Nada valdrá lo mismo la mañana siguiente. Dormí en el corazón de un fusil, esperando que la empuñadura de alguien más detonase su fuerza. Sentí noche ese coágulo helado en cada poro. Escuché extranjero las voces a mi alrededor. Siempre después, algo o alguien tradujo aquel hermoso idioma; desperdigando las entrañas de su poema por la superficie entera.

Mis pies perplejos, formaron raíces a través del concreto. Presioné las venas con firmeza. Bajo mi cabello obscuro, una ebullición buscaba la salida inmediata. Ahora me siento hipersensible a las palabras, como quien ha tenido incansables orgasmos sobre su pensamiento favorito. Nunca será suficiente, es verdad.

El domingo 17 de febrero, primer día del festival, los poetas emergieron de diversas partes del mundo e hicieron su sorprendente entrada triunfal. Un conjunto selecto de espuelas intravenosas para los sentidos.

Durante aquel tiempo Plaza de la Independencia permaneció repleta de oyentes de todo tipo. Turistas, escritores, vagabundos, académicos, televisoras, pintores y vende-aguas prestaron atención a la magnitud de aquel dichoso proceso. Combustión única en su tipo.

Colarme, o codearme entre los grandes poetas de la Tierra. “Bienvenidos sean…” Decían los carteles colgados sobre el muelle. Y bien venido me siento en esta tierra de flores magnéticas.

Nada vale lo mismo la mañana siguiente. Hoy para mí, el precio del ayer no puede equilibrarse sobre mis diminutas manos. Mis diminutas manos que se aferran a la libreta azul en la que escribo. Erupción, el papel y yo.

Me dijo  Willem Thies,: “¿Y qué haremos todos cuando este delicioso sueño termine?”, “seguir hediendo a cerote como siempre”, contestó el boliviano Humberto Quino, mientras reía de diente a diente degustando la comida. Yo todavía no sé qué pienso. Denme tiempo. Quizás lo pensaré demasiado, más tiempo del necesario, hasta poder soñar de nuevo con algo de igual dimensión que la de ayer. Tengo el gran consuelo de esperar el año que viene, y con él, un nuevo festival.

poesia es el cantico

Deshacer el músculo. Acompañamientos musicales reanimaban la caravana. Cruzar las calles de Granada en el Carnaval del entierro más feliz del mundo, escuchando en cada esquina una voz distinta recitar en su natal idioma. Poesía viva, ánima y cántico del cosmos. Atravesar los mares, las montañas; en la voz viva de Zurita. Atravesar la atmósfera en una melodía ajena y lejana y pensar en que siempre nos conocimos, como quien reconoce a sus mejores amigos en cuerpos también ajenos a los suyos. Atravesar sentado las lecturas.

amaya

Me siento ligero, algo me aleja de aquel punto denso ¿Será mi boleto de avión? No lo creo. No me voy. Existe un mayor anclaje, puedo sentirlo. La hermandad de fuego (Como dijo en alto Carla Pravisani), la hermandad de fuego que uno recrea al reír con extraños. Es la inmensa bondad de irse sin ser extraños. Me voy viviendo cada segundo como si fuese un año, como si fuese la braza de un castillo que se incendia día a día en el feudal capitán del tiempo. Porque como me dijo aquella noche Francisco Leal bajo el atrio de la iglesia: “A mí sí me dieran un lamborginni, en un lamborginni me estaría paseando por las calles”. Pero Francisco; nos dieron ron y palabras, y en ellos viajamos todas las noches a gran velocidad. Sé que lo sabes.

Dejo mi pecho de isla izada, donde podrán encontrarme sin ser desconocidos peregrinos. Noches cósmicas que dejan mi fantasma en Plaza de la Independencia, Plaza de los Leones, Atrio de la Iglesia San Francisco… Gracias Enrique Delgadillo, Mario Martz y Carlos M. Castro (Nicaragua), por la impenetrable estancia detrás del tiempo. Magdiel Midence (Honduras), gracias por los largos y lúcidos sueños Duermevela. Gracias Edenilson Rivera (San Salvador) por tu corazón de viento.

Aaron Reyes