Me abordó a media calle, parecía nervioso, impaciente, sus preguntas eran directas. “¿Cuánto cuesta? ¿Dónde lo haríamos? ¿Cuánto tiempo tengo?”, yo respondía rápidamente, esos son los que sí van, los que nada más están echando relajo están más tranquilos, él era un manojo de nervios. No era tan joven para creer que fuera su primera vez, pero tal vez lo era con una mujer de la calle. Ella llevaba pupilentes azules, tenía los rasgos finos, pero no era una rubia como pretendía. El suéter era de una tela que le delineaba los senos, dos formas tremendas, la cintura estaba ceñida por una faja que la hacía ver como si fuera más delgada. Le dije que sería en el hotel de enfrente, el Regis, cruzando la calzada, aceptó y le pedí $200.00 de adelanto. Él no lo dudó y me los dio, era una temblorina la que traía que casi se le cae la cartera. Tomé el dinero y se lo di: “Vamos”, dije muy seguro de mí mismo. Era martes, día tranquilo pero no tan muerto como un lunes. Siempre hay alguien necesitado de desfogarse, quieren llegar e irse a descansar a casa. Pasamos la calle, llevaba mis tacones, eso me atrasaba, pero en ningún momento fue grosero ni me apuró. Él traía unos zapatos de agujetas, cuando se los quitó vi que era menos alto de lo que parecía. Me gustaba su perfume, a pesar de que era un tanto común, alguna vez lo habré sentido en el Metro. Acababan de salir dos tipos del hotel, detrás de ellos, dos chicas entregaban las llaves al recepcionista. Algo me dijo que ella estaba resfriada, pero no lo quería hacer notar, podría perder el servicio. Me dijo que su nombre era Marlene, pero yo creí –y sigo haciéndolo– que era su nombre de batalla. Me dijo que se llamaba Marco, y sí tenía cara de llamarse Marco, al menos así lo sentí. Al separarse para pagar, noté que estaba mucho más voluptuosa de lo que pensaba; sus pompas estaban bastante desarrolladas y se veían apretadas por el mallón negro. No era una jovencita, se veía que era una madre de familia, eso me calentó más, pero también me hizo pensar en sus hijos, un posible esposo, el típico gandalla de la colonia que tiene a su mujer en la prostitución. “Vamos”, le dije y subimos dos pisos. Llegamos a la 218. Entramos, estaba menos nervioso, parecía que se empezaba a tranquilizar. Dejó su chamarra en el perchero, debajo llevaba una playera azul. Estaba bien formado, hombros anchos, vientre plano y tenía manzana de Adán. Entré al baño para lavarme las manos, él guardó su cartera en la chamarra, creía que lo hacía sin que yo lo viera, pero todo lo miraba por el espejo de la puerta del baño. Las cosas eran lo que más me preocupaban, el celular me lo acababan de dar y en la cartera traía la tarjeta de crédito. Salió del baño y se quitó el suéter, tenía dos senos descomunales, se sostenían en el brassier y en la faja. Me gustaron, eran imponentes. Se quitó el brassier y dejó que los senos cayeran con desparpajo. Me senté en la cama y los empecé a acariciar, pasaba mi lengua por sus pezones, eran como dos avellanas. Vi que tenía un tatuaje en cada hombro y no pude evitar cierta ternura, uno era una calaca y el otro un dragón mal hecho. Le tomé las nalgas y sentí sus formas inabarcables, gordas, redondas, duras pero artificiales. ¿Se las habría operado o sólo se aplicó unas inyecciones de aceite 1-2-3? La lengua la movía muy bien, estaba muy excitado, se veía. Sin darme cuenta, me empecé a excitar yo también, lo alejé tocándole el hombro, pero sentí lo duro que estaba y lo dejé seguir. No me pasa seguido que me guste un cliente, de hecho cada vez pasa menos. He tenido que atender a algunos que están para el arrastre, chóferes de taxi y de microbús, policías, albañiles, oficinistas y hasta boleros que han tenido un día de suerte. No sabía qué hacía Marco, pero me gustaba cómo me acariciaba. “A ver, ¿quieres que te haga oral?”, le pregunté y dijo que sí. Se acostó y desabrochó el pantalón. El miembro lo tenía medio parado, estaba grande y jugoso, le puse el condón y, al sentir sus manos, se disminuyó un poco. Pensé que era normal. Lo empecé a meter a mi boca, con la lengua le daba golpecitos a la punta. Se paró y engordó más. Lo metía y lo sacaba, de pronto lo hizo más rápido de lo que me gustaba, pensé que me irritaría así, le pedí que lo hiciera más lentamente. Con uno de sus dedos me empezó a acariciar debajo de los testículos y sentí un placer infinito, empezó a moverlo como si supiera que ya había hecho contacto con mis terminales nerviosas. Su boca no paraba, veía sus senos y la mano acariciaba una y otra vez esa zona entre el ano y los webos. Sentí que me elevaba por los aires. Al estar en pleno vuelo pensé que ya debería entrar. “Ven”. Me