La boda de Claudio se aproximaba a su final. Hacía quince minutos que la barra había cerrado, se había repartido ya entre los invitados un caldito de camarón para revivir a los borrachos y en la pista de baile solo quedaban unas cuantas parejas. En una de las mesas que estaban a un lado de la pista, la doctora Susana Arriaga explicaba a los comensales algunas de las virtudes del nuevo fármaco para combatir el insomnio.

 

-Basta con solo media pastilla para que uno caiga como lirón-, dijo Susana, asumiendo el tono enfático y mandón que le gustaba adoptar en los congresos sobre psiquiatría para provocar a los médicos varones. Las veces que yo me la he tomado la almohada amanece completamente babeada. Algunos de mis pacientes me han dicho que hasta se han meado en la cama, de lo dormidos que quedan.

-Qué horror-, intervino Priscila, la hermana de Susana. ¿Quién quiere quedar así de drogada?

-Yo-, dijo Susana. Cuando Giácomo quiere que le pongamos en la noche y yo no tengo ganas, me tomo el Cloroapán y adiós… me voy lejos. Y Giácomo puede darle cuanto tiempo quiera y yo ni en cuenta.

Esta vez fue Reina, amiga íntima del novio, quien intervino:

-¿Y qué opina Giácomo de que su novia sea un costal de papas?

-Él feliz-, dijo Susana. Puede hacer de mí, literalmente, lo que quiera. Por arriba y por abajo, de ladito, por atrás, y yo nomás lo oigo bufar.

-¿Entonces sí sientes algo?

-De que siento, siento-, dijo Susana. Y siento bien rico, si ya saben que Giácomo se esmera por aquello de su sangre italiana. Lo que sí no puedo hacer, cuando me tomo la pastilla, es moverme siquiera. Giácomo tiene que maniobrar este cuerpecito porque, solito, no se mueve-, agregó, enderezando el torso y permitiendo que los senos morenos asomaran generosos sobre el escote del vestido rojo.

 

Susana hizo una pausa para medir el impacto que sus palabras tenían en su auditorio. Le divertía estudiar el modo en que hablar abiertamente sobre su vida sexual perturbaba a los comensales, era curioso cómo las mujeres solían mirarla con una mezcla de incredulidad y envidia mientras que los hombres, sobre todo los casados, solían desviar la vista, incómodos, para luego volverla a posar sobre ella con censurada lascivia. Justamente como la miraba en esos instantes Javier, el marido de Reina, sus ojitos negros haciendo malabares, de las canastas de pan que estaban sobre la mesa, a sus senos y de sus senos a las canastas de pan, los ojos confiados en que las micas de los anteojos ocultaban aquel  deseo. Estaban también los ojos de Rogelio, su cuñado, fijos sobre ella desde el otro lado de la mesa, tristes y anhelantes. El pobre, pensó Susana, jarioso como un perro en celo desde que Priscila le negaba cualquier contacto sexual por aquello de la depresión postparto que ahora la tenía convertida en un fantasma.

 

-¿Y no te deja medio atontada?-, dijo Priscila.

-¿Giácomo?-, dijo Susana. Bueno, ahorita no, porque está de viaje, pero cuando está inspirado, sí…

-No, tonta. La pastilla.

-Para nada-, dijo Susana. El ingrediente esencial del Cloroapán es la metamina, que es absorbida por la glándula…

 

