Yo nací un día que Dios estuvo enfermo.

César Vallejo, Espergesia

 

     Todo posee un origen. Todo origen tiene un tiempo. Todo el mundo comenzó alguna vez. O, más bien, con el origen surgió el Tiempo y el Mundo. En la mayoría de las mitologías así reza la máxima sobre el inicio de la Historia Universal. Ya sea del Caos o del espíritu que flota sobre las aguas, se tiene la firme creencia que cuando comenzó el mundo, comenzó el tiempo. Y con ellos vino el orden, un orden perfecto que desplazó las fuerzas tiránicas/titánicas que incendiaban la tierra e impedían que la vida prosperara. Los antiguos griegos encontraban divino ese orden y extendieron su poder hasta sus dioses: los Olímpicos. La primera época en que estos dioses rigieron el mundo, los hombres prosperaron, incluso se les consideró cuasi divinos. Según nos cuenta Hesíodo, fue la era de oro. Sin embargo, también nos dice que después de a estos seres divinos, demonios de oro, los siguió una estirpe de plata, inferior en todos los aspectos y empeorando con cada estirpe siguiente, así hasta que el hombre se forjó en el hierro y la historia de sus desgracias inició.

Aunada al tiempo, la desgracia, guardada, en potencia, pero siempre contenida en su seno, declarando que desde el origen el tiempo estuvo enfermo: patológico desde su nacimiento. Ante esto, la Historia Universal es, recordando a Borges, no otra cosa que la Historia Universal de la Infamia, de una infamia: la del mundo, y con él, la del hombre.

Platón llegó a declarar que este mundo, gobernado por la multiplicidad y el devenir, no es más que una copia, un simulacro, una sombra del mundo real. El tiempo no escapa a esta declaración, pues él también es una copia, una calca de la eternidad, siendo tanto él como el mundo que gobierna un error. Es el engaño de Segismundo, un “sentirse cargado de prisiones, mientras se sueña en un estado más lisonjero”; un idealizar un mundo no sujeto al instante en el que no se termine por concluir que “los sueños, sueños son”.

Entonces, en el origen surgió el mundo y el tiempo, pero el mundo, contagiado por el tiempo, también enfermó, solamente ese mundo platónico, ese topus uranus, escapó de la enfermedad. El mundo ideal, supuestamente real, supuestamente eterno, se convirtió en el único mundo verdadero.

Esta creencia se extendió por toda la historia del pensamiento occidental durante casi dos mil años, ya que fue el fuego iniciado por la Ilustración el que consumió al mundo ideal. Immanuel Kant dedicó la mayor parte de su vida a fijar los límites del conocimiento, arguyendo que a lo más que podría aspirar el hombre es al conocimiento del fenómeno, tan sólo una parcela de la realidad, siendo imposible el acceso para el entendimiento a ese mar tormentoso de indeterminación: el reino de la cosa-en-sí. Dentro de estos límites, Kant destinó a las ideas sobre Dios, el alma o el mundo al terreno de la indemostrabilidad, incapaces de ser conocimiento, sino puramente concepciones regulativas de la moral, imperativos. De este modo, el mundo verdadero, ideal, desapareció, solamente quedó el fenómeno y su configuración por el entendimiento, pero, en suma, no era ni el mundo verdadero ni el aparente. O mejor dicho: el mundo dejó de poseer importancia frente al poder configurador del entendimiento. Sin embargo, si el mundo, ideal o no, perdió importancia, ¿también lo hizo el tiempo?, ¿se sanó a partir de esta desaparición el origen? No, el tiempo seguía ahí. Abandonó el mundo y se confinó al entendimiento, se convirtió en una intuición transcendental.

El tiempo dejó de enfermar al mundo porque éste había dejado de funcionar y por tanto desapareció, pero, sumergido ahora en la profundidad del entendimiento humano, terminó por dinamitar su nuevo espacio poco a poco: el tiempo también enfermó a la razón. El “animal racional” enfermó, se transformó, en palabras de Nietzsche, en un “animal enfermo”. Y así, aquella enfermedad del espíritu llamada melancolía, se apoderó del hombre. El espíritu se tiñó de azul. El ánimo se templó en el desencanto y de las entrañas de cualquier tonalidad afectiva se comenzó a escuchar un blues, una música surgida de la injusticia, la del mundo, la del tiempo, y se metamorfoseó en una sutil epidermis del espíritu.

