En Bibliópolas, antología de cuentos sobre librerías publicada en 2016, uno de los relatos narra las andanzas de un solitario librero que, entre otras cosas, asiste al sepelio de un editor famoso; la edición es de la UAM-Cuajimalpa y el autor del cuento es Max Ramos, librero de trayectoria, propietario de varias librerías repartidas en colonias céntricas de la Ciudad de México. Si uno lee “Señor Noche”, el cuento de Ramos, conocedor tanto del oficio como de los oficiantes, no se sorprendería demasiado con lo que acaba de suceder en torno a la librería A través del espejo de la colonia Roma, a cuya encargada se le ocurrió ofrecer un remate de libros viejos en vista de los daños provocados por el sismo en su librería. Si esperaba el aplauso unánime del respetable por tan noble iniciativa, lo cierto es que las cosas no fueron tan fáciles; hubo largas filas y poco tiempo para elegir libros; hubo confusión en los porcentajes de descuentos y sospechas que finalmente desembocaron en acusaciones tales como que la librera, aprovechando la desgracia, la utilizó para lucrar y, de paso, deshacerse de la boñiga invendible. A ello siguieron contra-acusaciones de difamación, aclaraciones y cartas públicas, según las cuales una de las pocas cosas a concluir es que el sentimiento llamado “odio” es tan indigno como repugnante. En resumen, para ocupar una palabra de empresa inmobiliaria: el asunto colapsó. 

La percepción que se tiene de las y los libreros de viejo en general oscila entre el aplauso lambiscón y el insulto. O se los ubica en el heroico sitial de salvaguardas de la cultura, o —como es el caso— en el de negociantes diestros en todas las variaciones posibles de la vileza. Los propios aludidos y aludidas reconocen y en ocasiones se solazan con esta bipolar popularidad; saben que finalmente una edición valiosa aguanta tanto las sobadas como los escupitajos mientras se venda; saben, además, que quien pone a la venta una biblioteca heredada siempre terminará por ceder en detrimento de cualquier valor sentimental. No por nada el librero de “Señor Noche” se llama Mito y no por nada el cuento acaba como acaba.

Desde luego, lo ocurrido con la librería de la Roma se ha dado en un contexto crispado, de conciencia ciudadana activa y empoderada, muy caótico, extremadamente susceptible, esperanzador y a un tiempo idealizador de las fuerzas espontáneas de la multitud. Pero, en el caso de los libreros de viejo, no hacen falta terremotos para exhibirse y convertirse en objeto de cuestionamientos. A modo de ejemplo, las librerías de El Tomo Suelto ofrecían —y siguen ofreciendo— “Unirse a nuestro equipo” a “jóvenes comprometidos, puntuales, creativos” por un sueldo de 15.38 pesos la hora, dando muestras de un profundo conocimiento de la precariedad laboral y de las afectaciones estructurales de la economía, las leyes y la propia juventud creativa, puntual y comprometida con su desesperación. Un aspecto, aunque previsible, olímpicamente omitido por quienes ven en lo antiguo, en todo lo recuperado, un valor por sí mismo.  

No mucho antes del terremoto se publicó Libreros. Crónica de la compra-venta de libros en la Ciudad de México, de Mercurio López Casillas, libro de edición bastante lujosa que pretendía dar cuenta, a través del recorrido de una familia emblemática en el rubro —la familia del autor, la familia de la cuestionada librera de la colonia Roma—, de buena parte de la rica historia de las librerías de viejo en una ciudad donde éstas aún abundan y proliferan bajo distintas modalidades, acomodándose como pueden entre el desastre permanente. Sin embargo, cumpliendo con el antiguo adagio, Libreros circula muy poco en librerías, y su increíble precio es altamente capaz de alejar a cualquier lector, sea éste bibliófilo o no. Las librerías de viejo no son, y no tienen por qué ser, necesariamente las más baratas; en ellas se consiguen ediciones descontinuadas de libros en muchos casos excepcionales, pero Libreros, una publicación reciente editada precisamente por quienes se dedican al negocio, es inaccesible en todo sentido.

El caso de Bibliópolas —libro, por cierto, diseñado y presentado por la misma encargada de la librería A través del espejo— es aún más anómalo en el ámbito de los libreros: se regaló y a estas alturas tampoco se consigue. Son ocho relatos de ficción narrativa, pero tal vez lo único que lo convierta realmente en un volumen de cuentos sea haber pasado completamente desapercibido, a pesar de un título tan extravagante. Vaya qué cosa, ¿no? Sin embargo, las y los libreros de viejo, pese a las descuidadas apariencias, no reparan los baches dejados ahí por los distribuidores ni son aquellos celosos custodios de la cultura; más bien, averiguan cómo enfrentar los avatares de la distribución sacando algún provecho, hurgando en lugares más o menos inesperados en busca de esa rentable y deseada primera edición. Y a veces, por qué no, también aguantan horas formados en filas larguísimas de descuentos, agazapados en un rincón de la ciudad arruinada.

 

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