Rogelio se levantó de la mesa. Si a últimas fechas la sola presencia de su cuñada le ponía en estado de excitación, el tener tan cerca sus tetas carnosas sobresaliendo sobre el escote  lo ponía ahora al borde de una explosión. O de una implosión, pensó Rogelio, dirigiéndose a pasos raudos hacia los baños del salón, tenía que aliviar aquello porque de otro modo terminaría violando a Susana en el estacionamiento del salón. Rogelio entró al baño, se encerró en una de las cabinas, se abrió la bragueta, se sacó la verga y comenzó a estimularla mientras dirigía la mente a la tarde del domingo anterior en que, en el desayuno familiar semanal, había entrado al cuarto de Susana para tomar la silla que hacía falta en el jardín y había encontrado a su cuñada de espaldas montada en la caminadora elíptica, la mirada fija en el televisor, las piernas y las caderas generosas envueltas en unas mallas negras que se adosaban a la piel de las nalgas cual babosas líquidas. Aquella tarde Rogelio había dicho “perdón, sólo vengo por la silla”, la había tomado y había salido de la habitación sin que Susana hubiera siquiera despegado la mirada del televisor, pero en esta secuencia que Rogelio reproducía en su mente, él entraba a la habitación e iba directamente hacia la caminadora elíptica sobre la cual las nalgas de Susana subían y bajaban, tomaba las caderas con ambas manos para detener el vaivén, bajaba las mallas rojas con dedos trémulos y después metía la lengua en el culo de Susana, dejando que la punta de la lengua recorriera cada palmo de la piel rugosa del ano, así, papito, así, decía la voz de Susana, luego hacía encorvarse a su cuñada con un movimiento imperativo de la mano para poder meter la lengua ahora entre los labios vaginales húmedos, ahí mero,  ahí merito, le decía Susana, el recuerdo se esfumó de pronto para convertirse en pura luz cuando Rogelio sintió una tensión bestial subir por sus piernas, esparcirse cual lava por su escroto y glande y desembocar en la forma de un chorro de semen que fue a caer sobre la tapa del escusado, el tanque de agua y la pared.

 

Mientras tanto, en la mesa que estaba a un lado de la pista, la conversación se había desviado del Cloroapán y se había enfrascado en el tema de política. Susana, desanimada por haber dejado de ser el centro de atención de los comensales, se levantó y se dirigió al baño. Al pasar a un lado de la pista Susana vio a Rogelio dirigirse de vuelta a la mesa. Ya en el baño de mujeres, Susana orinó, luego salió de la cabina y se lavó las manos frente al espejo. Del interior de su bolso Susana sacó el pintalabios, lo abrió y lo deslizó sobre el labio superior lentamente, apretándolo con firmeza a lo largo de la superficie carnosa de la bemba colorá que había heredado de su abuela paterna. Una suerte, pensó, que la abuela Cocó hubiera sido descendiente de negros, aquella raza le había heredado a ella, su nieta, la figura curvilínea que tanto le chuleaban cada que iba al Puerto de Veracruz, el cabello negro, crespo y tupido, y los dientes muy blancos que le iluminaban el rostro cada que sonreía. Una voluptuosidad matizada por la sangre asturiana de su abuela materna, sopesó, concentrándose ahora en el labio inferior, si las mujeres González eran más bien hombrunas, de espaldas recias y brazos que se asemejaban a costales de harina por su vastedad. Aunque tal vez aquella negrura no había sido tan matizada, recapacitó Susana, si desde que nació la habían apodado “la Negra”, y eso que estaba lejos del tono cenizo de piel que tenía su padre, pero no importaba, ante los ojos de la familia era la morena, mi negrita, y menos mal, si su hermana había heredado la piel blanca de su madre y había que ver lo rápido que se avejentaba.

 

Ya estaba, pensó Susana, tapando el pintalabios y guardándolo en su bolsa. Susana se quedó de pie frente al espejo, observó las crenchas tupidas de cabello negro cayendo sobre sus hombros morenos y macizos, la tela roja del escote expandida por el vigor de los senos protuberantes, la firmeza del abdomen plano que se ensanchaba a medida que se imponían las curvas de las caderas. Nada mal para tener 37 años, pensó Susana. La piel morena mantenía la limpidez de antaño y el cuerpo, torneado por el ejercicio cotidiano, conservaba la dureza que solía esfumarse en la primera juventud. No como los hilachos de cuerpos que tenían sus amigas, sobre todo aquellas que tenían hijos, si parecían espantapájaros, las piernas y los brazos hechos unos hilachos, los senos colgantes como calcetines, los rostros enjutos de los desvelos acumulados. Reina, por ejemplo. O Priscila, su hermana, quien desde que le había comenzado la depresión se había abandonado por completo y ahora parecía un cadáver ambulante, más cuando se ponía vestidos entallados como el que se había puesto hoy. Los ojos de Susana recorrieron la imagen nítida de la Susana que estaba del otro lado del espejo. No era de extrañar, pensó, que Rogelio no quisiera ponerle un dedo encima a su hermana. ¿Qué quedaba en Priscila de aquella joven vivaz y entrona que alguna vez fue? Nada. Un puerperio agudo la había lanzado al abismo, dejando huérfano no solo a su hijo sino a su marido, quien ahora intentaba buscar en ella, Susana, el alivio sexual que alguna vez le dio Priscila. Curioso revés del destino: Dios le había dado a Priscila todo lo que ella no tuvo: atención incondicional de la madre por haber sido la primera hija, un marido responsable quien la amaba y le había dado una familia, una vida estable y cómoda sin sobresaltos laborales y emocionales. Y ahora Dios le quitaba todo con aquella depresión. Hasta al marido leal. Susana respiró hondo, recorrió la imagen de su cuerpo en el reflejo una vez más y salió del baño.