Paulatinamente la enfermedad ganó un nombre distinto. Ya no se trató de la contaminación de la billis negra, pues más tarde, incluso esta enfermedad fue ensalzada, se convirtió en el principal temple de artistas y filósofos. Vemos la coronación que hace Durero de este temple en el acto de representarlo, de obrar una imagen como la de Saturno y la melancolía.

En realidad, la melancolía sólo fue considerada como patológica hasta la alta Edad Media, incluso Kant la considera un temperamento, no una enfermedad; Hipócrates y Galeno, siglos antes, la consideraron un humor; también Aristóteles, en el adjudicado Problema XXX, se pregunta por este temple en relación al filosofar. Todo se trató de una confusión, faltó una perspectiva de águila. Pero los medievales, con su interpretación de la melancolía como enfermedad, se acercaron bastante al origen. Separaron los síntomas y encontraron la que sería la enfermedad a partir del XVIII, aquella surgida después de la desaparición del mundo, la que haría nido en el espíritu del hombre. Los medievales la llamaron acedia. Ella era un pecado, el origen de todos los pecados, pues alejaba de la creación de Dios, causando indiferencia ante ella y su creador. Por ello, en un principio, se le confundió con la melancolía.

Existen distintas palabras para el diagnóstico que buscamos, sin embargo, cada una encontrará sus matices en relación a otra. En alemán, la palabra es Langeweile,  un alargar el tiempo, alargar la espera; en francés, ennui es más cercano al  fastidio por el tiempo presente; el spleen inglés, próximo al malestar, pero más cercano a la carencia, al vacío. En español, el tedio como análogo al vocablo francés, el aburrimiento al alemán, y algún otro, más cercano al carácter mexicano, cínico y menos piadoso: la güeva como análoga de la acedia medieval.

Es asomarse al mundo por la ventana y no encontrar ni una pizca de asombro; dar vuelta una tras otra a las páginas de un libro por no encontrar nada interesante; escribir unas líneas y retomarlas sólo para cubrirlas de un montón de tachaduras; en pocas palabras: encontrarse en una situación insulsa, indolente, donde todo es causa de una gran apatía y el deseo por salir de ella no es lo suficientemente fuerte para motivar a cada parte de nuestro cuerpo para actuar.

Las palabras son los síntomas de la enfermedad que carcome el tiempo, aquello a lo que sin duda  alguna todos han estado expuestos. Y la creencia básica, el dogma del sentido común, es arrojarse a la mayor cantidad de situaciones con tal de experimentar algo, de salir del estancamiento temporal para dirigirse a lo interesante, a la distracción. Esa extraña “voluntad de…” distraernos, des-ocuparnos. Una nueva vuelta a la voluntad de nada, donde aquel “con tal de…” se convierte en lo más pernicioso para el hombre, pues tanto aquella voluntad de distracción como la apuesta del “con tal de…”, son la verdadera enfermedad, son lo que aliena. El entretenimiento, la diversión y lo interesante hacen del ser humano un despojo de sí mismo, lo alejan, lo encierran en las cosas y en una vil mentira: que en verdad puede escapar del aburrimiento cuando lo único que hace es ocultarlo, “dormirlo” dice Heidegger. Ante eso, y porque se ha vuelto insoportable y carente de sentido, no queda más que eliminarlo como alguna vez eliminamos al mundo: no queda más que matar al tiempo. Pero aún tenemos el “con tal de…”, aún podemos disfrutar la vida sin resentir el malestar, aún podemos  pasar el tiempo.

El fracaso que suponen nuestras precarias fuerzas para afrontar el curso del tiempo, nos llevan a proclamar que es él, en su estado de alargamiento, en su carencia de sentido, el culpable de nuestra condición. Como si el tiempo enfermara cada que me llega el aburrimiento, declaro la patología del tiempo y me receto distracciones. En estos casos jamás se pone en duda que el malestar no se halla en el interior, pues ¿cómo podría mi concepción del tiempo ser la equivocada?, ¿cómo decir que es mi comprensión del tiempo la que está enferma?, ¿cómo pensar que no es el tiempo el que me enferma, sino que soy yo quien enferma al tiempo?, ¿cómo, después de todo lo que arrebata, de la destrucción, el deterioro, la malicia con la que incluso enfermó al mundo, puede alguien decir que soy yo el que está mal, que no se trata de una patología del tiempo, sino de una patología del yo?

