El cielo no tenía una sola nube que flotara sobre el aire seco del desierto. Mary lo notó cuando despertó y corrió la persiana de la ventanilla del avión. Había algo en el nuevo paisaje sucediéndose en el horizonte que le despertó nostalgia, una nostalgia que se parecía a una piedra caliente hundiéndose en su vientre. Todo será mejor de aquí en delante –se dijo– todo será mejor, todo será mucho mejor.

Mary sacó de su bolso un pequeño espejo. Se miró e hizo una mueca de insatisfacción. Tomó su largo cabello rubio y lo acomodó en una cola. Notó de reojo que su compañero de asiento la miraba. Pensó en sonreírle, pero no lo hizo.

–Pasajeros, abróchense los cinturones. Estamos por aterrizar en el aeropuerto de Ciudad Bacanora –dijo el sobrecargo por el altavoz.

Mary miró a su alrededor. A unos asientos atrás estaba una anciana apretando sus manos contra el descansabrazos Sus labios se movían con rapidez pero no salía ningún ruido. Esta mujer o está rezando o se ha vuelto loca, pensó Mary. El avión comenzó a perder altitud. Ciudad Bacanora apareció en el horizonte. Mary vio un atardecer hermoso que parecía absorber toda la felicidad de la ciudad.

–Yo también debería ponerme a rezar o yo también me he vuelto loca –pensó Mary–, no sé por qué me pareció buena idea venir acá, de verdad que no lo sé.

El avión aterrizó y la azafata abrió la puerta del avión. El sol golpeó su rostro y la azafata cerró los ojos, como si hubiera visto una tragedia.

 

De vuelta a las andadas, pensó Raúl, mientras daba clic sobre el navegador de internet. Tecleó la dirección del Tecnológico de Ciudad Bacanora. La página apareció, adornada con rostros de gente que Raúl francamente detestaba. Los alumnos más destacados de su universidad. Todos se veían sonrientes, aptos, falsos. Raúl se pensó en esos promocionales: inscripciones abiertas cupo limitado no te quedes fuera, y él sonriente, mostrándoles a plena insolencia el dedo medio a todos. Sonrió.

Raúl ingresó al portal de alumnos para cargar sus materias, fue ahí donde se dio cuenta de algo extraño. Había una advertencia en la materia de Microbiología 1. Decía: “Esta materia se imparte en inglés. Para cursarla es necesario haber acreditado el TOEFL con al menos 550 puntos”. Leyó también el nombre de la profesora: Mary Taylor.

Por fin –pensó Raúl–, por fin traen a alguien de calidad, por fin una clase sin indios monolingües.

Se levantó de la silla y cruzó su habitación hasta la puerta. Se asomó hacia el cuarto de sus padres. Estaba cerrado. Adivinó que estaban mirando la televisión, el sonido de un programa de concursos atravesaba la puerta. Raúl suspiró, entró a su habitación y puso el seguro de su puerta. Desabrochó su pantalón, regresó a la computadora y buscó pornografía.

Después entró a su baño y abrió el agua caliente. Puso una toalla en el borde de la puerta, tomó asiento en el escusado y encendió un cigarro de mariguana. Lo caló hondo. ¿Qué es lo que me hace falta?, ¿qué es lo que necesito? –pensaba mientras sacaba el humo a bocanadas.

Recordó su escena jadeante frente a la computadora.

–¿Coger?

Se puso de pie y se miró en el espejo. Vio un muchacho musculoso y pálido con el cabello perfectamente ordenado. Le dio otra calada a su cigarro y soltó una bocanada frente al espejo.

–Sería fácil seducir a mis compañeras, sería fácil sacar a una mujer de un bar, sería aún más fácil ir con una puta de la Guerrero…

Se desnudó y puso el cigarrillo en las comisuras de sus labios. Se puso frente al espejo y limpió su bruma. Acomodó la guardia y tiró un par de golpes, los golpes de un boxeador que no tiene nada que perder. Lanzó el cigarro al inodoro y se metió a bañar.

 

La primera noche es la más difícil, pensó Mary cuando entró a su departamento en la Colonia Las Brisas y escuchó el eco de sus tacones retumbar en los vacíos de su sala. Arrastraba su maleta, una maleta que el taxista batalló en meter a la cajuela del taxi, hacia la habitación principal. La maleta, por supuesto, era negra. La habitación era blanca y tenía muebles minimalistas que solamente hacían sentir todo más vacío.

Será mejor que me compre un perro, pensó Mary, y se echó a la cama. La soledad aquí me va a arruinar, parece la habitación de un manicomio –rio.

