Llevaba algunos años viajando sola y sin echar raíces profundas en terreno alguno. Sentía que algo lejano la empujaba. Algo en reposo: un templo oriental en ruinas, una memoria parapléjica. Y entonces ella se iba. Buscaba apoyos. Aceptaba trabajos sin futuro. Se veía huyendo. Un primo suyo vivía en una ciudad al sur de su país de origen. Había pensado en no volver. La ciudad, le dijo al primo cuando se encontraron en el aeropuerto, se parecía mucho a la Kiev soviética. Pero fue en balde. Su primo no sabía dónde estaba Kiev, y del comunismo sólo tenía algunas ideas vagas.

De cualquier modo la ayudó a instalarse. No es un mal tipo, piensa ella cuando lo ve partir. Habrían de encontrarse de vez en cuando, algún domingo ocioso para sentarse en un parque y recordar infancias compartidas. Su mundo era un piso modesto en un edificio gris en exceso. Por las noches, visto desde una calle lejana, parecía un panel de luces que mostraba un código misterioso. A veces las luces formaban figuras, letras, garabatos. Pero había que forzar mucho la imaginación. Se sentía cómoda siendo parte de una estructura fría. Mi hogar, decía, y se quedaba dormida.

Necesitaba un trabajo porque los ahorros no durarían hasta el fin de sus días Un hombre hacía las veces de vigilante a las puertas del edificio. Vándalos se entretenían haciendo pintas hasta mi llegada, decía orgulloso, y se arreglaba la gorra percudida. El hombre le dijo a ella que los dueños de los departamentos hablaban de nuevas plazas y oportunidades. Le prometió mantenerla informada. Y pasaron los días. Una mañana el hombre tocó a su puerta y la llevó hasta un departamento que servía como oficina administrativa. Ella, somnolienta, apenada, todavía aturdida en ciertos aspectos, como saber la hora, la fecha, los motivos del clima. Y el piso era bastante frío, le hacían falta algunas cortinas que cubrieran la inmensidad gélida del paisaje de la ciudad en invierno, vista desde enormes ventanas.

Del otro lado de la mesa, una pelirroja con pinta demasiado formal le extiende una mano y le sonríe con acartonamiento. Ya se habrá enterado de que estamos pensando en nuevos empleos, le dice la mujer. Esto responde a nuevas necesidades, y nuevos riesgos. El vigilante, sentado en una silla apartada, se mueve con ligera inquietud. El señor M ha hecho un trabajo excepcional para nosotros, y queremos que permanezca, pero la urbe de nuestros días requiere de más ojos observadores y atentos al peligro.

Riesgos, peligros, piensa ella, lucha contra la pesadez de las siete a eme y dice para sí: he corrido de tantos lugares para venir al peligro. No es un peligro demasiado grande, continúa la pelirroja, pero podría llegar a serlo si no estamos prevenidos. Necesitamos una vigilante joven, como usted, que nos prevenga de la bestia. El vigilante tose, se acomoda, se frota las manos. Su deber sería postrarse en una caseta elevada durante las noches y estar alerta. Y quería saber más detalles, cómo es el monstruo, cómo ataca, de qué exactamente hay que cuidarse. Pero la pelirroja argumentó tener muchos pendientes. ¿Le interesa?, preguntó. Tendría un teléfono y un arma. Al detectar cualquier fenómeno fuera de lo común, debía llamar a la guardia urbana y resguardarse hasta que terminase la calamidad.

La chica aceptó; en dos segundos el vigilante y ella se hallaban fuera del edificio, tomando un café que logró distraerlos de lo helado del viento. Esa misma noche fue colocada en una cabina elevada sobre el pasto, frente a los edificios F y G. Las cabinas fueron instaladas hace muchos años, le comentó el señor M mientras subían por la escalera, pero nunca se han usado realmente. Hicieron la limpieza, acondicionaron el lugar. Él le entregó un radio y le obsequió un paquete de galletas. Ella lo vio partir y se preparó para la noche.

La primera hora miró sin aburrirse. El sueño rondaba sus ojos sin atacar de lleno. En la penumbra alcanzó a vislumbrar figuras imprecisas. Gente buscando rincones ocultos para el amor. Gatos dejando ecos de sus movimientos entre la escasa luz. Y las ventanas de los edificios encendiéndose y muriendo luego, reviviendo y yéndose en patrones indescifrables. Pero ningún monstruo. Ni una amenaza. Ella acariciaba el cuerpo de la pistola con una extraña incredulidad.

