ávila Saulés, la incertidumbre ominosa está presente:

Al principio pensé tomarlo y tirarlo al bote de la basura, acabar con esto de una buena vez y regresar a dormir. Pero cuando intenté tomarlo con una servilleta movió la pata como una súplica y pensé que sería muy cruel que agonizará ahí encerrado.

Ese tocar a la puerta del narrador personaje, dentro de sí mismo para negarse a la posibilidad y avanzar a algo que no estaba previsto es, a todas luces, el principio de la autodestrucción. Y es que siempre hay un volver a la tierra en ese protagonista que se ha convertido en bestia como lo anuncia el título. La sorpresa no está en ese hecho porque no es solo asistir a la trasformación del personaje, es también desearla y con ello nosotros mismos nos convertimos en esa bestia, como cuando leemos:

Tal vez en la azotea está riéndose de mí. Ahí he visto varios de su especie, mirarme tender la ropa y luego huir detrás de los tanques de gas.

Somos nosotros lo que miramos a nuestra espalda y lentamente nos vamos dejando atrapar por ese ardid del escritor, pues como escribió Goethe:

«El hombre no puede permanecer siempre en estado consciente; debe repetidamente sumergirse en lo inconsciente, porque allí vive la raíz de su ser».

La herencia de Paulina Monroy tampoco ofrece muchas escapatorias. Tiene mucho de juego como todo buen relato pero es un juego macabro y a la vez hilarante. Aquí existe una trasgresión al género que por un momento salta en el comentario inmediato pero que en las posibilidades que nos entrega la narrativa hay que ser más cauto.

Flora Botton Burlá menciona en Lo fantástico que lo insólito puede dar lugar a lo cómico o a lo fantástico, pero no a las dos cosas a su vez. Y ya el autor de este cuento nos prepara con el personaje patético que poblará sus páginas:

Su imaginación, aún más grande que su hambre, lo llevó a fantasear con lingotes, diamantes y perlas. Él podría dedicarse a placeres más simples y Elena, su mujer, cultivaría rosas plateadas.

En este relato-homenaje muy poco se deja al azar, tal vez únicamente, la reacción del lector hacia el final del texto. Y ya nos prepara, ante un protagonista patético, para el antagonista del calibre necesario para llevar la historia hasta su desenlace:

Richard Ferguson se lo preguntó al mensajero que había traído la carta y esperaba en el umbral de la puerta; era alto, de piel negra y cabello rizado, un salvaje que trajeron las conquistas. Él se limitó a responder: “Ése es mi nombre, señor. Viernes”.

En [diafonía 8]=>=> Reverbera caparazón, Iliana Vargas hace del lenguaje, o la descomposición de él, su principal herramienta. Descomponer y recomponer implica un riego que el autor ha decidido asumir con el fin de trasmitir, no solo un impacto en el final, sino también una visión del mundo que ha creado, que es tal vez el nuestro o el pequeño universo personal.

Pasadas catorce semanas, el pajarillo, ahora cimentado en su nueva estructura de cáscara y piel, se arremolina entre las raíces del árbol, escuchando los temblores bajo la tierra, que reflejaban los que vendrían a desgajar la Ciénega del Aire.

Con la palabra el narrador pretende formar en el lector un capullo que lo arrojará a ese final incierto, no porque la anécdota sea incierta, sino porque implica un cambio.

Bruno Tovar nos prepara con su primera línea para el espasmo en “Fin de los hombres topo”.

Hace semanas que no me levantaba de mi cama.

Desde el inicio da la sensación de que algo se va a romper en la línea de la vida del protagonista. Nos introduce al mundo cotidiano que lo rodea y vamos transitando con él hasta llegar a la extrañeza de lo Otro, la rasgadura de la cuerda que asimos con recato o denuedo, ya que es la propuesta de un viaje propuesto, desde el primer momento, sin vacilar.

El ambiente pesadillesco y alucinatorio es propicio para la alegoría.

Pero me llegó un olor, no el habitual olor a orina, mierda y basura que emanaba continuamente de esa boca, sino un olor fresco y salado. El olor del mar. Y recordé uno de los sueños que tuve en esas últimas noches cuando pensé que moriría de fiebre.

Tanto para Tódorov, como también para Callois, en el relato fantástico debe de existir una ruptura que divida el universo en dos mitades contrarias. Esto no parece realizarse en el cuento La última batalla de los ancianos, de Édgar Omar Avilés. Aunque en otros textos de esta muestra sucede lo mismo, en esta ocasión el narrador nos instala con fuerza en el mundo más cercano a lo maravilloso:

De los miles de millones de ancianos, sólo una décima parte sobrevivió a las tormentas eléctricas, a los calamares gigantes, a las brasas del sol multiplicadas por las olas, a los sedientos tragos de sal, a los colmillos de los tiburones y al aguijón de las mantarrayas.

Aun así muestra un deseo de sorprender, y al permutar la fantasía y lo maravilloso con un poco de inocencia permite concentrarse en ese germen que debe crecer en todo lo narrado: la intención.

Ya sea que veamos el cuento fantástico como una evolución histórica o como consecuencia de la psique del narrador y del lector en donde escapar de la razón es necesaria para la catarsis, categorizar no es necesario para el pleno disfrute. Por lo que hay que desclasificar y permitirnos un tiempo para averiguar qué hay ahí, en el fondo de la palabra que puede surgir para nuestro deleite.

René Alberto Vera