Dedicó el resto de la tarde a acomodar sus cosas en el pequeño armario. En cuanto terminó, pensó en darse una ducha. Abrió la puerta del baño y descubrió una tina. Sonrió. Regresó por una toalla, shampoo, jabón, aceites corporales y un vestido para dormir de encaje negro. Se desnudó, apagó la luz y cerró la puerta. La luz del atardecer entraba por una pequeña ventana en la esquina del baño. Miró su cuerpo al espejo. Miró cómo la luz tibia tocaba su cuerpo. Su cabello rubio, quemado por el sol y los años, caía sobre sus pechos. Unos lunares recorrían su piel desde los hombros. En su cuerpo no había pasado tanto tiempo. Sobre su rostro se adivinaba una belleza que había llegado a buen puerto.

–O un gato, conseguiré un gato –pensó y metió las puntas de los dedos al agua. Luego se sentó en el borde de la tina, sintió el calor del agua subir por sus piernas, hasta que entró entera y cerró los ojos.

 

El estacionamiento estaba repleto. De los autos bajaban muchachas y muchachos con mochilas. Todavía estaba oscuro. Las muchachas se habían maquillado y reían recargadas en los muros del Tecnológico de Ciudad Bacanora. Sus perfumes flotaban como una niebla dulce. Los muchachos fumaban y discutían, miraban las faldas de las mujeres. La mañana estaba fresca. Era el primer día de clases, el inicio del semestre de verano. Los besos de saludo tronaban por los pasillos. Raúl caminaba por todo aquello, cabizbajo, mirando las baldosas de ladrillos del suelo, hasta que entró a su aula y vio a su profesora de Microbiología sonreírle. Raúl la saludó en un inglés perfecto y tomó asiento en primera fila. Había sido el último en llegar. La profesora escribió su nombre en el pizarrón. Mary Taylor, Maestra en Biología por la Universidad de Arizona. Dijo que era de Phoenix y que acababa de llegar a Ciudad Bacanora. Interesante, pensó Raúl.

–También soy académica en el departamento de Ingeniería, ahí pueden encontrar mi oficina –dijo–. ¿Qué les parece si empezamos presentándonos?

Mary pidió que dijeran su edad, un pasatiempo y algo que los distinguiera.

–¿Por qué no empiezas tú? –le dijo a Raúl, señalándolo. Lo miraba a los ojos. Raúl le sostuvo la mirada. Mary tenía los ojos azules, Raúl se fijó bien. Tenía los ojos azules y las pestañas rubias. Tenía los ojos tan azules que a Raúl le dolía.

Raúl dijo:

–Veinte años.

Y no supo qué más decir.

 

Ese día Mary llevaba una blusa blanca con pequeños agujeros en forma de flor por donde su piel brillaba. Raúl vio sus lunares. Raúl vio cómo el brassiere de Mary aparecía cuando se movía: tímido, pero sin ninguna piedad. Raúl pensó que la maestra tenía un gusto exquisito.

La siguiente clase Mary se llevó una falda gris ajustada y una blusa color vino. Raúl, por su parte, estuvo preguntándose por el resto del día si ella tendría esposo.

 

Los primeros fines de semana de Mary en Ciudad Bacanora los dedicó a recorrer la ciudad y sus atractivos. Estos se reducían a un par de cines y tres decadentes centros comerciales; a un barrio de restaurantes; a una calle llena de bares, y a un par de clubes nocturnos. Mary primero fue a comer a los centros comerciales. Se sentó en una mesa justo en medio de la zona de comida. La única gente con la que charló fueron los que se acercaron a pedirle una silla, a los que Mary les respondió sonriente, en un español tosco pero efectivo: adelante, adelante, amigo. Luego se compró un cono de helado y se puso a caminar por el centro comercial, mirando a las familias, a los niños que se colgaban de los brazos de sus madres, a las parejas jóvenes (a quienes notó aburridos, vaya lástima, vaya desperdicio, pensó) y a la gente que como ella, caminaba impulsada por una sensación torcida, una sensación que si ellos se detenían, se les acomodaba entre el corazón y la espina dorsal.

Pensó que sería buena idea ir al cine. Dejar que las horas pasen en la pantalla. Miró la cartelera de cine, suspiró largo, y dio la vuelta.

Había una tienda de discos a la que no vaciló en entrar. Tenían una colección amplia de CD´s de jazz, lo que a Mary le pareció maravilloso y desconcertante. Pero lo que la sorprendió de verdad, fue que aún vendían reproductores de vinilos y que, por supuesto, tenían un vasto catálogo.

¿Qué fue lo que compró? Un reproductor de vinilos. Un concierto de Duke Ellington en vivo en París. Una antología de lo mejor del cool jazz de Chet Baker. Una colección de canciones de amor cantadas por Billie Holiday. Una casa sin música es una casa sin alma, se dijo, sonriente.