 

Cuarenta minutos después Susana, Reina, Priscila y Rogelio se despidieron de los novios y se dirigieron a los elevadores del salón de fiestas.

 

-¿Podrás manejar, hermana?, preguntó Priscila.

-Yo entre más peda, mejor manejo-, dijo Susana. -El que no estoy tan segura de que pueda manejar es tu marido-, agregó, mirando burlona a Rogelio.

-Yo estoy ferpectamente-, bromeó Rogelio.

-Ferpectamente borracho-, dijo Susana. -Ya, sin broma, no se vayan a ir por Emiliano Zapata. La nueva app que tengo en el teléfono me informa ahí hay dos alcoholímetros.

-Ah, chingá-, masculló Rogelio. Una app que detecta alcoholímetros.

-Pa’que veas, cuñado. Una debe de ser previsora, que si no…

La comitiva llegó a los elevadores y encontró que un grupo nutrido de personas estaba esperando. “Solo funciona uno de los elevadores”, dijo alguien.

-Ni pedo-, dijo Susana. -Y volviendo a nuestro tema-, agregó, dirigiéndose a Rogelio y a su hermana, -váyanse mejor por Efraín Huerta y luego tomen Alfonso Reyes. Por ahí nunca hay alcoholímetro.

-Ay, pinche Susanita, las veces que ya te habrán agarrado borracha-, dijo Priscila.

-Cállate, que el otro viernes me le pelé al alcoholímetro que estaba en Circuito Dorado. Solo había dos policías, así que cuando me pidieron que me detuviera para soplar la madre esa, que me les pelo.

 

La puerta del elevador se abrió y Susana cedió el paso a las personas que estaban esperando, luego entraron Reina, Priscila y, al final, Rogelio. Ya no había espacio para nadie más.

 

-Creo que mejor me espero al próximo viaje-, dijo Susana, desde el exterior del elevador.

-Nada de eso-, dijo Priscila, desde el interior. -Todos cabemos. Nos hacemos chiquitos aquí adentro.

 

La gente que estaba en el elevador se replegó para hacer más espacio. Susana entró, empujando el cuerpo hacia atrás despacio y quedó de espaldas a Rogelio, sus nalgas apretando la entrepierna de aquel. La puerta del elevador se cerró y Susana sintió cómo el miembro de Rogelio se endurecía al contacto con sus nalgas. Susana ensayó echar el cuerpo hacia adelante pero lo fue imposible; no tenía margen de maniobra. De pie en el elevador, su cuerpo constreñido al frente por la puerta metálica y por el miembro rígido de Rogelio, por detrás, los pulmones esforzándose por absorber el oxígeno escaso que quedaba en la atmósfera tibia de aquella cabina metálica, Susana sintió pánico. Respira, Susana, respira, pensó, y entonces aflojó los músculos del abdomen y se abandonó por completo al instante, reclinando casi imperceptiblemente las nalgas y la espalda sobre Rogelio. Susana sintió entonces cómo él giraba la cadera, un milímetro a la vez, restregando la tela abultada de su pantalón sobre el vestido, y tuvo la impresión de que podía sentir el calor que emanaba del sexo de su cuñado. En el silencio del elevador, a Susana le pareció escuchar cómo su propio corazón latía con fuerza inusitada.

 

Un vaho de aire fresco bañó el rostro de Rogelio cuando se abrió la puerta del elevador en el nivel del estacionamiento y todos salieron. Menos mal que traía el saco puesto, pensó, las solapas del saco le permitirían disimular su portentosa erección.

