El día que la alacrana picó a la bebé ella encendió la televisión de la cocina y sirvió agua en la tetera.

En la pantalla se transmitía una tragedia bíblica, un desastre en una ciudad que no conocía huracanes ni tornados. Ella colocó la tetera en la estufa y buscó la tapa en el cajón de los sartenes. En la tele había hileras de casas cubiertas por el agua y otras más que se llevaba el río. La televisión sentenció:

—Es el calentamiento global, los CFCs, cuestión que nos hace responsables…

“A las aguas no les interesa el calentamiento global ni los CFCs ‘Cualquier Fucking Cosa’ que sean”, pensó y sonrió al dar significado al acrónimo.

Abrió el anaquel para sacar la taza roja, su favorita y le puso una bolsita de té de camomila. Por alguna razón recordó un reportaje que leyó en la sala del dentista y que decía que los gases de una vaca emiten más bióxido de carbono que un automóvil encendido.

“Un científico afirma, con los pedos de la vaca en la mano, que cien reses contaminan más el aire que un embotellamiento”, pensó y se echó a reír.

—Según este informe —dijo en la tele una chica rubia y de seguro vegetariana—, los nuevos virus porcinos y avícolas son generados por culpa nuestra…

“¡Válgame el señor! ¡Creamos virus nuevos!”, pensó y miró su muñeca sujetar la taza. Tenía tres o cuatro diminutos bichitos que aplastó de inmediato y que luego se enjuagó en el fregadero como si fueran mugre.

—En el zoológico los únicos animales muertos durante la inundación fueron los peces. Los otros subieron a las zonas altas —dijo la TV y ella sonrió por la ironía. En la pantalla había imágenes de la inundación que sin culpa alguna acarreaba autos, casas, personas y también árboles y hasta rocas.

—La naturaleza se defiende, responde al ser humano… —dijo alguien en la tele.

“No somos tan importantes. Para la naturaleza es igual un pez que una persona”, pensó con la tapa de la tetera en la mano. “La naturaleza destruye sin distinción. La naturaleza no se defiende, la naturaleza sólo es. Pregunten a los dinos”. Ella acercó el bote de miel y encendió la estufa.

Escuchó entonces el grito de la nena. Corrió por las escaleras y la encontró llorando sin tregua en la cuna colgante al centro de la habitación. Metió ambas manos debajo de la cobija rosa y la levantó.

* * *

La alacrana estaba inmóvil sobre el colchón blanco, junto a la almohada de funda de encaje rosa. Era del tamaño de un dedo y de color negro, parecía tener manchas y ser de plástico. Frunció el ceño, pues le pareció que las manchas del bicho se movían. Se dio cuenta de que encima de ella circulaban críos, unos dorados y otros transparentes. Buscó en el suelo un zapato, pero solo había muñecos de peluche y el chupón de la niña. Revisó a la bebé y le sintió la parte trasera del muslo caliente. Vio el punto negro donde la había picado, parecía la raíz de un pelo con aureola rojiza, un milimétrico epicentro desde el cual las arterias de la pierna se extendían moradas como delgadas ramitas secas.

Bajó con la niña en brazos, apagó la estufa y subieron al auto. No supo sí irse al hospital o a la farmacia, quizá solo era cosa de comprar un antihistamínico que evitara un choque anafiláctico. Arrancó de prisa y la niña no dejó de llorar en su sillita desde el asiento trasero. Intempestiva, se detuvo frente a la primera farmacia que vio. Bajó y no supo sí traerse a la niña. Subió de nuevo al coche y fue directo al hospital, sí el antídoto era necesario se lo inyectarían allá. Aceleró hacia donde dos semanas atrás dio a luz, en el trayecto no dejaba de repetir:

—Mi chiquita, mi nena, mi muñequita, hermosa, mi bebé, vas a estar bien, bonita, mira ya vamos, mira ya llegamos, princesa, preciosa…

Detuvo el auto en la entrada de emergencias y bajó con la nena. Una enfermera vestida de blanco le recibió a la bebé, pero insistió en que no podría dejar el auto en la bahía de urgencias. A pesar de la circunstancia, le pareció que la enfermera tenía razón y fue a estacionarse. Solo encontró lugares disponibles hasta la quinta sección, así que corrió de vuelta a la sala de urgencias. Jalaba aire por la boca, le dolió debajo de las costillas derechas y se ahogaba. A la distancia vio que en la calle la esperaba un médico de bata blanca con su nena llorando en brazos.

—Señora, no tenemos suero, tiene que llevársela a…

Muda, le arrancó a su hija de las manos y corrió de vuelta al coche, estuvo a punto de caerse en tres ocasiones y en una de ellas, quizá en la segunda, abandonó las zapatillas. En el auto acomodó a la nena en su sillita y sintió con los dedos sus mejillas coloradas que hervían como tamales en la olla.

“El hospital público… ahí sí tienen suero”, pensó y arrancó el auto. Durante el viaje la bebé dejó de llorar, pero ella no paró de consolarla.

