OCHO DE LA NOCHE y el doctor Fausto Saracibar se dispone a recorrer cada uno de los pisos del hospital. Treinta años de respetado ginecólogo e ignorante de la belleza de una mujer. Esta noche en el piso uno Margarita espera en urgencias con la fuente reventada. En el dos Angélica impaciente con una prueba de embarazo positiva y los nervios erizándole la juventud. Tres Daniel y Romina esperando el ultrasonido de su futuro naufragio y en el cuatro Paula, instalada en una habitación porque mientras la criatura crece, su riñón es aprisionado hasta la asfixia.

Fausto recorre los primeros tres pisos pensando que todos los vientres son el mismo. Ninguno es bello después de treinta años, ni si quiera el de Inés, su esposa que espera en casa intranquila, con la misma ansiedad de hace tres décadas por que en el correr de su profesión su esposo pueda desear otra piel que no sea la suya.

Saracibar se demora en el tercer piso porque los nuevos padres henchidos de agradecimiento no caben por la puerta de salida. Doctor, nos alegra que nuestra hija se desarrolle bien, estamos en sus manos hasta el nacimiento, somos primerizos… Al día siguiente el doctor no los recordará y seguirá atendiendo al caudal de padres primerizos que se depositan en sus manos. Dios debe ser igual, se dice, nos presta un servicio momentáneo y después se olvida de nuestro nombre y de nuestro rostro.

Se dirige al cuarto piso por las escaleras no vaya a ser que me encuentre en el elevador a Humberto el esposo de Paula. Prefiero saludar a Eugenia para que me pregunte por Inés y a ver cuándo se deja invitar a nuestra humilde casa para que vea la colección de ranas disecadas y le prepare la mejor sopa de lima, doctor. No vaya a ser. Si se encuentran, Humberto le estrecharía la mano amablemente, casi con una reverencia. Doctor Saracibar, qué dicha verlo, le agradezco todos los cuidados que brinda a mi mujer, está mejor atendida que en la casa, cada vez que platica con usted tiene confianza en que el niño nacerá bien y ella sanará… Y mientras habla moverá sus largos dedos. Los mismos que seguramente han estado removiendo la cueva de Paula como la muerte a la vida. Estamos en deuda con usted… Deben traer oculto su olor detrás de jabón lavamanos, del tiempo internado en el hospital. A Saracibar le aterra saludar a esos dedos mentirosos, sobre todo al índice y al medio, que siguen la misma trayectoria que los suyos podrían seguir bajo el más insignificante pretexto, pero que desconocerán por siempre los secretos que conoce Humberto.

Maldita sea que la oscuridad es la misma en todos los rincones hasta que visita a Paula. La causante de que a sus cincuenta y tantosaños Saracibar haya dejado de creer que todas las puertas son iguales, que una llave abre todos los picaportes, que el olor de treinta años puede ser nuevo un día. Lleva dos semanas esperando entender ese fenómeno con términos en latín, con bioexplicaciones que se esforzó en aprender desde la escuela. Será que esmadreprimerizareciéncasadainteligentedebuengustopreparadahermosasencillasoberbiatreintañera o su acidez es compatible con mi olfato.

Mejor por las escaleras. No vaya a ser. Antes de llegar a la habitación cuatrocientos tres, hace tiempo visitando a las enfermeras en turno para secarse el sudor frío de las manos. A todas las conoce de vista y de olfato. Les ha abierto la bata en habitaciones desocupadas, les ha soltado el chongo en el elevador mientras ellas tiran de su corbata y de sus canas. Pero nunca hay diferencia.

Se aproximan las diez de la noche y es una falta de educación todavía no haberse acercado a la puerta. Intenta demorarse leyendo el expediente que podría decir de memoria, esperando recuperar su aire de suficiencia. Toca antes de entrar. Adelante, responde una voz conocida. Toma firme la perilla para que el sudor no la resbale buenas noches señora Paula disculpe la tardanza tengo muchas pacientes esta noche pase doctor no tenga cuidado Humberto fue por un coctel de fruta. A Saracibar le tiemblan las piernas. Me sentaré si no le molesta. Claro que sí, doctor, ¿le puedo ofrecer un chocolate? Tienen cereza… No, le agradezco. No es posible que los mismos nervios se repitan después de dos semanas. No han servido las noches con Inés, ni el té relajante después de la comida ni la demora con Dulce y Mariana. No quiero maldita cereza. ¿Cómo se sintió hoy? Muy bien doctor, excepto por un pequeño acceso de dolor en la tarde. Si Leíto se mueve es para mí una catástrofe usted entiende que ya casi llega su marido y tenemos poco tiempo. La cama de hospital puede ser un nido de la más perfecta muerte si puedo acostarme junto a usted. Las sábanas no dejarán huella si le ordeno a Dulce que las cambie. La ventilación se llevaría nuestro aliento y secaría nuestro sudor si alcanzo a penetrar en el secreto yo creo que es relajarme cada vez que me duela. Ya mandé traer aceites y libros con mi esposo para buscarme el descanso eterno dentro de tu cueva misteriosa porque es más oscura que cualquiera más cálida y peligrosa la medicina analgésica porque me causa alergia. Cómo ve doctor, al fin ya estamos a un mes de que nazca el niño y le deje de oprimir el riñón a su mamá. Así es, Paula, estamos a muy poco de internarnos en el baño donde sin la bata encima penetraré tu cuerpo para que tu hijo sepa lo que significa la muerte. Para que entre sus manos sujete mi príapo y lo llame Padre. Y le digo a Humberto que si ya aguantamos ocho meses nos va ir bien el que falta. Ciertamente, señora Paula. ¡Doctor Saracibar! Qué dicha verlo. Igualmente, Humberto, su esposa se encuentra perfectamente. Yo paso a retirarme…

 


Amaranta Chávez Monterrubio, 23 años, residente de la Ciudad de México, con estudios en cine y literatura.