-¿Y si tenemos un hijo?

Mi mujer –entonces mi novia–, dijo esto una mañana en que desayunábamos unas picadas en el Mercado de Balderas.

-¿Un hijo?-, dije. ¿Para qué?

-¿Cómo que para qué?-, dijo mi mujer. Para que seamos una familia.

Yo entonces tenía 28 años, estaba a mitad de un doctorado y nunca había vivido fuera de casa de mis papás; la idea de tener un hijo –más aún, la de formar una familia–, me parecía no sólo innecesaria sino monstruosa.

-Espérame cinco años-, le dije. Nomás acabo el doctorado y encuentro una plaza, procreamos.

Pasaron los cinco años y yo ni acabé el doctorado ni encontré una plaza. Eso sí, encontré un trabajo como profesor de español en Grenoble –una ciudad enclavada en los Alpes franceses–, así que mi mujer y yo, luego de casarnos, nos mudamos para allá. Un poco porque el tiempo apremiaba –mi mujer cumplía 35 ese año– y un poco porque para entonces ya teníamos ganas de formar familia, decidimos que concebiríamos en febrero del año siguiente.

Cuando llegó aquél mes, buscamos en internet el chalé más romántico que encontramos en los Alpes y la reservamos por un fin de semana con el fin de concebir; luego compramos cinco barras de chocolate suizo –para el vigor–, tres paquetes de carne seca –para tener proteínas–, y dos juegos de ropa térmica –se pronosticaba menos 20 grados para ese fin de semana– y nos fuimos a la montaña. Al llegar al chalé, encontramos al dueño conectando los cables de una batería a la tubería exterior.

-Se congeló el agua de las tuberías-, dijo el hombre, visiblemente apenado. Me temo que en estas condiciones no podrán hospedarse con nosotros. Si quieren, los puedo llevar al chalé de unos amigos que está aquí cerca.

Aceptamos.

            El chalé en cuestión resultó no ser tal, sino un motel de paso cuyo exterior era una réplica del templo de Apolo. Entramos al lobby y un francés que portaba un sombrero de Indiana Jones nos preguntó si querríamos habitación con jacuzzi.

-No gracias-, dijo mi mujer.

-¿Van a querer preservativos?-, dijo el hombre, señalando a una vitrina donde había una variedad casi infinita de estos aditamentos.

-No hace falta-, dije.

-Entonces les pido que procuren no manchar el mobiliario de la habitación-, dijo, entregándonos un rollo de papel de baño y una llave. La habitación está al final del pasillo.

            Dos semanas después de aquella fecha fuimos a una farmacia, compramos una prueba de embarazo y comprobamos que la visita a los Alpes había rendido frutos. Para festejar nos fuimos a cenar una pizza al barrio italiano.

 

Al poco tiempo de esto nos mudamos a Xalapa porque encontré una plaza en la Universidad Veracruzana. Ya instalados, descubrimos que el mundo del embarazo es el mundo de las decisiones: qué cuna comprar, qué tipo de parto seguir, qué vitaminas tomar, etc. También, a qué ginecólogo ir. De acuerdo con la información que nos dieron los amigos, en Xalapa había dos ginecólogos de ínclita reputación: el doctor Vicente Suárez y el doctor Arturo Ramos. Decidimos hacer una cita con ambos.

            El consultorio del doctor Suárez está enclavado en una colina del cerro del Macuilépetl. Al llegar uno encuentra un jardín en el que hay un huerto, un corral de chivos y dos fosas en las que el doctor practica el parto en agua. El doctor Suárez nos recibió en su consultorio y, luego de los saludos de rigor, nos dijo:

-Como padres primerizos que son, deben de saber algo muy importante: el peor enemigo de su bebé es la ciencia médica. Todo lo que esta pueda aportarle, le será dañino. Por suerte me han encontrado y yo me encargaré de guiar su parto de un modo apegado a la madre  naturaleza.

Habiendo dicho esto, desnudó a mi mujer, le untó en el vientre aceite de ajonjolí y llevó a cabo una minuciosa auscultación que incluyó un masaje en las sienes y en los muslos. Al final se limpió las manos con un trapo y nos advirtió que debíamos desconfiar de los complementos alimenticios, del calcio y de la oxitocina. Por todo esto nos cobró 1200 pesos.

            La visita con el doctor Arturo Ramos fue muy diferente: para empezar probó los reflejos de mi mujer, le auscultó con un estetoscopio el corazón y le revisó la lengua y las encías. Luego hizo una ecografía.

-¿Quieren saber qué es?-, dijo.

Le dijimos que sí.

-Es un varón-, dijo, haciendo con el ultrasonido un acercamiento al miembro del bebé.

El doctor Ramos oprimió una tecla y del ultrasonido salió una imagen impresa del miembro del bebé, agrandado en 800 por ciento.

-Aquí tienen-, dijo el doctor, entregándonos la imagen. La primera muestra de la virilidad de su vástago.