 

-Adiós, queridos-, dijo Susana, aproximándose y besando primero a Priscila y después a Rogelio. -Váyanse con cuidadito. Les mando un whatts una vez que haya llegado.

Rogelio sintió la piel tibia de la mejilla de su cuñada pegarse a la suya, luego vio a Susana alejarse rumbo a su automóvil.

-¿Estás bien para manejar?-, dijo Priscila.

-Estoy bien-, dijo Rogelio, desactivando la alarma con el control. -Si me siento mal, te aviso.

 

Una vez dentro, Rogelio encendió el coche, se enfiló rumbo a Efraín Huerta.

 

-Y bueno-, dijo Priscila. ¿Tú cuánto tiempo le das a la parejita? Yo no les doy más de dos años.

-Yo les doy un poco más-, dijo Rogelio. -Fernanda es a todas luces una arribista y no creo que quiera despegarse tan rápido del dinero de Claudio.

-Mi mamá me contó que la madre de Fernanda fue muy amiga de Carmita-, dijo Priscila. -Al parecer este amor al dinero viene de varias generaciones atrás. La abuela de Fernanda era…

 

En la cabeza de Rogelio, la voz de Priscila se convirtió en un murmullo. No estaba bien lo que había hecho, pensó. No estaba bien haberse comportado como una bestia en celo con su cuñada, haberse aprovechado de la situación cuando ella no tenía escapatoria. Rogelio sintió un vacío en el pecho. Un vacío helado. Era la misma sensación que lo asaltaba cada que tenía vergüenza. Y vaya si la debería de tener, pensó, tomando la calle de 5 de mayo, si una cosa era dedicarle miradas calientes a su cuñada en las reuniones familiares y otra, muy distinta, era desenmascararse de un modo tan burdo, restregándole el pito en las nalgas en un elevador. Imbécil, imbécil de verdad, se dijo Rogelio, ¿con qué cara la miraría de ahora en adelante?

 

-¿Estás bien?-, dijo Priscila. Se había percatado, de pronto, que Rogelio no la estaba escuchando.

-Estoy bien-, dijo Rogelio.

-¿Quieres que maneje?

-No, voy bien-, insistió. -Solo estoy un poco cansado.

Rogelio entreabrió la ventana del auto. Un chorro helado de aire comenzó a rozar, incesante, su mejilla.

-Te vas a resfriar-, dijo Priscila. -¿Puedes cerrar la ventana? No quiero que le vayas a pegar la gripa a Darío.

 

Rogelio cerró la ventana. Para entonces ya no sentía vergüenza. Ahora sentía miedo. ¿Qué pasaría si Susana decidía contarle lo que había pasado a Priscila? No solo lo de la erección en el elevador, sino ese modo tan cerdo en que él la miraba a últimas fechas, los silencios incómodos con los que ahora él enmarcaba sus encuentros porque debía concentrarse en no mirarle los pechos. Sería el fin de todo, pensó Rogelio. Priscila lo echaría de la casa y no le dejaría ver más a Darío. Y posiblemente Priscila se moriría de la tristeza. El sonido del celular de Priscila sobresaltó a Rogelio.

 

-Es Susana-, dijo Priscila, contestando. -¿Qué pasó, hermana?

Rogelio volvió a abrir la ventana. Dejó que el aire le cayera en la cara unos segundos, luego la cerró.

-¿Y dónde estás? Ok. ¿Quieres que vayamos para allá?

Rogelio se detuvo en el alto de la Avenida México.

-Sí, pero Rogelio me puede dejar y luego ir por ti-, dijo Priscila al teléfono. Hizo una pausa para escuchar.

-Tú y tu pinche aplicación para alcoholímetros-, escuchó Rogelio decir a Priscila. -Pues entonces que Rogelio se quede en tu casa y ya mañana en la mañana se regresa. No, no habría problema. Yo la verdad es que no ando como para irlo a sacar del Torito. Sí, claro, tú sí tienes muchas ganas, jaja. Ya está, le hacemos así.

Susana colgó.

-Se le ponchó la llanta a Susana-, dijo. -¿Puedes ir?

