El poeta, dicen, se encarga de hacer metáforas, de hacer versos. De allí la sensación de que un verso deba presentar una metáfora, o de que una metáfora sea precisamente un verso. Esto trae muchísimas implicaciones, una de ellas es reducir la poesía y su hecho estético a la hechura de una imagen, o atiborrar de imágenes la obra para comprobar que uno es un poeta. Pero, ¿de dónde saca la energía el poeta para hacer metáforas? Los caminos son distintos y depende del temperamento y angustia de cada poeta. Sabemos que la metáfora se nutre del lenguaje, vive en y para el lenguaje. Su existencia está condicionada por su continuo suceder.

Partamos con la idea de que la etimología es la osamenta de la palabra. Osamenta por ese carácter de antiguo, de cosa quieta, reservada a las eras geológicas del lenguaje. Y porque es necesaria para que la palabra se articule, se levante y haga resonar el sistro, la campánula o el pandero de la significación. Es así, que revisar las etimologías representa, más o menos, la tarea del arqueólogo. De esta manera sabremos que la palabra lápiz y la palabra lápida están unidas por lapids, que es piedra: piedra con la que se escribe, en el primer caso, y piedra en la que se inscribe, en el segundo. Escudriñar los restos óseos de las palabras nos hace maravillarnos de la relación entre amígdala y almendra, entre madre y madera, entre tulipán y turbante.

En alguno de tantos ejercicios del tanteo de las palabras uno se encuentra con esto: «’pulsar periódica y rítmicamente (por ejemplo, el corazón o una arteria)’: latir ‘ladrar (un perro) de manera entrecortada’, del latín glattire ‘latir, ladrar’». Estamos frente al descubrimiento poético, de súbito entrevemos la relación entre el corazón y el perro. Saltar de este descubrimiento al hecho estético es estancia reservada sólo para contadísimos poetas. Podemos conmovernos frente a una puesta de sol o sentir el arrebato amoroso, pero pocos podrán llevar esa experiencia al plano de la escritura, de la hechura de un poema. Un poeta primario, al descubrir el súbito de la relación entre un corazón y un perro, entre latir y ladrar, escribiría: «mi corazón da ladridos por ti», o «mi corazón rabioso ya es extraño de mi pecho», etc.

Los grandes poetas saben de estas y demás relaciones. Revisemos un famoso soneto de don Luis de Góngora, escrito en 1594:

DE UN CAMINANTE ENFERMO QUE SE ENAMORÓ DONDE FUÉ HOSPEDADO

 

Descaminado, enfermo, peregrino,

en tenebrosa noche, con pie incierto

la confusión pisando del desierto,

voces en vano dio, pasos sin tino.

Repetido latir, si no vecino,                             5

distinto oyó de can siempre despierto,

y en pastoral albergue mal cubierto

piedad halló, si no halló camino.

Salió el sol, y entre armiños escondida,

soñolienta beldad con dulce saña                    10

salteó al no bien sano pasajero.

Pagará el hospedaje con la vida;

más le valiera errar en la montaña,

que morir de la suerte que yo muero.

 

No añadiré líneas a la copiosa revisión de este poema. Lo que quiero es resaltar los versos quinto y sexto: «Repetido latir, si no vecino, / distinto oyó de can siempre despierto». Góngora, famoso por elevar el español a la dignidad del latín, está utilizando latir como ladrar, mejor dicho latir es el cultismo de ladrar. Uno de los comentadores de la obra de Góngora, García de Salcedo Coronel, al referirse a este poema escribe: «oyó distintamente, aunque apartado, latir sin cesar un perro siempre despierto […] en la noche, que es cuando vela su ganado o casa […] Y mediante haber oído el latir del perro, llegó a un pastoral albergue mal cubierto de paja…». Vesmos cómo García de Salcedo Coronel repite en su comentario el mismo verbo latir.

Entre 1925 y 1935, Pablo Neruda escribe uno de los libros fundamentales de la poesía hispanoamericana: Residencia en la tierra. El surrealismo, el empuje de las vanguardias, la revalorización de poetas antiguos como Góngora y Francisco de Aldana revitalizan el lenguaje, y los poetas, guardianes de él, entregan líneas que se fijan para siempre en la memoria. En su poema “Tango del viudo”, Neruda, después de una enumeración donde el lenguaje se sacude el polvo de las eras, escribe:

                Así como me aflige pensar en el claro día de tus piernas

                recostadas como detenidas y duras aguas solares,

                y la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos,

                y el perro de furia que asilas en el corazón,                                                30

 

El verso treinta es tremendo: hay un gran acierto en el uso del verbo ‘asilar’ para la composición de la imagen; el intercambio entre ‘furia de perro’ que se traspone por ‘perro de furia’ es una buena solución; además la metáfora que ya está implícita en la palabra ‘latir’ vuelve a brillar, a llenarse de gracia. Podemos decir que hay palabras que ya tienen la metáfora pendiente de ser expresada y sólo el gran poeta, el que tiene la lira adecuada la hará resonar desde los remotos sótanos. La osamenta que aparentaba el lodo y la suciedad pasa por el río del tiempo y se lava. Lo antiguo deja de ser antiguo. «Las edades poéticas se unen en una memoria viva. La edad nueva despierta a la antigua. La edad antigua revive en la nueva. La poesía no es nunca tan una como cuando se diversifica» escribió lúcidamente Gaston Bachelard.

 


Lázaro Tello Pedró. Estudió Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Ha publicado ensayo, poesía y entrevista en diversas revistas nacionales. En 2014 mereció el segundo premio de la edición 45 de Punto de partida en la categoría de ensayo con su trabajo “Insectario de retórica, Teoría poética de los insectos”. Actualmente es editor invitado de la revista Palabrijes y becario de investigación para el Colegio de México.