El doctor entonces se limpió las manos con un trapo y nos advirtió que desconfiáramos de la herbolaria, del aceite de ajonjolí y, sobre todo, del doctor Vicente Suárez. Por todo esto nos cobró 800 pesos. Mi mujer y yo salimos del consultorio y, luego de una breve deliberación, decidimos que el doctor Ramos sería nuestro ginecólogo.

 

Más difícil que escoger el ginecólogo fue escoger el nombre del bebé. Como sabíamos que no nos enfrentábamos a una tarea sencilla, optamos por delimitar nuestra búsqueda: evitaríamos nombres excesivamente largos –Maximiliano, Hermenegildo, Casimiro–, aquellos evidentemente ridiculizables –Ataulfo, Cirulio, Telésforo– y los que estuvieran de moda –Íker, Santiago, Mateo–. Asimismo, descartaríamos nombres de familiares y los nombres cuya sonoridad se volviera cacofónica con mi apellido –Sancho Sánchez, por ejemplo–. Lo siguiente fue dividir el trabajo: mi mujer revisaría las listas de nombres de la A a la M, yo de la N en adelante.

Una semana después ya teníamos dos listas de nombres. Helas aquí:

 

Lista de AradaiLista de Emilio
Andrés

Adrián

Bernardo

Braulio

Félix

Imanol

Imarán

Julián

Lorenzo

Camilo

Pablo

Rafael

Raúl

Édgar

 

Luego de una depuración, los nombres finalistas fueron los siguientes:

 

Adrián, Lorenzo, Imarán, Camilo.

 

Aquí empezaron las complicaciones. Si estos cuatro nombres nos gustaban por igual… ¿qué nombre elegir? Decidimos que lo más práctico sería escribir los nombres en papelitos, echarlos en un bote y sacar uno al azar. Así lo hicimos. El resultado fue Imarán.

-Pero…-, dijo mi mujer. ¿Y si le ponemos Imarán pero tiene cara de Camilo?

Lo que decía mi mujer era verdad: yo conocía a Bernardos que parecían Juanes, a Rogelios que parecían Memos y a Justinas que parecían Mónicas. ¡Qué feo ir por la vida con un nombre que a uno no le corresponde! Para evitar que nuestro hijo padeciera esto, optamos por escoger el nombre hasta después del nacimiento. 

Faltaban aún tres meses para el nacimiento de nuestro hijo; para entonces, mi suegro ya le había puesto un apodo: el Chuchumbé. El apodo fue del gusto de la familia y los amigos, y a los pocos días ya se había vuelto el apelativo común del vástago que venía en camino:

-¿Cómo va el Chuchumbé?-, nos decían los tíos que llamaban de Yucatán.

-Este es un regalo para el Chuchumbé-, decía mi cuñada, entregándome una chambrita morada.

-No se llama Chuchumbé-, les decía yo. Háganme el favor de ser respetuosos con mi hijo.

Pero nadie me hizo caso. Al poco tiempo, “Chuchumbé” había degenerado en “Chucho”.

-¿Y por qué no le ponen Jesús al niño?-, propuso mi madre. Total, si ya le dicen Chucho…

Mi mujer y yo nos negamos rotundamente.

-Pues entonces búsquenle un nombre pronto, porque si no se le va a quedar Chucho-, dijo mi madre.

Mi mujer y yo entonces tomamos una decisión importante: a partir de ese día el nombre oficial del niño sería Imarán; si al nacer parecía más bien un Adrián, Lorenzo o Camilo, le cambiaríamos el nombre.

 

El domingo 28 a las diez de la mañana mi mujer rompió aguas. Le llamamos al doctor Ramos y éste nos citó en su consultorio una hora después. Una vez ahí, el doctor le hizo a mi mujer un tacto y un ultrasonido.

-No queda gota de líquido amniótico y no hay dilatación-, dijo, limpiándose las manos. Hay que hacer cesárea.

A partir de ese momento la sucesión de acontecimientos se tornó vertiginosa: salimos del consultorio, fuimos a la casa a recoger dinero y la maleta con una muda de ropa, le hablamos a amigos y a familiares, nos dirigimos al hospital, ahí a mi mujer la pasaron al quirófano y a mi me entregaron un uniforme de cirujano y me dijeron que me lo pusiera. Ya con el uniforme puesto entré en el quirófano y encontré a un grupo de médicos preparando a mi mujer para la operación: uno le envolvía las piernas con vendas, el otro le conectaba un suero, otro más le ponía la anestesia, una más le untaba yodo en el vientre.

-Véngase por acá-, dijo el doctor Ramos, tomándome del brazo y conduciéndome a la cabecera de la camilla en la que yacía mi mujer. Usted se queda aquí tranquilito. Su labor será apapachar a su mujer: acaríciele la cabeza, dele besitos, dígale que todo está bien. ¿Entendió?

