A 70 años de la muerte de Pedro Henríquez Ureña no basta con traerlo a la memoria para rendirle un homenaje y lanzar panegíricos en su nombre. El tiempo gasta nombres, títulos, premios, no así a hombres que, como Ureña, dieron la batalla. El dominicano se supo un americano desde siempre, capaz de criticar toda la literatura del continente, pero su labor no fue únicamente territorial, además fue un riguroso lector del Siglo de Oro, sobre todo de Luis de Góngora. Así como escudriñó la poesía, lo hizo en la novela, el teatro, el ensayo, el texto académico, el arte pictórico, la ópera, la música clásica… De la pluma de Henríquez Ureña se bosquejaron sesudos ensayos alrededor de figuras como Andrés Bellos, Rubén Darío (y todo el modernismo), Rubén Salazar, Chesterton, Arcipreste de Hita, Garcilaso, Boscán, Tirso de Molina, Alfonso Reyes, la poesía argentina, la mexicana, la española, el realismo, la tradición y un etcétera abrumador. Sus estudios sobre el verso endecasílabo son formadores de generaciones; cada ensayo era muestra de la “soledad en llamas” de un estudioso de la lengua. Bien como lingüista, bien como filólogo, bien como escritor, Ureña comprendió perfectamente las funciones de la lengua: por una parte, unificar a las naciones hispanohablantes, por otra, y gracias a la lengua, mostrar la evolución de todas las sociedades a través de nuestro mismo idioma -aquellas aves que hablan nuestro mismo idioma, diría López Velarde-.

No soy enemigo de los géneros, le dijo Pedro Henríquez Ureña a Jorge Luis Borges -o acaso fue a otro, dice el mismo Borges- cuando este último le preguntó si no le desagradaban las fábulas. El dominicano es un viejo lobo, un zorro astuto de una fábula de Esopo; daba la impresión de haberlo leído todo -de nuevo dice el autor de “Del rigor en la ciencia”-. Miembro del Ateneo de la Juventud, el dominicano fue maestro de maestros, sí Reyes, sí Torri, sí González Martínez. Y también contemporáneo, y con esto quiero decir, un hombre que supo advertir el talento de poetas como Valery; sin embargo un ateneísta, al fin y al cabo, que sólo tuvo ojos para lo clásico.

En nuestro país hacen falta más excéntricos que opten por el ensayo, por el rigor académico, por la crítica. Hacen falta arrebatados que vuelvan con inteligencia -esto es disciplina y humor, así lo creo- a definir los criterios de la literatura, que se sienten a leer con el único fin de razonar, entender y animar las letras.

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