También compró una botella de whisky.

Esa botella la destapó esa misma noche. Se sirvió un vaso y abrió la ventana de su habitación para contemplar las luces de la ciudad. El aire caliente de Ciudad Bacanora movía suavemente su cabello. No pasaré la noche entera aquí, no señor, pensó.

Pidió un taxi hacia el barrio de restaurantes. Le pidió al taxista que se detuviera en un lugar donde había música en vivo. Una cantante y un pianista. Hacían un trabajo excepcional. A Mary le conmovió cómo se oía el español cantado. Mary recordó a su primera pareja, recordó una novela que leyó vacacionando en California, recordó la sensación de las sábanas sobre su cuerpo desnudo al amanecer. La noche le pareció hermosa. La noche perfecta para conocer a alguien.

Pero esa noche Mary volvió sola a su apartamento.

 

Los hombres por supuesto que miraban a Mary. Pero había algo en ella que los hacía sentir vulnerables, algo que los repelía como un latigazo. Una sensación que los golpeaba como a un niño que desea por primera vez a una mujer.

 

Raúl recordaba a varias mujeres. Recordaba vagamente, como se recuerda a veces una mañana luminosa, a la turista que miró rendido broncearse los pechos bajo el sol del Pacífico cuando tenía 8 años. Recordaba a la niña que se sentaba frente a él en la secundaria: su cabello castaño y ondulado, la canción que murmuraba para sí misma, una canción que Raúl siempre encontró tonta, pero que al salir de los labios de ella, se volvía una suerte de animal liviano. Recordaba a su primera novia. Helena. Recordaba cuando se tocaban sin saber muy bien lo que hacían, pero haciéndolo con muchas ganas. Recordaba eso y le parecía lejano. La desilusión, el dolor, el final. Lejanos, sí, pero lejanos como los relámpagos. Una fisura en el cielo. Recordaba a las muchachas bondadosas del consuelo. Un desastre. Una sucesión de maquillaje, alcohol y autos estacionados en lugares donde faltaban las luces. Se le ponía la piel de gallina. De ellas recordaba, sobretodo, sus labios, o mejor dicho, únicamente sus labios.

 

Pero lo que ocupaba más su mente eran los ojos de Mary. Jamás veré nada igual, jamás, pensaba siempre que salía de clase.

 

Muy a pesar de sus esperanzas, Mary descubrió que en Ciudad Bacanora no pasaba mucho. Esta certeza se presentó con una lucidez implacable mientras revisaba exámenes. Sus estudiantes eran un fiel reflejo de su nueva ciudad: no eran brillantes. Solía pensar que era su culpa, que ella no los hacía despegar, pero después de vaciar todo su entusiasmo sobre ellos, se dio por vencida. Le quedaba como consuelo pensar que serían excelentes empleados, pero nada más.

Mary dejó los exámenes en el escritorio y salió por café. Sintió las miradas de sus compañeros de departamento. Llevaba una blusa escotada. No los volteó a ver y apretó los labios en señal de indiferencia.

–Ninguno de mis alumnos hará la diferencia –pensó al regresar a sus exámenes– y es mucho el trabajo. Ni pagan bien. Vivo sola. Si tuviera familia sería poco dinero. No tengo familia, no tengo hijos que me pidan que les compre cosas, no tengo esposo que me apoye, no tengo novio. ¿En qué momento te pasó esto, nena? ¿Dónde está esa niña que eras? ¿Quién la mató? ¿Qué le pasó a tu brillo nena qué le paso? ¿Por qué viniste a morir a México? No, no, no. Vamos. Optimismo, optimismo; ¿cómo serán los hombres de México? ¿Serán material de esposo? ¿Aceptarían casarse con una mujer americana? Seguro son más románticos que allá, eso sin duda. Igual aquí no hay mucha competencia para mí. Ugh, la verdad los hombre son iguales en todo el mundo. Miento. Aquí los hombres son menos inteligentes, más inocentes, se puede aprovechar una de eso, aquí los hombres son niños idiotas en busca de su madre, aquí… aquí, aquí… La verdad no podría amar un mexicano. Ay no he conocido a nadie. Están los imbéciles del departamento pero uno está gordo y el otro es raro, parece un enano a punto de ahogarse. Además yo soy más alta ay ay no he conocido a nadie…

El siguiente examen a revisar era el de Raúl.