-Entendido.

-Bueno-, dijo el doctor. Pues vamos a comenzar.

Por los siguientes veinte minutos aquel quirófano fue el escenario de un impecable trabajo en equipo enmarcado en una amena charla entre los médicos. Comenzaron hablando de una serie de televisión colombiana titulada “Escobar, el patrón del mal”:

-Estuvo de rompe huevos el capítulo final-, dijo el doctor Ramos, mientras cortaba cuidadosamente con el bisturí. Esa última escena en que Escobar corre desnudo por los techos no tiene desperdicio.

Continuaron hablando sobre el doctor José Escurdia, ilustre ortopedista del Seguro Social:

-Yo siempre supe que era mayate-, dijo el instrumentista, cauterizando lo que el doctor Ramos previamente había cortado. Me enteré porque el primo de mi cuñado, un jovencito de 18 años, pasó por su taquilla.

Terminaron hablando sobre los atributos de belleza de la doctora Nava:

-Cada implante le costó mil dólares-, dijo el doctor Ramos, preparando los separadores.  La última vez que la vi le pedí que me los dejara tocar y, efectivamente, se sienten como si fueran de a devis.

El doctor agregó, dirigiéndose a mi mujer:

-Llegamos a la recta final, reina. ¿Tranquilita?

-Tranquilita-, dijo mi mujer.

El instrumentista entonces abrió los separadores, el doctor Ramos metió las manos al útero y poco a poco, con mucho cuidado, extrajo del interior de mi mujer a un bebé.

En la sala se escuchó un fuerte y agudo llorido. Antes de entregar el bebé al pediatra, el doctor Ramos tomó al bebé con cuidado y lo acercó a la cabecera de la camilla, para que lo viéramos.

-¿Qué les parece?-, dijo.

-Es precioso-, dijo mi mujer. Emilio ¿crees que sí parece “Imarán”?

-Definitivamente-, dije.

-Pues entonces ya está-, dijo mi mujer. Imarán se llamará.

 

 

Epílogo

 

-¿Bueno? ¿Doctor Suárez?

-Sí, el habla.

-Oiga, es Emilio Sánchez. Siento molestarlo a estas horas de la madrugada pero el bebé lleva durmiendo cinco horas sin parar y como usted nos dijo que tenía que comer cada tres horas, pues no sabemos si despertarlo o no para que comiera.

-Mejor déjenlo dormir. Solamente hay que despertarlo si se pasa de siete horas de sueño.

-Ah, bueno. Gracias doctor Suárez. Buenas noches.

 

Al día siguiente:

 

-¿Bueno? ¿Doctor Suárez?

-Sí, el habla.

-Oiga, es Emilio Sánchez de nuevo. Siento molestarlo a estas horas de la madrugada pero el bebé lleva comiendo cinco horas sin parar y como usted nos dijo que tenía que dormir al menos seis horas en una noche, pues no sabemos si es mejor quitarlo de la chichi y arrullarlo para que se duerma.

-Déjenlo comer. Cuando se llene, él solito dejará de mamar.

-Ah, bueno. Gracias doctor Suárez. Buenas noches.

-Buenas noches.

 

Dos días después:

 

-¿Bueno? ¿Doctor Suárez?

-Sí, el habla.

-Oiga, es otra vez Emilio Sánchez. Siento molestarlo a estas horas de la madrugada pero el bebé lleva cinco horas despierto, sin comer ni dormir, y como usted nos dijo que tenía que…

-Es normal.

-Pero…

-Mire, señor Sánchez, los bebés a veces comen, a veces duermen, a veces nomás están despiertos. Usted tranquilo.

-Ah, bueno. Gracias doctor Suárez. Buenas noches.

-Buenas noches.

 

Esa misma madrugada, más tarde:

 

-¿Bueno? ¿Doctor Suárez?

-No, habla su mujer. ¿Qué desea?

-Ah. Me disculpo por molestarla a estas horas de la madrugada pero fíjese que el bebé lleva tres horas sin hacer caca, y como el doctor nos dijo que…

-Los bebés hacen caca cuando quieren. Y ahora por favor… ¿podrían dejarnos dormir?

-¿Entonces no hay de qué preocuparnos?

-No. Es normal.

-Ah, bueno. Gracias doctor Suárez. Perdón, señora Suárez. Buenas noches.

-Buenas noches.

 

Al día siguiente:

 

-“Está usted llamando a casa de la familia Suárez. Por favor deje un mensaje después de la señal. Gracias”.

-… ¡click!

 


Emilio Sánchez. Doctor en Literatura Hispánica por El Colegio de México. Ha sido profesor de español y cultura mexicana en diversas instituciones educativas francesas, incluyendo la Université Grenoble Alpes. Actualmente es coordinador académico de la Escuela para Estudiantes Extranjeros de la Universidad Veracruzana. Divide su tiempo entre la escritura académica y creativa.

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