-Claro-, dijo Rogelio, los ojos fijos sobre la luz roja del semáforo. -¿Dónde está?

-Sobre el Bulevar Trejo, a la altura de la gasolinería. Se pueden ir después al depa de Susana para que no te vaya a pescar el alcoholímetro de regreso.

La luz del semáforo cambió a verde y Rogelio aceleró.

 

Susana estaba muerta de frío. Cuando la llanta se había ponchado, había orillado el coche, se había bajado en su vestido corto, había comprobado que el neumático se había averiado y luego se había vuelto a subir. Entonces se había acordado que tal vez no tenía la llave de cruz, se había vuelto a bajar para verificar si estaba en la cajuela, después se había metido nuevamente al auto y se había puesto el suéter. Así estaba mejor, pensó Susana, tallándose los brazos morenos enfundados en el suéter ligero, aunque seguía estando helada. Dentro de la cabina del coche, Susana sopesó si había sido una buena idea llamarle a su hermana y a Rogelio para que la fueran a ayudar, después de lo que había pasado en el elevador. Tal vez hubiera sido mejor hablarle al seguro, pensó, pero la última vez se había tardado más de hora y media en llegar. O haber parado a algún taxista para que le cambiara la llanta, pensó, aunque había que ver lo cabrones y guarros que eran luego los taxistas. Susana se talló las manos contra la piel helada de los muslos. Qué pinche fríazo, pensó, sería mejor prender la calefacción, aunque luego al bajar del coche el cambio de temperatura pudiera hacerle daño. Susana encendió el interruptor de la llave, luego prendió la calefacción. Ahhh, pensó, calor que alivia. Arrullada por el la tibieza del aire que emergía de las ventilas, Susana cerró los ojos y reclinó la cabeza sobre el asiento. Tras los párpados de Susana se delineó la imagen de las puertas metálicas del elevador donde había estado previamente y el recuerdo del miembro enhiesto de Rogelio pegado a sus nalgas cobró súbita viveza. Tenía que haberle puesto un tate quieto, al cabrón, pensó, haber llevado discretamente la mano hacia atrás y haberle dado un pellizco en la verga, para que aprendiera a no andar de caliente con la hermana de su esposa. O haberse tirado un pedo ahí mismito en el elevador. Sí, eso hubiera estado mejor, pensó, con eso hubiera matado de tajo la pasión de Rogelio y de paso se habría divertido imaginando las caras de asco de los tripulantes del ascensor. Susana abrió los ojos cuando un tráiler de doble remolque pasó por la avenida haciendo un estruendo con el motor. Rogelio estaría por llegar, pensó, reclinando un poco el asiento y amodorrándose en su lugar. Qué cansancio. Había sido un día largo, pensó, ovillándose, tal vez podría echarse una pestañita en lo que llegaba Rogelio. Con el run run de la ventilación como fondo, Susana comenzó a ser vencida por el sueño y de nuevo se encontró en aquel elevador, las puertas metálicas cerrándole el paso por delante, el miembro duro de Rogelio atajándola por atrás, y Susana sintió de nuevo el suave movimiento con que Rogelio movía la pelvis para que su miembro henchido rozara la tela del vestido de ella y, todavía sin que el sueño la venciera del todo, Susana distinguió un hilo de calor ascender de su sexo hacia su abdomen, el hilo se convirtió en una telaraña húmeda que se impregnó a las paredes de su pelvis y Susana deseó vivamente poder estar realmente en el ascensor, la verga de Rogelio incrustada en sus nalgas, solo que esta vez sin otros tripulantes, para poder elevar uno de sus brazos y, con la mano, acariciar la nuca de su cuñado mientras éste la tomaba de la cintura y la apretaba con vehemencia hacia él y luego comenzaba a recorrer su cintura, sus pechos con la… toc-toc-toc, sonó la puerta del elevador, Susana abrió los ojos y distinguió, por la ventana del coche, la silueta de Rogelio.   

 

Habiendo cambiado la llanta, Rogelio abrió la cajuela del coche de Susana, echó ahí la llanta ponchada y la llave de cruz.

-Mi héroe- dijo Susana, quien había estado observando todo el proceso desde la banqueta.

-Y no me has visto pasar corriente de un coche a otro-, bromeó Rogelio, sacando un clínex sucio de su bolso y limpiándose las manos.

