Volví a la casa porque quería decirle ciertas cosas a la gorda.

Ella me miró con incredulidad mientras le declaraba mi amor. Más de tres veces el dueño del burdel la había amenazado: si no agarras cliente, te me largas, Lucrecia. Pero nadie asomaba al cuarto de la oronda puta y eso no era culpa suya. Yo le decía que era un asunto de mercadotecnia, que necesitábamos contratar a un buen publicista o que me era urgente conseguir otra chamba, un sustento doble para poderla visitar más de una vez a la semana. Porque la verdad es que una vez cada siete días ya no era suficiente para ninguno de los dos. Ella que tenía que mantener el trabajo de alguna manera, pagar la cuota que el padrote exigía y mantener a sus hijos en la escuela; yo quería verla, a veces sólo eso me bastaba, y ni siquiera hacíamos el amor ni el intento de darnos un beso. Era difícil, con lo pesado que era hacerla mover a la pelandusca de su cama, así que si despertaba del lado izquierdo así se quedaba; y la pobre estaba contra la pared, sin mirar nada placentero del mundo. Si al menos la cara le amanecía del lado correcto, pues se quedaba mirando al pasillo, y podía ver por la puerta abierta si pasaba algún cliente indeciso, al que pudiera atraer con sus encantos.

Así fue como la conocí.

Ella estaba vestida con una prenda roja que le cubría apenas unas partes de su adiposo cuerpo, parecía querer contonearse al borde del catre y yo la miré pensando que era lo más bello que había conocido en mi vida. Tremenda regordeta, me robó el corazón. Hicimos el amor en una de esas noches de leyenda. Nos perdimos el pudor gacho, a la primera. Había tanto sudor que yo resbalaba por sus lonjas como si fueran toboganes directos al placer. Besé cada uno de sus lunares, tan lejanos como islas, y ella hizo lo posible por chuparme la verga mientras el aliento se lo permitía. Era una relación de dar y recibir, todo recíproco, hasta que el dueño del congal asomaba y decía que era hora. Así perdí la primera quincena y luego la siguiente y bueno, estaba tan clavado con la mofletuda piruja que nada podía detenerme. Comencé a faltar al trabajo hasta que ella misma me hizo ver que era lo peor que podía hacer, ¿con qué iba a pagarle? Y claro que tenía razón. Además por aquella calle ya escaseaban los clientes desde aquella balacera, igual que otros lugares de la ciudad, donde la muerte también rondaba.

Una tarde la encontré llorando.

Escuchaba sus canciones de corazones rotos a todo volumen y sollozaba sin parar. La rolliza prostituta del cuarto nueve estaba desolada, totalmente perdida en un par de lágrimas que para mí, a pesar de todo, era una estampa digna del teatro europeo, donde la regordeta cortesana cantaba con su voz de soprano y sus largas trenzas mal hechas me arropaban como a un bebé; y sus tetas, ¡ah, sus tetas!, rebotaban por todo el escenario hasta que el público estallaba eufórico como si estuviera en presencia del mismísimo Farinelli. Sus hijos la habían dejado, me dijo. Y el dueño había salido otra vez con sus pinches amenazas. Además decía que quería ser flaca e irse lejos conmigo. Los dos sabíamos que sin una grúa adecuada no la podría sacar nunca de allí, así que nos abrazábamos buscando el mismo consuelo. Yo la escuchaba decir entre gemidos y un río de mocos: Ay, Roberto, no me vayas a cambiar por otra. Y cómo iba yo a dejarla. Incluso con el tiempo vendí la casa y el coche para pagarme noches con la rechoncha fulana, pero eso no importaba. En el trabajo las cosas iban bien así que los ahorros servirían para irnos a un lugar decente, algún día.

Una tarde la gorda estalló contra mí.

La encontré rodeada de otras damas, que le limpiaban el sudor y le pasaban pañuelos para limpiarse el rostro. Todas me miraban con espanto. Se habían enterado en las noticias de un negocio al que familiares de gente gorda llevaban a sus parientes. Ahí, los gordos, bien alimentados y cuidados, esperaban el día de su muerte. No había escape. Y aquello estaba disfrazado de una clínica a la que los pobres obesos iban creyendo que allí podrían ayudarlos. Ella, la gorda de mi corazón, estaba convencida de que yo iba a llevarla a un lugar así. Pero por Dios, Lucrecia, le dije. ¿Cómo puedes creer eso? Si lo único que yo esperaba era una tarde para hundirme en sus brazos adiposos, para ayudarla a rodar de un lado a otro de la cama, para cobijarme en las lonjas amorosas que me brindaba y de las que nunca quería escapar. Pero nada fue suficiente. Me echaron entre golpes y maldiciones. El padrote puso un arma en mi cabeza y me lanzó a la calle: mira, cabrón, la gorda es mía y de nadie más.

La miré asomarse y sufrir mi partida desde la ventana.

Al poco tiempo supe que el tacaño dueño del lugar había contratado una empresa de mercadotecnia. Muy pronto el lupanar se anunciaba en espectaculares con la imagen de la gorda. Mi gorda. También publicaron pequeños videos en las dichosas redes sociales. La corpulenta puta de mi alma aparecía en todos ellos mirando coqueta a la cámara y chupándose un dedo. Tan sexy. La verdad es que era demasiado para mí. Los clientes desfilaban por montones y la mayoría pasaba por el cuarto número nueve. Yo ansiaba por los días en que la robusta mujer no podía voltearse y amanecía de cara a la ventana, sabía que en el cuarto su pesado y torneado culo apuntaba a la puerta abierta, donde era presa fácil de los nuevos clientes. Del otro lado de la calle, cada viernes, me detenía a tratar de mirarla y a pensar en los sueños que habíamos dejado atrás. A veces ella me miraba de vuelta. Podía jurar que me guiñaba un ojo antes de tener que cerrar las cortinas. Puede ser que todavía sintiera amor por mí, y que sufriera al imaginarme con las torpes y flacas prostitutas a las que ahora procuro, con sus sólidos y escurridizos cuerpos, largos como fideos, que casi nunca alcanzo a atrapar.

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Efraím Blanco. Es egresado del Diplomado en Creación literaria de la Escuela de Escritores “Ricardo Garibay” del Estado de Morelos (ICM/SOGEM). Estudió Letras Hispánicas en el CIDHEM. Sus poemas y cuentos aparecen en diversas antologías. Forma parte del comité editorial de la revista Guardaletras. Es fundador y director de la editorial independiente Lengua de Diablo. Ha publicado los libros de cuentos Esos malditos zombis, ¿Cómo viajan los duendes?, Estos pequeños monstruos y Absurdos; y de poesía El alma de las cosas e Imaginando sueños. En 2012 obtuvo el Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola con el libro Dios en un Volkswagen amarillo.