preguntó si ya estaba listo, asentí. Era mucho más alta de lo que me había dado cuenta, así se veía desde abajo, subió a la cama, pasó una pierna y aplicó un poco de gel lubricante. Fue tan certera, tan exacta, como si se tratara de un francotirador preparado para matar a Kennedy. La metí y sentí húmedo y caliente ese espacio que esperaba frío y árido. Me empecé a mover, ya estaba listo así que me puse a gemir, pero no estaba fingiendo, sudaba y la temperatura del cuarto subió, las ventanas se empañaron. Yo quería cada vez más, me vine cuando él llegó, y supe que algo había pasado, nunca me ponía así con nadie. Hasta tuve ganas de darle un beso, pero él no me lo pidió, tenía la boca carnosa y, de habérmelo pedido, sí le daba un quico. Ella se movía como una máquina, le daba para todos lados y, de repente, nada más movía la pelvis, como si friccionara el puro clítoris. Hizo algunos jadeos, pero creo que eran fingidos. Supongo que así se hacen de más clientes. Está muy cabrón hacer gozar a una profesional. No me gustó tanto hacerlo sin besar, es como estar cogiendo a control remoto. Adoro meterles la lengua, juguetear, tragar y que se traguen mi saliva, así es más excitante. Verla pedir otro beso mientras abajo le estoy dando, ver cómo pone los ojos, disolviéndose, es mi parte preferida. Pero una prostituta es diferente, se congela, no siente ni madres, ni siquiera si le cayera un pedazo de mármol en la cara haría un gesto espontáneo. Se levantó y de una vez se llevó el condón en otra ejecución magistral, me pasó el rollo de papel. Nos aseamos mientras conversábamos, ella vivía en Toluca, un taxi la traía y la regresaba, según me dijo. Yo le confesé que era escritor de libros policiacos, le conté grosso modo lo que estaba escribiendo, era la historia de un chavito que había aceptado participar en un fraude a su propio padre, pero que desconocía que el fraude era mucho mayor y dejaba el negocio en la ruina. La verdad es que hombres como ese no venían tan seguido, me gustó su plática, me quería volver a encontrar con él, hice lo más que pude, le pregunté que dónde podía leer lo que escribía. No es que lea mucho, pero si se pone bueno el libro, sí lo acabo, así leí Los hornos de Hitler, Volar sobre el pantano y Aura. Le dije que si quería le daba mi número de celular por si quería pasar en otra ocasión. Ella se acomodaba en su atuendo con mucha naturalidad, siempre me ha sorprendido la frialdad de las mujeres al vestirse, se ponen los calzones, luego se colocan el brassier al revés, lo abrochan por el frente y luego le dan vuelta, meten las tetas una por una en la copa y se suben los tirantes, tan calmadas que se hiela la sangre. Me dio su número, lo apunté en un cuaderno, pensé que estaría bien tener un contacto con el bajo mundo. “¿Y cómo cuántos vendrán a esta zona pensando que van a encontrar al amor de su vida?”, le pregunté al salir del cuarto. Me gustó su pregunta, se veía que era un tipo duro, no un chavito que venía a querer sacarnos del oficio. “Son muchos, ni te imaginas, y no saben lo que se van a encontrar en estas calles”. Sonreímos con complicidad, ella no parecía querer irse. “Si te vas para allá, yo me quedó aquí”, me dijo Marlene en la calle, pero preferí acompañarla. “¿Cuánto tiempo más estarás acá?”, le inquirí. “Toda la noche”, respondió y le deseé que le fuera leve. La dejé en su lugar, nos despedimos con un beso en la mejilla.Me fui andando a Insurgentes, me sentía librado del peso que hacía cuarenta minutos me molestaba, ahora todo el universo estaba más ligero. Un par de meses después, en medio de una francachela, una vez habiendo roto con Ana, pensé en ir a visitar a Marlene, la libreta seguía vigente aunque ya había usado el 90% de sus páginas. Aún estaba herido por varias putadas que me hizo Ana, nos habíamos conocido en una fiesta, ese mismo día nos besamos en varias ocasiones, nos dejamos llevar por un encanto o una atracción mutuos. Sin embargo, después me dijo que “había sido el alcohol el que la hizo caer (sic.)”, lo cual fue más que una frase desafortunada. Yo no consideraba que besarnos había sido un tropiezo o una caída. Salimos durante algunas semanas, a pesar de que decía que tenía novio, durante varias noches me ofreció sus labios y su cuerpo, sin embargo, un día que no le pude responder un watts, se lo tomó mal y se vengó cuando le pregunté si nos veíamos, respondió que no podía porque iría al cine con su novio. No sólo fue innecesario lo que hizo, sino que fue bajo, fue vulgar, pero en fin… había otras maneras de encontrar satisfacción. Le mandé un mensaje a Marlene para preguntarle a qué hora estaría en Sullivan, pensé que las posibilidades