-El día que me quede sin corriente te llamo-, dijo Susana, subiéndose a su auto. -¿Nos vamos? Puedes meter tu coche al garaje porque mi vecina no está. Si quieres sígueme.

Veinte minutos después, habiendo estacionado los autos en el garaje, Susana y Rogelio entraban al departamento.

-Perdonarás el desastre, cuñado-, dijo Susana, quitándose los tacones. -Giácomo hizo una fiestecita ayer antes de irse. Ponte cómodo mientras yo preparo tu cama en el estudio.

 

En lo que Susana desaparecía por el pasillo, Rogelio observó los resabios de la fiesta: botellas de vino y de cerveza vacías sobre la mesa del comedor, ceniceros llenos de colillas, una silla sobre la que habían apilado platos sucios. Rogelio fue a la cocina, tomó un vaso del trinchador y se sirvió agua del filtro. Qué sed, pensó, era claro que pronto comenzarían los primeros malestares del haber bebido en exceso. Rogelio puso el vaso en la barra de la cocina y distinguió una pequeña canasta llena de medicinas. Apilada sobre las demás había una cajita que decía Cloroapán. Los ojos de Rogelio se quedaron fijos sobre la cajita y en el acto se hizo nítida la reminiscencia de la voz de Susana diciendo una y otra vez “por arriba y por abajo, de ladito, por atrás”, “puede hacer de mí lo que quiera”. Rogelio tuvo una erección instantánea.

 

-Listo, cuñado-, dijo Susana, apareciendo por el pasillo. -Ya está tu camita. Tendrás el privilegio de estrenar el colchón de última tecnología que compramos para las visitas.

Susana reparó en el vaso de agua que tomaba Rogelio y dijo:

-¿Me servirías uno? Muero de sed.

Susana tomó una bandeja de la alacena, se dirigió al comedor y puso sobre ésta las botellas vacías y los ceniceros. Volvió a la cocina y puso la bandeja sobre la barra.

-Gracias-, dijo, tomando el vaso que le estrechaba Rogelio. Susana se lo bebió de un trago.

-Ahora me voy a tener que levantar a mear de madrugada-, dijo Susana, llevando el vaso al fregadero. Se encaminó luego al pasillo.

-Bueno, cuñado-, dijo, -te quedas en tu casa. En el refri hay restos de pizza, por si tienes apetito, puedes ver la tele, si quieres, o te puedes ir a echar, que es lo que yo voy a hacer en este instante porque no puedo más.

 

Susana envió un beso a Rogelio, entró a su habitación, cerró la puerta tras de sí. Todo había salido mejor que lo que había creído, pensó, dirigiéndose al baño y orinando, Rogelio no le había saltado encima apenas habían entrado al garaje, no había hecho alguna locura como sacarse el pito en el elevador mientras subían al departamento y ni siquiera la había mirado con esos ojos tristones con los que solía mirarla. Rogelio había sido, simplemente, el Rogelio de antes. Susana se lavó las manos, fue al tocador, sacó una esponjita y el desmaquillante de uno de los cajones. De pie frente al espejo, Susana untó un poco en la esponja y luego, con un movimiento suave de la mano, comenzó a quitarse el rímel. Tendría que poner el seguro a la puerta, pensó, no fuera a ser que Rogelio volviera a ser el Rogelio calenturiento de ahora y decidiera meterse al cuarto en la madrugada. Susana abrió el grifo, esperó a que el agua saliera tibia y se lavó la cara. Después se secó, fue al clóset, se quitó el vestido y se puso un camisón negro. Susana abrió las cobijas de la cama y se amodorró entre los almohadones. Veinte minutos después dormía profundamente.

 

Susana no supo qué la despertó. Pudo haber sido el roce de unos dedos aceitados que recorrían una y otra vez el talón de su pie derecho. O el aroma que despedía la velita de jazmín que solía tener en el buró y que ahora se consumía en algún lugar impreciso de la habitación. O tal vez la extraña sensación de estar desnuda, tendida bocabajo, los brazos inertes junto al cuerpo cubierto sólo con una sabanita. Todavía en las coordenadas acuosas del sueño, Susana trató de armar las piezas de aquel cubo de rubik: estaba en su cuarto, sí, había llegado previamente con Rogelio al departamento, ajá, él se había quedado en la cocina y ella se había ido a acostar y… el seguro de la puerta. Carajo, había olvidado ponerle el seguro a la puerta.

