En la Rusia zarista, durante las postrimerías del siglo XIX y el incipiente siglo XX, diversas manifestaciones socioculturales hicieron su acecho; luego de un proceso de control de tierras y la poca capacidad de absorción de la industria, la población rusa vio pasar frente a sí, el subdesarrollo moderno, una incipiente formación económica y espiritual contrapuesta al París de Verlaine. 

Rusia ha sido, sin duda, un país con aportes artísticos y políticos de consideración, y quizá esto sea poco decir.  Dentro de la música Tchaikovsky y Rajmáninov encontraron un camino forjado en malestares y éxitos, que legaron al mundo obras que, a la fecha, son consideradas esenciales. Basta decir que en el campo pictórico, el suprematismo, corriente de vanguardia, tuvo su ocupación teórica y estética en su exposición, con Malévich y Maiakovski, en la poesía, a la cabeza. No menos importante mencionar su actividad política en pluma de Bakunin, Lenin y Trostky, ni los procesos históricos derivados de la teoría marxista que vieron su presencia en estos espacios, así como los análisis geopolíticos del geógrafo inglés McKínder y su teoría del pivote.

Las distintas exposiciones son un simple agregado de lo que Rusia ha aportado en algunas disciplinas y en la práctica misma. Las expresiones artísticas, por especificar, son, a fin de cuentas, símbolos que interpretan el entorno y su composición, transgrediendo los límites imaginarios impuestos políticamente para ser, a su vez, una interpretación del contexto mundial, siempre particular e irónicamente similar bajo otras formas; ya diría Marshall Berman sobre su representación de la disidencia moderna, en su generalidad.

Bajo esta serie de rasgos, hay artistas, particulares, que se convierten en espíritus de su época, en esta frase alemana zeitgeist que traen sobre sí, su tiempo. No hablo de un castigo cual Sísifo; sí de sujetos que, al expresar, contienen. Y dentro del campo literario no son menores los aportes realizados, quizá sea el de mayor relevancia, sin querer apresurar resoluciones. Se vuelve, en suma, una necesidad mostrar entre estos letrados nombres y caretas que resultan en aportes estilísticos, traducidos más allá de llamamientos estéticos sino en formas de vida, plasmados a partir de la creatividad: León Tolstói, Antón Chéjov, Nikolái Gogol, Aleksandr Pushkin, Máximo Gorki, Vladimir Nabokov, Fiódor Dostoievski, y un largo etcétera que confirma su legado.

En esta retoma de lo particular hablaremos, brevemente, a manera de esbozo y con invitación a leerlo, sobre este último, Fiódor Dostoievski, autor de obras como Pobres gentes (1846), Memorias del subsuelo (1864), Crimen y castigo (1866),  El idiota (1869), Los hermanos Karamazov (1880), por mencionar algunas, no desde la formalidad de un ensayo, sino a partir de su perspectiva sociológica, cual mural instantáneo. Se contempla, entonces, sucesos en entornos sociales que desembocan no en trivialidades, sino de su contexto social, de personajes cuyo carácter ostenta a lo ruin y su fracaso, de la cobardía y el heroísmo rayado en ridículos o simplemente absurdos, es, en contraste con el modelo de progreso moderno, sólo una burla de sus consideraciones en la vida práctica en Rusia.

Uno de los baluartes modernos de Rusia se encuentra dentro de sí, en la creación urbana de Pedro I, San Petersburgo, cuyo antagonismo, a ese Moscú tradicional, se verá constituido en su arquitectura y el símbolo de la misma como reflejo de una idea llevada a la razón de los espacios. Este impacto ocasionado en sus habitantes, logró modificar las relaciones sociales a partir del tránsito y la visión innovadora con la que llegó, propiciando que las relaciones de interpretación artísticas vieran sus primeros destellos en la mente de quienes afectados, transeúntes de lo moderno, plasmaron a partir de sus obras toda una carga significativa derivada en historias ficticias transgredidas por una realidad social. No es de ignorar que la ciudad modificó al sujeto, y que la modernidad encontró en ello, una ventura catastrófica y a su vez poética: Charles Baudelaire, Charles Dickens, en sus respectivos espacios, desnudaron su tránsito por lo moderno, y aquello que contenía per se.

Hablar de Dostoievski se convierte, por definición, en hablar de una modernidad subdesarrollada, del fracaso como antagónico de un modelo de progreso ideologizado, convertido en práctica a través de su carácter de lineamiento continuo. Es, a su vez, encontrar un rastro de nosotros, en variopintos personajes tales como Alexei Ivanovich, Porfirio Petrovich, Devushkin, Anastasia, Marmeladov, Smerdiakov, Raskolnikov, etcétera, que cuestionan su contexto, desde la ficción, para mostrar los símbolos de una identidad, en sus contrastes. Dostoievski, quien logró salvarse de ser fusilado segundos antes de su ejecución, luego de su aprehensión por el delito de conspiración contra el zar Nicolás I, deja un legado en la literatura llamada universal, de quien Nietzsche se expresó, luego de leerlo, como “un accidente afortunado”.


David Álvarez (Querétaro, 1990). Estudió licenciatura en Sociología de la Universidad Autónoma de Querétaro. Actualmente es director de la revista Saltapatrás y gestor cultural en Proyecto Cultura UAQ. Ha publicado Porca Miseria (La Testadura, una literatura de paso, 2016) y Vulgatría (Herring Publishers México), y participó en la antología de escritores queretanos nacidos en los noventa Mis primeros dientes (Mamá Dolores Cartonera, 2015) y en Página 1. Antología de poetas y narradores de Querétaro (Revarena Ediciones/Fondo Editorial de Querétaro, 2017), así como en distintos medios locales y nacionales. Escribe la columna “Vulgatría” en el suplemento “El Faro”, del periódico A. M. de Querétaro.