 

Un silgo después de Kant cantó el gallo del positivismo, quien llevaba estas palabras: “¡El mundo existe! ¡El mundo funciona! ¡Pero no es ese absurdo mundo metafísico, ese sólo es una ficción, una invención infantil! ¡Tampoco es el mundo aparente, pues él es el despojo del mundo metafísico, del malintencionado mundo verdadero! ¡El mundo existe, es físico y se puede conocer, se pueden escrutar sus enigmas, se puede controlar! ¡El mundo existe y sólo espera ser dominado!”. Este fatídico canto anunció la llegada de la explotación capitalista del mundo, de la trivialización de todo lo antes valioso para la humanidad. Igual que Alberico, el nibelungo, los capitalistas no lograron ver la belleza del mundo, sólo vieron el poder. Él se configuró en el dominio planetario de la técnica, se transformó en la voluntad de poder que un día arrasará al mundo por completo.

 

“El tiempo es oro”, dice “la voluntad de poder”, enfermando nuevamente el mundo que el positivismo cantó. La humanidad, regida por esta comprensión del tiempo, se conduce a su interior, encontrando que también ahí su comprensión del tiempo está enferma. Entonces, ¿el interior enfermó al exterior? o ¿el exterior al interior? No importa, ambas son comprensiones producidas por el hombre, ambas están enfermas. Ahora, el hombre moderno experimenta el mundo como un desierto y él se experimenta como una piedra más en ese desierto ardiente, como una cosa entre otras.

El hombre, reducido al papel de cosa, experimenta el mundo como experimenta su interior: vacío. Un mundo sin Dios es un mundo vacío, sin brillo, sólo una nada que mira indiferentemente desde la bóveda celeste el destino de los hombres. Y todo porque los hombres no son lo suficientemente fuertes para remplazar a Dios, porque no han logrado desprenderse de sus antiguas valoraciones ni han logrado entender que existe un pesimismo de la fuerza.

El signo, el síntoma, es el aburrimiento, fundamentado en una experiencia de la nada que el hombre, enfermamente, interpreta, padece. De esta experiencia, donde nada existe, nace el arte. Igual que una hoja en blanco, allí reposa la nada, el no-ser. El aburrimiento es el medio, pero las fuerzas, la comprensión positiva de esta experiencia, es el motor. No hay tiempo enfermo. Tampoco el tiempo enfermó al mundo. En el origen surgieron ambos y después… el hombre interpretó todo mal. Dejó de pertenecer a la estirpe de oro no por designio de los dioses, pues éstos son su invento, dejó de pertenecer porque enfermó, perdió sus fuerzas al dejarse creer que fue su obra quien lo creó y no a la inversa.

Sólo nos queda despertar al aburrimiento. Reunir fuerzas suficientes y partir hacia nuevos mares, antes de que el mundo estalle en llamas por creer que el tiempo es oro, por no entender que, aunque el tiempo lo destruya todo, este instante, este momento, el kairós, es nuestro. Ahora sólo nos queda esperar que un día el espíritu entone nuevamente esa melodía de los tiempos dorados, no con nostalgia, no como modelo añorado, sino como un último intento para llegar a ser lo que se debe ser:

 

Allí quiero ir; aún confío

En mi aptitud y en mí.

En torno, al mar abierto, por el azul

Navega mi barca genovesa.

 

Todo resplandece nuevo y renovado,

Dormita en el espacio y el tiempo el mediodía.

Sólo tu ojo – desmesurado

Me contempla ¡oh Eternidad!*

 

 

 

 *Nietzsche, Friedrich. Poemas. Hacia nuevos mares. España: Ediciones Hiperión, 2005, p. 45.

 


Jorge Díaz Gallardo. Estudiante en la Licenciatura en Filosofía de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y miembro del proyecto musical Arquetipos.