para Daniela

 

Fueron treinta y tres casquillos percutidos los de ese día; la magia supone la resistencia de lo real a lo imaginado, no hubo tal cosa, los treinta y tres casquillos lo atravesaron, en el otro extremo, el conocimiento científico no concebía tal hazaña, la primera y única indagación sobre el hecho arrojó un indicativo de malicia. A las seis de la mañana solía levantarse, acomodar la valija, tender la cama, limpiar las botas y su ritual favorito, poner la corbata, la primera medida con la palma de la mano, primera vuelta, en nudo Windsor, jamás gozó de otras excentricidades, su padre le enseñó la formalidad de aquella hechura, algo sencillo que no llamara la atención, el doble nudo le parecía excesivo; contaba con una colección cercana a las ochocientas corbatas, prefería no contarlas, le gustaba que fueran muchas, entre ellas había algunos diseños bastante ostensibles, cornucopias, flores impresionistas, arquitecturas de condiciones diversas, a doble raya de colores eclécticos, pero, dentro de aquella madeja había una bastante singular, confeccionada por la famosa tienda Leonard, en Paris, con un diseño poco común, dado el número de piezas curtidas, seda en forro y exteriores, mitad azul, mitad beige, soles garbosos desde la solapa delgada y hasta el medio, donde se abría el estampado del interior de una cúpula que delimitaba en la parte baja con unas flores de cerezo.

 

Había una razón por la que esta corbata era su preferida. Desde joven comenzó su carrera en la Secretaría de Seguridad Interna, no tuvo que sufrir los embates de las luchas por los puestos, su padre lo había recomendado muy bien, y al poco tiempo logró convertirse en el comandante de las fuerzas especiales, el término especiales provocaba en él un halo de magnanimidad, aunque para el caso, esta expresión era de uso indiscriminado en la Secretaría. El día que lo nombraron comandante, llamaron a su casa y sin ceremonias le informaron la buena nueva, ese día pensó por una hora el orden de su vestimenta; no podía hallar una interposición casual, debía provocarla, esta declaración lo llevó de súbito al mundo real, donde ya tenía puesta la camisa y abjurando todo cometido ante el asombro cotidiano, eligió en segundo plano su corbata, esa, la de azules, cúpulas y soles, a partir de entonces todos los lunes y en días feriados la ocupaba.

 

Fue en esa época que comenzó a circular la fama de Fidencio Sintora, un curandero de Espinazo, Nuevo León, al que acudían personalidades de toda naturaleza, políticos, actores, cantantes, futbolistas e inclusive presidentes de la República, algunos caídos en desgracia, otros tratando de permanecer en la cúspide. Ahí llegó el joven comandante, prepotente, álgido, no le gustaba esperar, pero tuvo que hacerlo, gente de una estirpe más prominente también esperaba, ese y otros lujos se daba Fidencio, de quien se decía, contaba con un zoológico particular, varias casas, cada una con su concubina y por supuesto una colección de autos clásicos; finalmente, tocó el turno a nuestro comandante, antes que nada, mostró el debido respeto arrojando varios billetes al canasto del diezmo voluntario, diezmo que no debía ser menor a unos miles, según el corazón y la necesidad del solicitante, ahí pidió un solo milagro, ser ungido como Aquiles, Fidencio solicitó al joven alguna prenda que se convirtiera en su amuleto, así entregó la corbata al juego de los talismanes y el destino.  En las cosmogonías del bajío mexicano, los rituales de protección consisten en diversas florituras que van desde los baños de purificación, hasta los ramazos de hierba santa, sin embargo, por el momento no es necesario explicar todos ellos, lo que sí pondera en nuestro interés, es mencionar que todo se reduce a la supremacía de quien recibe las bondades del rito y es así como, hacia 1986 comenzó en aquel pueblo de Nuevo León, la certidumbre casi intolerable de que los símbolos podían construir el azar.

La influencia que aquel pacto con el hado provocaba en el comandante, lo hacía participar de circunstancias curiosas, ya que como se sabe, existen condiciones que uno debe seguir cuando se incursiona en la heterodoxia católica, él trataba de cumplirlas lo mejor que podía, a veces las mandas y los rezos se le hacían excesivos, pero era su hábito el de un hombre resignado. Apenas un par de años después consiguió un mejor puesto, también en las fuerzas especiales, sin embargo, conservó el mote de comandante, su trabajo, ahora sabemos, se limitaba al reconocimiento de zonas geográficas donde grupos criminales poseían puntos de operación. Pasados otros dos años más, ya había resuelto varios de sus problemas económicos, comprado casa, carros y alguna propiedad para la amante, aún recuerdo la impresión incómoda que este hecho representó para la esposa aquel día en la funeraria.

Pero reconstruyamos los hechos de ese 14 de febrero de 1991; la camisa, el nudo Windsor, las 06:30, un traje azul marino liso, la corbata de soles y esa operación minuciosa por arreglar la valija, se detuvo unos minutos en su habitación para ver el reloj, eran las 06:48, pensó que se le hacía tarde, y era tarde, tomó un pequeño refrigerio, una manzana y un poco de leche, olvidaba su credencial del trabajo, volvió por ella al cuarto, bajó corriendo la escalera, tropezó con una lámpara, abrió el auto. Es importante y vale la pena entender un suceso en todo este marasmo. La noche anterior se había comunicado con él un amigo de la infancia, Javier Romero, algunos años más tarde su hermano revelaría que este hecho tomó gran relevancia durante las investigaciones; Javier solo se limitó a decir una cosa, le pidió al comandante que no usara su corbata al día siguiente.

Pese a la advertencia, aquella mañana en la colonia San Juan de Aragón, se percibía como cualquier otra, salvo por la camioneta gris plata en la acera contigua a la casa del comandante, el espectador de ese día debió haber figurado el sueño de Julio César. Yo me he mostrado muy recatado al contar esta historia, puesto que en un inicio no supe más que atribuir a la estupidez o la ignorancia el resultado de esta anécdota, sin embargo, ahora me encuentro confiado al decir que no todo ocurre por causualidad. Lo cierto es que cuando el comandante finalmente salió, la camioneta que lo esperaba soltó las ráfagas que habrían de encontrarlo con su destino. A fin de explicar algo que no está del todo claro, diré que toda superstición quedó abandonada cuando los treinta y tres tiros fulminaron la existencia de aquel hombre y he aquí el laberinto del que uno no puede escapar, de aquellos treinta y tres disparos, ninguno tocó la corbata.  

 


 Daniel Irineo (1986, Ciudad de México). Licenciado en Derecho y estudiante de Lengua y Literaturas Hispánicas. Ha participado en las antologías literarias: Pliego de Astillas (CONACULTA-INBA), Niños que se tragan la luna (Editorial El Cálamo) y Poesía ante la incertidumbre (Editorial Río Negro), además de diversas publicaciones en revistas culturales de México y Suramérica.