de que me respondiera eran mínimas, hubiera apostado 10 a 100 a que ni siquiera era el número. Para mi sorpresa, respondió a los 5 minutos, se acordaba de mí y contestó que llegaba a las 10:00 p.m. Para ese momento eran las 7, así que pensé regresar a mi casa, cambiarme e ir después. Incluso podía llevar una botella, aunque dudé si ella tomaría. “Nos vemos ahí, veré qué hago con las tres horas que faltan”, le escribí y, en seguida, contestó que estaba bien, que “trataría de llegar antes, por si quería pasar”. Por un momento, contrasté la amabilidad de Marlene con lo burdo del trato con Ana. Esperaba que le fuera muy bien con su novio, aunque él parecía tener serios problemas para decidirse a formalizar la relación. El hecho era que ya no era mi asunto. El mensaje llegó a las 7:00 p.m., yo aún estaba ayudándoles a los niños con las tareas. Mi mamá estaba haciéndoles un chocolate y unas quesadillas con chorizo. Don Jacinto me había dicho que me llevaba a las 9, como siempre, pero al ver el mensaje de Marco, le dije que si pasaba a las 8:30 p.m. Aún tenía que bañarme y maquillarme. Cuando vi el mensaje, sentí una pequeña palpitación en el sexo. Quería verlo, pero no me quería hacer ilusiones. Don Jacinto dijo que estaba bien. Llegué a mi casa, me preparé, me tenía que quitar el pans, un regaderazo no estaba de más. Me afeité y preparé. Necesitaba ver con cuánto efectivo contaba, tenía $500.00, necesitaba unos $200.00 más, así que tendría que pasar al cajero. No me gustaba pasar en la noche. Llegó otro mensaje de Marlene, “Estaré a las 9:30 p.m. por si quieres pasar antes”, lo leí y debo decir que me halagó. Me serví un mezcal mientras me ponía las botas, busqué en mi cajón y no encontré más que $80.00. Era obligatorio pasar al cajero, aunque pensé enviarle un mensaje preguntándole si me fiaba $100.00. Aunque sería un tanto denigrante empezar así una relación. En Reforma hay unos cajeros, pensaba visitarlos. Pasé a la farmacia y compré unos condones, mejor llevar los míos que los que le daban en el hotel. En un momento, pensé que podría dejarme besar, incluso, si quería podría venirse en mi boca, eso les gusta a los hombres. También les gusta el anal, lo haría si Marco me lo pedía. Me puse a pensar que aún podría tener un hijo de él; sería un hijo inteligente, no como los hijos que tengo. Además, si él quería nos juntaríamos y yo lo complacería en todo, sería una esclava que le daría todo. Trabajaría para él, como trabajé por René antes de que desapareciera. Quería volver a platicar con él, me daba pena que don Jacinto oliera en el aire el aroma de mi humedad. Sólo pensaba en sentir de nuevo su lengua en mis pezones, que devorara mis senos y apretara mis nalgas. Si me lo pedía, por los $650.00, me quedaría toda la noche con él. Lo empezaba a querer, su dureza dentro de mí era algo que no podía olvidar, la forma en que se hinchó su cuello al venirse y ver esa manzana de Adán como si fuera a explotar, hacía que yo me mordiera los labios para no gritar. Sólo puedo decir que el auto parecía no avanzar en la carretera comparado a las ansias que tenía de verlo. “La noche es igual en todas partes”, pensé cuando me subí al camión, había llovido y el piso reflejaba la luz de los fanales. Mientras avanzábamos, una idea me llegó de pronto: “¿Por qué se había mostrado tan solícita en el mensaje?”, la duda se posicionó en mí con una fuerza intolerable. “No te puedes olvidar que Marlene tiene contacto con gente del Estado de México, ¿y si te secuestran? Le diste la hora y lugar dónde estarías. Te pueden trepar a un carro… deja lo de que te asalten, que te quiten el celular y la cartera, o que te paseen vaciando tu cuenta de banco, ¡te pueden secuestrar! ¿Imaginas a tus hermanos y a tus padres tratando de reunir el dinero para pagarles el rescate? Ni siquiera te disculpes, bájate ahora mismo. Te van a levantar. Imagínate, estar en una casa de seguridad, con los ojos vendados y con algunos dedos de la mano amputados”, me puse en pie, apreté el timbre y bajé del camión, en la acera, donde acababa de llover, la luz se reflejaba y, en otra parte de la ciudad, en un filo de la banqueta una mujer de curvas pronunciadas veía hacia la autopista con la esperanza estéril de que alguien llegara de un momento a otro.–

  


Héctor Iván González (Ciudad de México, 1980.) Es escritor, fue becario del FONCA en el género de novela y colabora en medios como “Nexos”, “Este País”, entre otros. Coordinó El Temple deslumbrante. Textos no narrativos de Daniel Sada (Posdata 2015) y es autor del libro de ensayos Menos constante que el viento (Abismos, 2015).

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