La tarde volaba con las alas de cigarra hacia el color negro del hospicio. El canto zigzagueante de las chicharras atrapaban a la mujer de la sonrisa amarilla en un embeleso nostálgico. Su cara oculta bajo una caja de cartón la alejaba de la luz de las estrellas. Por las noches, cuando las cosas se despintaban y se hundían entre las olas del olvido, se escuchaba el castañear de sus dientes y a veces el ligero temblor en sus labios cuando intentaba decir aquel nombre. En su silla de ruedas, la mujer de la sonrisa amarilla pasaba la noche entera sintiendo la hierba fresca desaparecer lentamente. Su cuerpo se empequeñecía mientras la reja de carrizos crecía deliberadamente a su alrededor. Al amanecer, cuando los rayos del sol envolvían el crepúsculo en ligeras llamas de azulfuego, el olor a caca y a orines se lograba esparcir por casi toda la cuadra. “Tilín-tilín, tilín, tilín” gritaba la mujer detrás de los carrizos. “Tilín tilín, ¿me escucha alguien?” decía la mujer con la caja de cartón en su cabeza. Ella podía oír los pasos de la gente atravesando la calle con premura, sin voltear a verla. A nadie le importaba. Adentro de su caja de cartón, la mujer masticaba cualquier clase de hierbas que lograba arrancar de la tierra con sus manitas arrugadas. “¡Por piedad, escúchenme!” decía, y en seguida, apretaba sus dientes y empezaba a lamer el cartón hasta ablandarlo y comerlo. Era así cuando las chicharras comenzaban su canto y ella sonreía mientras el sol se consumía como una llama apagada por el agua salada del mar. “¡Blanquita, Blanquita, mira qué hermosa caja he conseguido para ti! ¡Tan perfecta y de color! Si pudieras verla Blanquita, si pudieras.”- Le dijo una mujer de caderas anchas que se le acercó moviéndose con ritmo apabullante. Enseguida le quitó su antiguo rostro y se apresuró a ponerle su cara nueva. La mujer en su silla de ruedas profirió una carcajada que se fue ahogando poco a poco, mezclándose con la humedad de sus lágrimas.
De pronto,
   – ¡Señor de pies ligeros, por favor, venga aquí conmigo! ¡Venga señor, no se vaya!
   – ¡Apestas!- dijo una voz. Hueles a raticida, pero no te preocupes, vendrá la tormenta de agosto y te bañará el cabello y tu blando cuerpo.
   – No. ¡Yo no quiero bañarme, no quiero que me quiten mis olvidos! ¡Que se aleje la lluvia, que se aleje!
Y las gotas de orina fluyeron debajo de sus piernas. Quiso detenerse, pero fue inevitable.
   -Señor, por favor, ¿puede meterme a mi casa? Hace tiempo que no entro por esa puerta. No recuerdo quién me ha dejado aquí, frente a esta verja de carrizos.
    -¡No soy señor, respéteme, vieja loca! Además es imposible atravesar. No puedo ayudarla, señora. Lo siento.
    -Sí, si puedes. Allá abajo, en alguna parte hay un machete. Con él podrás cortar los palos. Yo te esperaré.

La voz rezongaba mientras buscaba, entre el olor a pudredumbre, aquel machete. Al final lo halló y comenzó machetear ferozmente la reja. La mujer en su silla de ruedas sonreía con los dientes podridos. Su cara expresaba satisfacción, una alegría amarilla. La voz muy cerca de su cuerpo, le dijo: “Deme la mano señora.” Pero Blanquita, con la cabeza metida en la caja de cartón, escondió sus manos entre su sexo y comenzó a defecar.
   – Lo siento. Es que estoy emocionada. Tu mano es un corazón palpitante. Nunca antes nadie me lo había mostrado. ¡Es precioso! ¿Quieres venir aquí adentro? ¡Mi caja es perfecta, de color!
   – ¡De verdad hueles terrible! No puedo hacer más, mi madre me espera con un plato de frijoles.

La voz se alejaba con sus pasitos veloces. El ruido de la tierra siendo pisoteada por un cuerpecito joven y ágil. Ya estaba a punto de abandonar aquella olorosa calle, cuando, en un asalto, de manera instintiva, se echó a correr de regreso con la viejita de cabeza de cartón. Se preguntó si dentro de aquella caja había un rostro como el suyo, como el de su madre. Quería mirarla de cerca. Tomó el machete y con toda su fuerza fuerza, cortó otra vez los carrizos que crecían incesantemente hacia arriba. Llegó a ella y la tomó por sorpresa. Le quitó su caja, de regular simetría y de color dorado. Sus ojos blancos y nariz chata, estaban ahí. Los dientes apretados, pálidos comenzaban a caerse. La voz dio un grito que despertó el canto de las chicharras. Las alas de los insectos revoloteaban en la calle y llegaron hasta ellas cubriéndolas de polvo. El cielo nocturno, como un aleteó, pasó. Al amanecer, las calles volvieron a su color natural; los hombres caminaban sin rumbo y las mujeres parían pájaros sin pico, con las alas grises y los ojos rotos. Ahí estaban las dos mujeres calvas, viejas, cubriendo su rostro con una caja de cartón.


Perla Muñoz (Oaxaca de Juárez, 1992). Actualmente forma parte del colectivo Avispero.