“Qué difícil resulta evitar los lugares comunes del melodrama”, pienso cada que algún confidente me relata una historia trágica. Como si mis inconformes oídos lo exigieran, mi interlocutor echa mano de la hipérbole: diez horas se transforman en diez días, el llanto nítido irriga ininterrumpidas lágrimas, una pesadilla aislada reinventa la condena del insomnio y de un periodo oscuro de la cotidianidad (terrible pero ordinario) deriva la catástrofe.

Tanto al oír relatos como al atestiguar una trama vigente, me es imposible no recordar la histeria de la señora Penniman. El personaje de la novela Washington Square de Henry James es el perfecto agente histriónico de los conflictos corrientes; ruin representante del trauma que no ocurrió, los celos que no se sintieron, el pataleo y el berrinche que nadie produjo.

La obra de James se caracteriza por parodiar determinados modelos narrativos y la novela en cuestión (típica historia del cazafortunas al acecho de una inocente acaudalada) expone a todas luces la oposición entre dos mundos: un elenco racional, sensato y reflexivo contrapuesto a la señora Penniman, imbuida en sus clichés calamitosos, la chismosa alcahueta que desea que la vida mimetice las abominables falacias que lee en sus novelitas rosas.

Los personajes de James reaccionan a los conflictos mediante una lógica fría, que bien puede augurar una derrota espiritual –pero para ellos la derrota representa un destino lógico en materia humana, nada fatídico por sí mismo–. La señora Penniman, en cambio, necesita del chusco efectismo como de un indispensable oxígeno.

Con Washington Square, Henry James registró un síntoma de su era que en la actualidad, y sobre todo en México, se resiste a morir: la obsesión por el melodrama innecesario. Este síntoma distingue la delgada línea entre la maña efectista y la argucia del artífice. Lamentablemente, los relatos íntimos de la oralidad (y de numerosas narrativas) tienden a privilegiar ese primer esquema, la exageración facilona y el brusco choque de expectativas que hacen a un lado el significado estético en aras de un regocijo idiota y del burdo entretenimiento, en cuyo nombre se cometen innumerables atentados contra el buen gusto y la autenticidad.

“Yo soy feliz a causa de tu desventura, pero dado que ésta no es sino un producto exagerado de un género al que estamos demasiado acostumbrados, entonces mi felicidad tampoco es pletórica”.

Quizá la culpa la tenga nuestra necesidad de conmiseración, que en ocasiones encubre un sádico regodeo ante la desdicha ajena, como si la única forma de felicidad que pudiéramos concebir fuera la desgracia de los otros. “Tu infelicidad”, parecen pensar algunos, “reafirma mi plenitud; el derrumbe de tu vida encumbra el promontorio desde el cual jerarquizo mi deleite”.

Deleite vano e insustancial, si su fundamento lo origina un contraste fingido; “yo soy feliz a causa de tu desventura, pero dado que ésta no es sino un producto exagerado de un género al que estamos demasiado acostumbrados, entonces mi felicidad tampoco es pletórica”.

Vale la pena reflexionar en torno al tema y preguntarnos seriamente por qué nuestros relatos tienden a la hipérbole, por qué queremos probar con tantas ansias la exacerbación de un conflicto y llevar los hechos a sus máximas consecuencias (sólo verbalmente, jamás en la práctica). Probablemente se deba a que todo testimonio, entendido como acto narrativo, implica la supervivencia; “yo padecí, yo sufrí, yo fui martirizado, y sin embargo lo cuento, y sin embargo existo, soy un sobreviviente; merezco tu atención, tu aprobación y tu aplauso”.

¿Será acaso que en el contexto actual de un país calamitoso la imposibilidad de alcanzar la felicidad plena haya dado pie a una salvaje competencia del infortunio? O bien puede ser que tan sólo se trate de un hábito que hemos llevado demasiado lejos como para olvidarlo sin más ni menos.

Tanto nos hemos acostumbrado a impresionar a nuestros interlocutores mediante exageraciones e inventados dolores, tanto hemos invertido en una perogrullada trágica, y tan cómodos nos tiene este intercambio de fiascos, que ya es demasiado tarde para volver atrás. ¿Pero a dónde?

Pienso en los conquistadores caídos en desgracia, quienes para que la corona les pagara y reconociera sus servicios, escribían extensas crónicas sobre lo mucho que habían sufrido en una tierra hostil y bárbara (véase Naufragios, Cabeza de Vaca). Ahora todo esto suena más bien ridículo: no los indígenas, sino los conquistadores fueron los que expresaron en largas cartas las penurias que les supuso el haber sometido y asesinado a miles de pobladores nativos.

Pienso también en la justificación de la señora Penniman, personaje que acusa a su propia maquinaria melodramática de todas las trampas y ruindades que ha llevado a cabo, y a la que también le es imposible entender o siquiera plantearse la idea de otra forma de vida. “No me importa lo que hagas con tus promesas”, le dice Catherine, la sensata protagonista de Washington Square. Su tía, arrogante y ligeramente nostálgica, le replica: “He llegado demasiado lejos para retroceder”. Así funciona mi vida, mi narrativa y así se desarrollará mientras mi corazón palpite.

Tal vez la señora Penniman tenga razón, tal vez sea demasiado tarde también para nosotros. Así que exageremos, regocijémonos en nuestro dolor, padezcamos los falaces traumas que nos reafirman como individuos únicos (pese a que nuestra pena sea un producto en serie). Al fin y al cabo, el sufrimiento se ha convertido ya en una moneda de cambio, valiosísima para esta época mezquina e insincera. Dime tu tragedia y te diré quién eres, no importa de qué se trate el sufrimiento, con tal de que nos entretenga, acapare la atención y nos ayude a olvidar nuestro propio vacío.

 

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