Una tarde de marzo ensoñé

que debía escribir un poema

sin afectaciones de estilo,

capaz de reflejar mis pensamientos

ilusiones y certezas,

y no sólo ser un juego retórico.

Hablarle a los individuos

de un modo llano

para ser más una experiencia

que sólo un incidente.

Y me puse a escribir.

Escribía líneas que luego borraba

porque me resultaban flácidas,

carentes de fuerza antes

de la segunda lectura,

objetos que más que entregarse

al lector, lo apresaban,

le impedían moverse del asiento

con la expectativa de un hallazgo

y sólo quedaban

                      los restos del naufragio.

 

 

Se me reveló que debía escribir

el poema con el objetivo

de lograr que otros poetas,

se viesen reflejados en la vivencia

de enfrentarse a la materia del lenguaje

para deletrear una experiencia

remota, inasible y poco genuina.

Los ocasionales escuchas quedarían

en vilo o se distraerían con facilidad

porque no es fácil lograr que un poema

aniquile las preocupaciones,

el estrés, el impulso sexual o el ánimo

de beber con un desconocido.

La mente es un hervidero

de sensaciones que se cruzan unas con otras,

de modo errático,

y la magia de la poesía no siempre

es eficaz para atenuar la ansiedad,

la rabia, la fanatismo o el malestar

que provoca

                      la indigencia.

 

 

Ganar el aplauso de los escuchas

se me presentó como un reto mayor,

más allá incluso del poema mismo.

Imaginaba sus rostros de satisfacción,

las sonrisas, tenues, aunque sonrisas,

dibujadas por la mano delicada

de una línea que les recuerda la noche,

los rayos del sol y la inminencia del amor.

Pese a todo ese no era yo.

A ratos pensaba si la tarea del poeta

debía o no ser disfuncional,

abrir un boquete donde todos

celebran la tersura y la aparente

ausencia de una forma unida.

Medité si extrañaría los rostros secos

de expresión, enjutos por la perplejidad

ante lo dicho y deseosos de levantarse

de un asiento que no les pertenece.

Esto pensaba entonces y rompía las hojas

con la ilusión de olvidarme

                         del asunto.

 

 

Supe que debía alejarme

de los distractores, que abundan,

para concentrarme

en una forma de objeto en cascada,

capaz de expresar mi apego por la vida

en lugar del placer mórbido

de visitar los cementerios,

lugar del que nadie escapará nunca.

Ese poema sabría caminar por sí mismo,

en círculos y en línea recta

con lo cual se distanciaría

de las muletas, el tráfico vehicular

y las bicicletas piloteadas

por oficiantes de la tragedia.

Ya había sido inquieto

durante la infancia y ahora

me quedaba el consuelo

de los sillones que obligan

a la permanencia y a la inmovilidad:

con un sólo centro

                         en el mundo.

 

 

Dentro del poema estarían

todos los animales que imagino

le gustarían a Luca, felices,

en el anhelo compartido de generar

sonrisas en los más pequeños.

También podría hallarse

a los más feroces del reino animal,

que darían protección a los más

débiles en lugar de amenazarlos

con la violencia que les es propia.

El oso y el avestruz observarían

al horizonte con la curiosidad

de quien lo descubre de inicio.

Los peces amarillos nadarían con

los rojos y los azules con los verdes,

que andarían más sueltos que

el resto porque ese es el color

de aquella libertad que ya no es

posible hallar más que en los relatos

de la Biblia o de los

                        primeros tiempos.