Galápagos es un poemario ─mejor: un solfeo─ que le canta, desde cierto exilio desgarrado, a la evolución de la poesía. El darwinismo lírico de su autora ─Malva Flores─ no es sólo un pretexto para obsequiarle un título a su libro. El nombre está pensado para coincidir plenamente con su esencia: si la evolución existe en la naturaleza, que lo abraza todo, eso significa que la poesía también prospera, crece: evoluciona.

Es un viaje que sin salir de casa ─a la manera en que lo emprendieron los ajados y desorbitantes Mercier y Camier, de Beckett─ viaja de la Biblioteca Central a Coyoacán. Entre otros personajes, unos sombríos y otros disparatados, nos encontramos con un hombre alto y rubio que llama a los ratones niños, un sabio de barbas largas y una especie de “censor” que ha ocupado el lugar de ciertos dioses insulares. La trama del poema se desarrolla precisamente en una isla. Pero no se trata de un escollo cualquiera. En esta isla, donde se impone “el cáncer del silencio”, la caligrafía con la que se escribe es una “larga escama de plata”. Es también un canto aéreo desde donde, a lo lejos, se mira “esa tierra arrasada”. El paisaje está habitado por un olimpo de sabandijas: hay abejas y hormigas aladas, enormes y peludas, que se nutren “de quién sabe qué alimento de aire…”. Más adelante, también se puede ver “el jalar de los puercos, su chillar de rutina: escándalo que anticipa la muerte”. Mientras estos bichos viven, maniobran, ejecutan sus hazañas, el poeta siente “el piojo del calor” y, tocado un punto, él mismo nos confiesa que no puede dejar de escribir “una serie de pulcras idioteces divididas por punto decimal”. 

Ahora bien, ¿es realmente una isla? Quizá, pero no en estricto sentido. Aquí: “Las cañerías funcionan, el agua corre fresca y, a veces, hasta enciende la luz”. ¿Desde dónde escribe? ¿Desde una huerta o un caserío donde se lanzan cohetes que, en realidad, son disparos? Exactamente desde ahí. ¿Y va hacia el pasado o corre hacia el futuro? Lo hace hacia ambas direcciones. Marcha hacia adelante, pero con la cabeza vuelta hacia el pretérito, ante la mirada sardónica de “un rey en calcetines”. El grotesco espectáculo lacera su alma y la animadversión ante su propio exilio, la hacen decir: “No puedo perdonarlos. No voy a perdonarme nunca”. Cuando el protagonista, extraviado y perplejo ante su propio resentimiento, le pregunta a unas hienas: “¿Aquí es Galápagos?”, éstas le responden con unas risillas que encubren su sarcasmo.

Por ahí se ha escrito que Galápagos es una pieza catártica. Disiento. No se trata de un simple canto introspectivo. Más bien es todo lo opuesto: es una historia con poesía construida a base de símbolos e imágenes. Y como en toda poesía alusiva, se proscribe el lenguaje directo. El ahínco de la autora está concentrado en la sugerencia. La aventura que plantea no es narrada, es insinuada. Mediante rodeos, metáforas, el poema va configurando su propia atmósfera, su auténtica cartografía: “la historia es un alfiletero de aire”, nos señala.

Curiosamente, la exaltación es tan sutil, tan liviana, que por ninguna parte vemos al adorador. Sobre el protagonista, apenas hay sugerencias. Bien visto, nunca aparece. O, al menos, no físicamente. Eso sí, conocemos plenamente sus miedos: “Cada quien tiene a bordo sus propios tiranos”, y también las angustias que lo tienen preso: “¿Cuándo llegué a las islas? ¿Alguna vez dejamos este sitios de arena? ¿Alguna vez me fui?” Pocas veces lo vemos detenerse a contemplar su intimidad, aunque lo hace, y con desgarro: “Se perturban las olas. El mar también es camposanto: aquella tibia hamaca que soñamos”. Todo es una parábola, todo es una cavilación bucólica. De hecho, la estela del personaje es tan evanescente que, llegado un punto, se esfuma. Y pese a que ha desaparecido, continuamos escuchando su voz. En ese sentido, estamos frente a un canto sublimado. No, definitivamente Galápagos no es un poema introspectivo: es, en todo caso, un canto alado.

Ahora bien, las casi cuarenta piezas que comprenden esta obra son alucinaciones y desvaríos de la mejor catadura lírica. Cultismos, metáforas, alusiones, simetrías: todo abona para interrumpir la línea confesional. En Galápagos todo progresa: cada estrofa evoluciona. Estamos ─tal como quiere la autora─ frente a un poemario darwiniano. Pese a todo, no es una poesía hermética. Al contrario: es una poesía que apuesta por la transparencia. Tampoco se trata de opacar la realidad. Al contrario: su objetivo pareciera exaltarla. Su intención no es describir, sino transformar lo que aquellos seres son en lo que pudieran ser. Dicho en términos llanos: es una poesía puramente evocativa. Destruyendo el escenario de la realidad, amplia el horizonte de su nueva invención.

Malva Flores, digámoslo con énfasis, quiso forjar aquí un racimo de islas en versos. Y lo consiguió. Los poemas de este volumen, prácticamente todos acompañados de un epígrafe, recorren emociones, relámpagos de la memoria,  especies en peligro de extinción, flores para todo tipo de fiestas y viajes de talante humboldtiano. La forma de las piezas en su conjunto es muy similar porque, como dice Darwin en el frontispicio del libro, los organismos poéticos son diversos pero están emparentados en la intimidad. Los epígrafes ─que nos ponen en contacto con Henri Michaux, Ida Vitale, Salvador Elizondo, Borges, García Lorca y muchos más─ sirven aquí como un indicador de la genealogía (y la evolución) de los poemas y la poesía, sus especies y sus transformaciones. Quizá el único elemento innecesario es el epígrafe con el que cierra el volumen. Es un ingrediente completamente superfluo.

Con todo, el propósito de este libro no es sólo poetizar una experiencia. La autora, sobre todo, ha querido contarnos la pequeña historia de un exilio, de una aborrecida estancia impuesta en Galápagos ─quizá Xalapa─, de una complicada relación con cierto paisaje al pie de una montaña ─tal vez el Pico de Orizaba─, y de un viaje. Sí, Galápagos, es, sobre todo, la historia de un viaje: de un embarazoso viaje interior.