El viejo

De noche el viejo de arrugas prolongadas sueña que ha vivido, recorre con nostalgia la vida que anida en los surcos de su piel podrida. Sueña con mar, pieles tersas y universos encontrados en los ojos de María.

No puede despertar, parece innoble decirle que la vida que sueña es esta que le escribo.

 

 

El escrutador

Son las 8:25: ha culminado el tiempo límite y los lentes grandes, nariz puntiaguda y sillón del escrutador esperan paciente a que llegue el mensaje. Una tarde tibia, café a la mano y un cigarrillo. Todo va bien y llega a tiempo el mensaje.

Él lo mira de arriba a abajo, lo escruta, escarba y menea. Mira hacia arriba y a hacia abajo, se sienta, levanta y lee. Camina un paso o dos, consternado, mientras deja la hoja detrás: ya no la necesita, ha leído el mensaje: “No eres más que el personaje de este cuento: te llamas el escrutador”

 

 

Mujer pájaro

I

Hoy recuerdo pesadamente bien la vez que vi a una mujer de cabellos rojo obstinado, de ese rojo que resulta vulgar de tan intenso. Daba pena ver que su cabeza parecía un gran nido de golondrinas abandonado por el tiempo. Y es que no se puede forzar tanto el color del cabello a menos que quieras que éste reclame contra ti una autonomía de subterráneo, y que se expanda en direcciones que, lo juro, bien se parecen a los nidos de aves, o a escobas ya viejas de tanto uso.

Esta mujer hizo caso omiso de las oscuras y subterráneas leyes capilares, y un gran nido rojo vino a posarse sobre su cabeza. Era un nido triste aquel que soportaba esa mujer de no menos de 65 años y que tenía parada justo frente a mí.

Hablaba como pajarraca a las personas que tenía enfrente, y que la veían unas veces con miedo, otras con evidente extrañeza, pues entre ellas (una niña y una mujer de cerca de 40 años) se lanzaban miradas de soslayo mientras fruncían el ceño.

 A la mujer parecía no importarle y abría la boca roja y destartalada lo más que podía para exhibir una sonrisa que no podía venir sino de una profunda y desesperada soledad. La exponía como un tesoro falso, valiosa a costa de ensayarla todos los días. Así me pareció al notar que la otra mujer no sonreía a su vez y en cambio a apenas trazaba una mueca floja. La señora pajarraca la obviaba y seguía hablando, ahí parada con sus pantalones entalladísimos llenos de flores melancólicas.

El trasero le colgaba de los pantalones floreados de un modo que daba pena, igual que todo el cuero de su cuerpo. Pero a ella no le importaba, ella sostenía su nido rojo intenso sobre su cabeza, su sonrisa destartalada de dientes amarillos, y su maquillaje puesto por una mano inmensamente triste y resentida, con un orgullo que valía la pena ver.

Yo no puse presión para que la señora dejara de hablar y por fin pudieran atenderme en la tienda. Al contrario, trataba de hacerme invisible para seguir viendo morbosamente, si quieren, a aquella mujer venida de no sé cuál oscuro sueño.

Al final fue la que atendía la tienda quien se cansó de escuchar a la pajarraca y me volteó a ver. La pajarraca se dio cuenta con aquel gesto, de que había alguien haciendo fila. Así que se volteó, me miró de reojo, pagó su cuenta y salió de la tienda. Yo pagué apresuradamente la mía también y sin pensarlo demasiado, me lancé a seguirla.

La mujer pajarraco caminaba como garza rota de algún lado que no pude precisar con certeza, pues caminaba lento unas veces, otras de repente apresuraba el paso como si hubiera recordado alguna urgencia, pero luego otra vez despacio, como si ya no importara. Así también su cuerpo, que cada tres zancadas -sus piernas eran largas y flacas- se erguía y se encogía. Observándola así de lejos, lo que me estremecía de aquella mujer en ese andar extraño, era que parecía que algo dentro de ella se movía, como si en el interior de su cuerpo  habitara todo un ejército de aves de rapiña en tremenda guerra contra lo que quedaba de su cuerpo.

La seguí atentamente por toda la calle, aunque, ahora que lo pienso, no sé por qué la seguí con tanta urgencia y curiosidad aquella vez; sin embargo, al terminar la calle dio vuelta en la esquina, y al darla yo también, la mujer desapareció.

No pude encontrarla, no había casas al doblar esa esquina. Era como si se la hubiera tragado la tierra o como si los pájaros habitantes de aquel nido humano hubieran venido a recogerla y ponerla de nuevo sobre el árbol al que pertenecía. Una locura, lo sé, pero aún así miré al cielo esperando ver a los pájaros furiosos llevándose a la mujer. Pero nada. Nada en el cielo, nada en la tierra. La mujer simplemente desapareció.

Tal vez quien la estaba soñando despertó de repente, o, sin aviso alguno, los pájaros habitantes de su cuerpo ganaron la guerra que parecía fraguarse en su interior, pensé mientras caminaba a mi casa. Me reí pues tenía gracia pensar aquello.

 

II

Pasaron los días, los meses, los años y no volví a ver a la mujer que desapareció en aquella esquina. Pero hoy la recuerdo muy bien, pesadamente bien.

Pues, como les digo, los días, los meses, los años pasaron, las soledades se me acurrucaron en la cabeza que ahora me parece un gran nido verde. No lo había pensado hasta que aquella muchacha me siguió después de salir del banco. Bien que vi que me veía con rostro inundado de extrañeza como toda la gente, pero también de curiosidad.

Creo que debí voltear a verla de frente, decirle que qué me veía, asustarla, estremecerla hasta que se fuera y no esperar maliciosamente a que sus pasos traspasaran aquella esquina en la que no me volvería a ver, pero yo a ella sí, con otro cuerpo, en unos 50 años.

 


Liliana Ruiz Gómez (Tepic, Nayarit, 1988). Egresada de la Licenciatura en Filosofía y Ciencias Sociales en Iteso. Ha participado en diversos talleres, festivales y encuentros de literatura como el “3er Encuentro de Narrativa región Centro-Occidente” (Zacatecas). Ha sido becaria de la primera generación Interfaz (Guanajuato, 2014)  Ha publicado en revistas electrónicas como “Penumbria”, “Químicamente  Impuro”; además de una plaquette de cuentos editada por parte del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Nayarit. Es parte del grupo editorial de la revista “Herética” (Nayarit).

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