–… a nadie… ah ninguno de mis alumnos hará la diferencia, ninguno de mis alumnos… ¡Ah! pero éste chico es distinto, es listo, es alto, es musculoso. Tiene 20. Es educado. Tiene 20. Acuérdate cómo te mira. Tiene 20. Esta es la era moderna. Tiene 20. El amor no conoce de. Qué va a ser amor, no seas estúpida. No conoce de edades. Esto es una tontería, soy una tontería, estoy sola, sola, sola. Raúl, Raúl, Raúl…

Mary se llevó a la boca la pluma que tenía en la mano. Sonreía.

 

Mary Taylor, Mary Taylor. No podía sacarse ese nombre de la cabeza. Fuera a donde fuera esperaba verla ahí. Saludarla, que lo notara por un segundo. ¿Qué lugares frecuentará? ¿Saldrá siquiera en esta maldita ciudad? Carajo, Mary, carajo. Cuando Raúl salía de noche miraba con detenimiento en las ventanas de los bares y los restaurantes, esperando encontrarla ahí, sola, sentada en las sombras de un bar, bebiéndose un Martini o una copa de vino blanco.

Pero también le daba terror la posibilidad de verla con alguien.

Una noche, cuando el alcohol ya se había acomodado a sus anchas en su cuerpo, cuando el alcohol le había puesto esa sensación caliente en el pecho, esa sensación deliciosa e intoxicante, sacó su teléfono.

Abrió Facebook y en el buscador tecleó Mary Taylor.

 

Estaba decidido a batir su record semanal de velocidad. Cinco kilómetros en veinte minutos. Raúl avanzaba en una calle recta repleta de coches estacionados. Mozart sonaba en sus auriculares. Los majestuosos violines llevaban el paso de sus piernas mientras Raúl inhalaba, llenaba a pleno su pecho, y convertía todo el aire en esfuerzo. La gente que estaba en la calle lo miraba y pensaba: ¿se acerca la carrera del siglo o qué carajos? ¿de quién huye este desgraciado? Su mirada estaba tensa, agresiva, y podría decirse que en las nubes, pero él pensaba en Mary.

–Ya no hay mujeres como ella en el mundo. Mujeres perfectas, limpias, puras e inteligentes. Ya todas están hechas unas putas, unas pendejas asaltacarteras, tan baratas en ropa tan cara, sólo quieren que les pegues con billetes en la cara y empiezan a babear. Ahh Mary, su cuerpo delgado, sus vestidos, su elegancia. ¿Cómo habrá llegado acá? a esta ciudad sucia. A esta ciudad donde reina la porquería, donde nadie tiene idea de nada. ¿Tendrá esposo? ¿Se verá con alguien? No lo creo, nadie le llega a la altura. ¿La vida sexual en Estados Unidos será muy agitada? ¿Le gustarán cosas raras? ¿Asfixia? ¿Trajes de látex? ¿Usará lencería? Claro que usa lencería, sus piernas torneadas debajo del vestido que se llevó ayer…

Mozart seguía sonando cuando Raúl se sacó los audífonos de un manotazo. Empalideció. Había llegado. Dio vuelta en la primera calle, en la primera calle de la colonia Las Brisas.

 

Mary estaba regando las plantas de su naciente jardín frontal. Llevaba un vestido floral ese domingo por la mañana. Un pedacito de pasto apenas crecía junto a las macetas de flores, entre el cemento, abriéndose paso por la tierra dura de la colonia Las Brisas. Ella llevaba el cabello suelto ese día y no se había puesto maquillaje. Saludaba a sus vecinos que cruzaban la acera y hasta a los que pasaban en auto, cuando Raúl pasó zumbando por la esquina de su casa. Mary gritó su nombre. Raúl se detuvo, todavía respiraba agitado.

–Raúl.

–M-Mary.

Mary notó a Raúl perturbado. Le pareció vulnerable y hasta cierto punto, tierno. Le dijo que se veía pálido y lo invito a pasar, luego se inclinó a cerrar la llave del agua. Su vestido se corrió hasta el inicio de sus muslos, su escote se estiró. Después se puso de pie y le sonrió a Raúl. Raúl estaba mirándola, de pie a la mitad del jardín, tembloroso. Raúl aceptó pasar. Mary abrió la puerta de su departamento. Raúl entró y miró un gato moverse entre las sombras.

–Entonces, dime Raúl, ¿qué te pasa? –dijo Mary y cerró la puerta.

 


Andrés Guerrero (Durango 1995) ha vivido en Torreón, en Tabasco y en Veracruz. Actualmente estudia Ingeniería Ambiental en la Universidad Iberoamericana Torreón. Ha publicado poesía y narrativa en la revista Acequias. Obtuvo la Mención Honorífica del Concurso Estatal de Poesía Joven Durango 2016 con el poemario Máquinas del Tiempo.