—Ya, ya mi chiquita, mi nena, mi muñequita, hermosa, mi bebé, vas a estar bien, bonita, mira ya vamos, mira ya llegamos, princesa, preciosa…

Al llegar, ella prefirió no detenerse en emergencias y fue a estacionarse. Corrió con la bebé en brazos. Cuando salió del estacionamiento y vio el edificio del hospital tan lejos, se arrepintió de no haberse detenido en urgencias para bajarla. Corrió más rápido.

En emergencias la enfermera que registró a la niña le dijo que sí había suero y de inmediato fue a sacar a un pediatra de un consultorio. El médico le descubrió la pierna a la nena. Sorprendidos, el médico, la enfermera y ella vieron que la mancha no era ya roja sino púrpura y que las venas que antes se veían como tenues líneas moradas, ahora eran ramas vivas y gruesas que extendían una negritud purpúrea hasta la espalda y llegaban hinchadas al vientre, hasta al ombligo de dónde todavía colgaba un pedacito del cordón umbilical recién cortado. La nena ya no tenía la cara ardiente ni colorada, estaba pálida, más cercana al amarillo que al blanco y en sus ojos medio abiertos no se veían pupilas.

—Salga señora. Voy a ponerle el antídoto —dijo el médico.

—¿Está muy mal?

Sin estar convencida ella fue a la sala de espera. Al dejarse caer en la silla sintió el celular en la bolsa trasera de los jeans. Marcó a su marido:

—Un alacrán picó a la niña. No, no. Fue en casa, ¡en su cuna! No, dónde nació no tenían antídoto. Me hicieron. En fin, estoy en el hospital público. Sí. Mal. ¡Ya, ven ya! —dijo y colgó.

* * *

Hace dos semanas la nena salió de su cuerpo y se la pusieron en los brazos. De inmediato, se pegó a su pezón y comió, nunca imaginó que eso era el amor: que alguien se alimente de tu seno.

La travesía para lograr ser padres fue un suplicio. Siete años de tratamientos de fertilización la destrozaron, pero cuando su marido se rendía al verla tan fatigada por lo agresivo del método para derrotar a su innata inhabilidad reproductiva ella contestaba:

—No. Todavía podemos intentarlo. —Ella siempre lo miraba a los ojos—. Una vez más, solo una vez más. Sé que podemos.

Para el tercer año y sexto intento ella se embarazó, pero un inusitado legrado arribó en el primer trimestre a terminar con su esperanza. Contra todo pronóstico y contra la voluntad de su marido ella insistió en volver a intentarlo. Finalmente, después de gastar más dinero del que tenían y aguantar más dolor de lo que imaginaba podría causar el procedimiento de fertilización, la inseminación artificial pegó al séptimo año en quién sabe qué número de intento. Los dos pensaron y acordaron, sin platicarlo, no preguntar por el sexo del bebé, quizá porque así evitaban poner género a su dolor. Ella siguió a pie juntillas las instrucciones de los médicos y las cosas salieron a pedir de boca. La bebé nació de parto natural y pesó 2,442 gramos.

Hace quince días regalaban chocolates a amigos y familia, quienes en reciprocidad traían flores y ropa y pañales y juguetes. Fue el mejor día de su vida, acostada en la cama del hospital su cuerpo servía de lecho para la nena y las dos dormían rodeadas por flores de colores. Dos días después del idílico reposo ella hizo su maleta para volver a casa y salió con la bebé envuelta en brazos y con el nuevo vicio de besuquear aquellas mejillas regordetas y esa nariz chiquita.

* * *

Su marido la abrazó al llegar. Ella se recargó en su pecho y se apretó contra él sin hablar. Al soltarse vieron al médico silente de pie a su lado, parecía llevar tiempo ahi sin querer interrumpir.

—¿Es la mamá?

—Sí —contestó su esposo y no ella.

—¿Y usted el padre?

—Sí —dijo su marido y afirmó con la cabeza.

—No, por favor, no… —imploró ella juntando las manos en su pecho al ver que el médico no terminaba de decir nada más.

—Lo lamento, señores… En verdad lo lamento.

La pesadilla ya había terminado y de ahí en adelante todo fue como un sueño. Firmó todo lo que le pasaba su esposo, perdió su celular y no encontró las llaves del coche. No se dio cuenta que iba descalza hasta en la funeraria, cuando una amiga de la universidad le preguntó si no tenía frío en los pies pues tenía los dedos morados. Alguien le dio unos calcetines y alguien más unas sandalias. Durante el velorio ella se sentó en un sofá negro de piel y no habló, no quiso hablar, no quería explicar a la peregrinación que se sentaba a su lado lo sucedido. Solo abrió la boca para beber agua y para escupir flemas que por alguna razón le emergían constantes desde la boca del estómago como olas ininterrumpidas.