Susana sintió el pulgar de Rogelio deslizarse con firmeza por el talón del otro pie, recorrer lentamente la línea sinuosa que subía hasta los dedos y demorarse en la zona superior del arco, haciendo círculos. Qué rico. Un suave hormigueo comenzó a ascender desde la zona masajeada hacia la pantorrilla de Susana, después continuó su camino hacia el muslo, siguió hacia los glúteos, ya no en la forma de hormigueo sino en la de un cosquilleo. Susana intentó mover la pierna para disipar aquella sensación pero no pudo. Era como si sus piernas, brazos, hombros y cabeza estuvieran repletos de agua, adosados por completo a la superficie de la cama. Era aquella, pensó Susana, la vieja sensación que tenía cada que tomaba el Cloroapán. El corazón de Susana comenzó a latir rabiosamente. ¿Pudo haber sido capaz Rogelio? Susana sintió vértigo de pronto y en su mente, aún inmersa en la pegosteosa negrura del inconsciente, la imagen de la canasta con medicinas a un lado del filtro de agua adquirió una claridad pasmosa. Claro que había sido capaz, pensó Susana. La sensación anestésica era inconfundible. Sólo que más profunda, si sentía que su cuerpo se derretía sobre la sábanas tibias. ¿Qué dosis habrá echado, el cabrón? ¿Pastilla y media? ¿Dos pastillas? Susana ensayó abrir los ojos, pero no hubo respuesta. Era un bulto. Susana sintió los dedos de Rogelio retirarse de sus pies.

Desnudo al pie de la cama, Rogelio contempló a morena vastedad del cuerpo de su cuñada extenderse frente de sí. Había algo verdaderamente prehistórico en aquel cuerpo, pensó, en lo desproporcionado del volumen de las pantorrillas, en el grosor de los muslos y en la rotunda elevación de las nalgas macizas que se le ofrecían como frutas petrificadas. A la luz de la vela, Rogelio vertió unas gotas del aceite de coco sobre la pantorrilla de Susana, luego comenzó a masajearla con ambas manos con movimientos deslizantes, largos y uniformes. Era curioso, pensó, cómo los músculos de su cuñada nunca perdían cierta tensión, como las fibras de las sillas de mimbre. Rogelio dejó que sus pulgares se aletargaran sobre la curvatura de la pantorrilla, haciendo movimientos circulares. Cuando sintió que el tejido se había ablandado, se trasladó a un lado de la cama, vertió aceite sobre el muslo  y con un rozamiento ligero de las manos lo esparció. Bajo sus palmas aceitadas, Rogelio percibió cómo la temperatura del cuerpo de su cuñada aumentaba conforme amasaba con movimientos fluidos la parte interior del muslo, aquella que colindaba con la espesa negrura del sexo. El calor que emanaba del cuerpo de Susana como un húmedo vaho, el contacto de sus manos con aquella piel tibia y palpitante, el constante roce de su dedo meñique con el sexo de Susana, llevaron la excitación de Rogelio a un punto de no retorno. Eyacularía ahí mismo si no se detenía unos instantes, pensó. Se vendría en el acto sobre el cuerpo de Susana. Rogelio se irguió, hizo seis respiraciones profundas con los ojos cerrados, apretando las nalgas cada que inhalaba. Uno… dos… tres… cuatro… cinco… seis… pensó Rogelio. Mejor. Ahora podía continuar. Rogelio tomó el bote de aceite y untó un poco más en sus manos.

