En cada una de las fotografías de las que fue protagonista se mostraba altiva, despreocupada, indiferente. Cualquiera diría que era una actriz del cine de oro mexicano. Las facciones de su rostro eran trazos de pulso firme. Solía rezar por las noches, ir a misa por las mañanas, llevar un diario al colegio: prefería el monólogo al diálogo. Iba y venía, caminaba, deambulaba siempre con una tristeza nueva. Soñaba árboles enhiestos en la noche.  La soledad la volvía etérea.

1958 es el año de aparición de su segundo libro de cuentos, Tiene la noche un árbol, acaso el mejor de todos los que escribió, que no fueron tantos. 25 relatos son el corpus de este volumen. El título en sí mismo es una declaración de principios. “Siempre estoy sola como el viejo naranjo que sucumbe en el patio”, comienza con esta frase el diálogo entre la autora y un (posible) lector. Aquí, ya sabemos a qué mundo nos enfrentamos, dónde se desenvolverá el acontecer diario de los personajes que susurran en este libro. Todos ellos hablan entre dientes, al oído, en ellos hay escalofrío subterráneo. La escenografía de las narraciones para ser inamovible, un paneo a un mismo fondo que se repite una y otra vez. Es el efecto que causa una piedra lanzada a un lago quieto, las ondas se suceden una tras otras, idénticas hasta desvanecer.

Entre sombras, pijos, ratas, mujeres y hombres que son más sombras que mujeres y hombres, moribundos, sapos y arañas vive la autora. En esta noche, el árbol tiene una soga de la cual cuelga un suicida acechado por una mujer, quien sólo mira como un asesino que sabe utilizar el (des) amor como un arma. Hay, también, una niña soñando una noche y un árbol.

En la literatura mexicana Tiene la noche un árbol sí tiene paragón. Río subterráneo y Árboles petrificados se hermanan en tema y textura. Anterior a estos, hay que aclararlo, el primero es punto de partida, es hito. Tanto el análisis de personajes como los ambientes son destacados, no podría decirse que es un libro donde algún elemento esté por encima del otro: es un libro redondo. Cuentos a los que poco les sobra, cada personaje está en su sitio.

Seguramente el rostro de la autora, hoy mismo, sigue siendo adusto e impenetrable. Inalterable. Como la obra que escribió en sus años de encierro, de locura contenida, de horas flacas. Horas de sufrimiento, angustia, horas de demolición. La soledad la volvía etérea, de la misma forma que la muerte lo hace. Tiene la noche un árbol es, a mí parecer, una (re) lectura obligada dentro de la historia del cuento fantástico mexicano. No hay de otra. Y justo es recordar que la noche tiene frutos de ámbar.