Lo abrazó, pero no lloró en el hombro de su marido. Mantuvo los ojos vidriosos todo el tiempo y no los cerró. Cuando quedó sola, con los ojos abiertos y perdidos en el horizonte de la absurda sala que en el centro tenía un diminuto y grosero féretro de madera marrón oscura rodeado por largas flores blancas, pensó en su hija y su pequeñas nariz y sus mejillas gordas y sus labios pequeños y se le salieron tres sollozos. Había arreglos florales de todos los tipos distribuidos por el suelo y un par de horribles cirios rosados que siempre estuvieron encendidos para iluminar, al fondo del salón, el nombre de la niña escrito con letras doradas en un listón morado de una corona floral que alguien envió con mucho cariño, pero más pena.

“Colgamos de un hilo”, se dijo a sí misma y le llegó a la mente la imagen de los deditos de los pies. “Es absurdo vivir dos semanas. Comer, mear, cagar para luego sufrir y morir en menos de lo que está listo un té de manzanilla. O quizá, ¿tuvo mi nena una vida ideal?” Las imágenes de la alacrana y sus crías circulándole por el cuerpo de arriba a abajo sacaron de su cabeza la imagen de su hija. “¿Sientes amor por tus crías? ¿Prefieres a los dorados? ¿Te los comes? ¿Por qué me la picaste? ¿Tiene sentido tu vida ? ¿Sabes que me la mataste?”, mientras pensaba recorría su cabeza de adelante para atrás con los diez dedos de las manos. “No, ni siquiera lo sabes. Elegiste matar por matar.”

* * *

—Habla por favor, dime algo. Me preocupas —dijo su marido al llegar a casa.

—No te preocupes.

—Voy a bañarme.

Él subió y ella se metió a la cocina. En la mesa estaba la taza roja con la bolsita de te de manzanilla y en la estufa la tetera con el agua. Contempló la escena estática del té que no tomó, escurrió el agua de la tetera y la rellenó. El sonido del agua de la llave le recordó la inundación que vio en la televisión y que causó muerte y destrucción. Recordó también los pedos de las vacas, los dinosaurios, los virus mutantes, los comentarios estúpidos. Encendió la estufa y colocó la tetera metálica en el quemador.

Abrió un cajón y sacó un cuchillo jamonero, grande, largo, recién afilado y forjado para rebanar carne gruesa en rebanadas delgaditas. Con el dedo índice de la mano izquierda recorrió el cuchillo desde la punta hasta el mango de plástico negro. Se detuvo, lo contempló y lo botó en el cajón. Tomó otro cuchillo más corto, pero con dientes y mango de madera. Era para cortar carne maciza. Se puso los dientes del cuchillo en la palma de la mano y la cerró, presionó con todas sus fuerzas el cuchillo y los dientes le quedaron marcados. Contempló por un instante el recto rastro inocuo del cuchillo en la palma de su mano sin sangre y lo arrojó de vuelta al cajón. Notó en la esquina del cajón otro cuchillo pequeño con mango de metal y hoja curva, uno de esos para rebanar quesos. Al cogerlo se rebanó el dedo índice y le brotó sangre.

Mientras subía las escaleras la yema de su dedo goteaba más de lo esperado. Al llegar al pasillo escuchó el ruido de la ducha que tomaba su esposo. Apretó el mango metálico con tres dedos y notó que gracias a lo pegajosa de su sangre sostenía mejor el cuchillo. Se sintió confiada y fuerte. Hasta un poquito feliz.

* * *

Cruzó el umbral de la puerta y contempló la cuna colgante que tanto les había gustado. En tres pasos se colocó junto a ella. Con cautela levantó la cobija rosada y la inundó un olor a leche. Cerró los ojos y la memoria la traicionó al hacerle escuchar el llanto de la recién nacida.

—No, no es cierto. —Levantó la cobija rosa y la arrojó a la esquina del cuarto. Clavó los ojos en la almohada con encaje en el borde y la levantó de súbito con la mano izquierda.

—Hija de puta —dijo.

“Solas, ahora sí”, pensó.

Esta vez la alacrana no tenía a nadie recorriéndole el cuerpo reluciente de tan negro, pero no se inmutó al tenerla frente a frente en posición de ataque con cuchillo en mano y al contrario, envalentonada, abrió sus brazos y elevó ambas pinzas para abrir y cerrar dos veces en un segundo.

—Clac-clac —dijo y curveó la cola hacia adelante.

Ella dirigió el aguijón hacia arriba y lo apuntó a su cara, justo en medio de los ojos. En la cocina, ignorando el duelo, el agua hirviente hizo silbar a la tetera.

 


Andrés Torres Scott. Escritor chilango. Ganador del Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano 2013-2014 de la UAEMex por “Un artista de la tortura” y del Premio Internacional de Novela Breve Rosario Castellanos 2007 con “Y tú, ¿qué vas a hacer con tu millón?” Ha publicado en las revistas  LetrA-Z de argentina, Literatosis! de Uruguay y la mexicana Letras  Explícitas. Sus textos han aparecido en publicaciones de Estados Unidos, México, España y Canadá.

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