La mente de Susana se hallaba en un cálido extravío. Una y otra vez subían las manos de Rogelio por sus muslos, y una y otra vez Susana sentía un flujo de calor ascender por su entrepierna hacia el ombligo. El ansia provocada por el hecho de que Rogelio la había drogado, el miedo que le había sobrevenido después ante la posibilidad de una sobredosis, la vergonzosa angustia arraigada en la posibilidad de que se podría mear en la cama, todos habían desaparecido y en su lugar sólo quedaban las estelas tibias que las manos de Rogelio dejaban a su paso mientras subían por el interior de los muslos y tocaban casi imperceptiblemente los pliegues de su sexo. Susana se sintió arder. En aquel limbo entre el sueño y la vigilia, a Susana le pareció que un oleaje salpicaba su sexo de agua tibia, y sintió que entre sus piernas comenzaba a formarse un remolino de agua salada. Quería que Rogelio la tocara. Que le metiera los dedos y la lengua en el sexo húmedo. Que la penetrara. Que le metiera la verga a la boca. Susana hizo un esfuerzo por abrir las piernas, pero no pudo. Trató entonces de levantar un poco las caderas, pero le fue imposible. Su peso era indescifrable. Susana sintió cómo las manos de Rogelio se replegaban y luego percibió cómo un hilo de aceite caía en su nuca, bajaba por la cuenca de los omóplatos, se detenía en el valle de la espalda y ahí se abría en varias vetas que se escurrían por los costados; el chorro volvió a caer, esta vez entre la línea que separaba las nalgas, escurriendo por el ano, siguiendo su camino hacia el sexo húmedo. A Susana le pareció que aquel chorro de aceite se demoraba una eternidad en caer, como si Rogelio estuviera vaciando el bote entero. Entonces sintió la superficie del colchón moverse como agua y de pronto fue cubierta por el peso del cuerpo entero de Rogelio que, embadurnado en aceite, se colocó encima de ella, el pecho tibio pegándose a la ancha espalda, la verga enhiesta hundiéndose entre los rieles de las nalgas, las piernas fibrosas adheridas a las suyas. Susana no supo en qué momento comenzó aquel mariposeo que emergió en la planta de sus pies y ascendió en la forma de aleteos por las pantorrillas y muslos para convertirse después en espasmos que estallaron una y otra vez en la pelvis mientras el cuerpo de Rogelio se deslizaba en un delicioso vaivén encima del suyo, la verga henchida, caliente y lubricada repasando todos los rincones de la piel entre las nalgas. La mente de Susana se iluminó de pronto con un color amarillo mostaza que, a medida que continuaban los espasmos, se fue llenando de puntos rojos. Mientras el cuerpo de Rogelio se deslizaba como oruga sobre el suyo, los puntos rojos desaparecieron para dar lugar a un viejo recuerdo, Susana se vio a sí misma metida en las aguas cálidas del Golfo de México, con apenas seis o siete años, la mirada fija en las nubes teñidas de rosa que punteaban el horizonte. Susana sintió ganas de llorar, pero no pudo. Aquel recuerdo se esfumó cuando el cuerpo de Rogelio cesó todo movimiento y se despegó del suyo, la piel de la espalda, nalgas y piernas de Susana recibiendo de tajo una sensación fría, de helada vulnerabilidad. La superficie del colchón volvió a moverse y Susana sintió que Rogelio se acostaba a su lado en la cama. Ahí estaba de nuevo la niña metida en el mar, pensó Susana, ahora con un cuenco en las manos que la niña metía una y otra vez en el piélago grisáceo del Golfo, Susana percibió un leve temblor en el colchón y la niña del cuenco desapareció para dar lugar a la imagen de Rogelio masturbándose en la cama, no, no, no, pensó Susana, dame tu calor, Rogelio, vuelve a mi espalda, termina dentro de mí, no te vayas Rogelio, viértete en mis nalgas, en mi boca, vuelve a cubrir mi cuerpo con el tuyo, la respiración de Rogelio se tornó jadeante, la vibración del colchón, enloquecida, luego vino aquel grito sordo que a Susana le pareció un llanto y luego el silencio aderezado sólo por las exhalaciones agotadas de Rogelio. Unos minutos después Susana sintió el cuerpo de Rogelio incorporarse de la cama; luego vino la sensación acariciante de la sábana de algodón que, maniobrada por las manos de Rogelio, cubrió su cuerpo desnudo. Susana escuchó los pasos ligeros de Rogelio dirigirse a la puerta de la habitación, salir y luego cerrarla detrás de sí.

 


Alexandra Mondragón. Mexicana, madre de tres, terapeuta Gestalt y, en mi tiempo libre, escritora de relatos eróticos.