Llegó la mañana. Bajó sin prisa la escalera, saludó al señor M y anduvo por el pasillo hasta llegar a su habitación. Se quitó la ropa entera y se tiró a la cama. La cama era una nube. A media tarde llovió sin piedad y tal vez caería la nieve con la llegada del crepúsculo. Las cinco de la tarde y ella sintió trastocado el reloj de su naturaleza. Leve jaqueca, pastillas, un andar zombificado y lerdo, torpeza en el hablar. Antes de volver a su puesto de vigilia, prendió el televisor en busca de alguna noticia. Nada, ni un monstruo, ni un rumor. Las noticias giraban en torno a sucesos inconexos, inocuos. Podría vivir así durante muchos años, pensó, y al terminar sintió un escalofrío. Debía ser consciente de cuándo parar. Cuándo cortar los lazos con la ciudad y seguir extendiendo una vereda por el mundo.

Entre esa noche y muchas que siguieron no hubo realmente variaciones. Aparecían los mismos gatos, los mismos vagabundos, los coches de la guardia urbana que eran todos similares. Pero nada verdaderamente monstruoso. En el límite del sueño y del tener abiertos los ojos, creía ver la palabra “bestia” pintada con grafito en las paredes verdes de la caseta de vigilancia. Después de quince noches llegó la primera paga y la monotonía se confirmó de lleno. Compró libros sobre cualquier temática, raciones de comida enlatada y bebidas energéticas. Sabía que el señor M le regalaba siempre un café antes de entrar al turno. Confiaba en él. Era una certeza en su devenir.

También era una certeza la existencia del monstruo, a pesar de que aún no había aparecido y de que el señor M tampoco había visto rastros de algo fuera de lo común. Sólo la mujer pelirroja permanecía segura de sus argumentos. La bestia, decía al acomodarse los lentes, ronda en nuestra ciudad y es mejor la prevención, es lo que todos deberían hacer para salvaguardar la vida.

Madrugadas idénticas. Pensaba, entre un punto y otro de la noche, que alguien había delineado un patrón del tiempo y lo dejaba reproduciéndose como una película antes de irse a la cama, un demiurgo sin demasiada imaginación. Recordaba imágenes dislocadas de sus temporadas en Winnipeg y Verona, el tiempo que tardó en acostumbrarse a la altura de La Paz. Y esas fotografías, recuadros de años que empezaban a alejarse en el tiempo, se proyectaban breves segundos en las ventanas de las luces encendidas de los edificios.

Pero cambió el clima. Hubo una noche de tormenta durante la primavera. La luz, de repente, no podía atravesar la pared de agua que caía. Atrincherada cerca de la ventana, parpadeando la luz de una bombilla y con el radio lanzando ruidos incoloros, ella creía ver serpientes nadando en el agua de lluvia acumulada, gruesas serpientes que luchaban por entrar a los edificios, por subirse a los árboles. Una de ellas, según le dejó ver un relámpago, trató de subir por la escalera de la caseta de vigilancia.

Por la mañana el agua había corrido a un río cercano. El cielo era una materia uniforme y gris. Se dejaban sentir los indicios de un resfriado en puntos estratégicos de su cuerpo.

La paga llegaba en tiempo y forma, pero la pelirroja dejó de aparecer paulatinamente. Dejaba el dinero sobre la mesa de su escritorio. Al salir de la oficina, la chica volteaba hacia ambos lados del pasillo azul y sentía, tenue pero inmóvil, la impresión de una mirada.

Una tarde de verano decidió que el momento había llegado. Que requería algo más desértico. Cayó de peso la rutina. Comenzó a prepararlo todo para la partida. Tonos azules y verdosos en el cielo durante las tardes, violetas durante el inicio de la noche. Una de las últimas veladas, la pelirroja salió a pasear al jardín. Jaurías de perros urbanizados a medias ladraban en las cercanías. Miró el reloj, mordió una galleta y esperó. Las tres de la mañana. Entre ruidosas formaciones de mosquitos, la chica pudo ver, a contraluz, la figura de la mujer pelirroja desnudándose sobre el pasto, inclinándose como si se dispusiera a orar. Y sollozaba. Se incorporó, el pelo rojo fundiéndose con el tono de la luz nocturna sobre el césped, y buscó la ventana de la caseta de vigilancia con el rostro. El monstruo, el peligro está a punto de llegar a nosotros, ya es demasiado grande, exclamó con palabras desgarradas. Apuntaba a la chica. Y en los edificios se encendieron algunas luces, ojos detrás de las cortinas trataban de interpretar las figuras de la madrugada en el mundo ajeno a sus habitaciones.

Estamos en riesgo, gritaba la mujer, el monstruo vendrá a destrozarnos a todos, es una bestia, un animal que no saciará nunca su sed, y se inclinaba, y oraba. Y lloraba luego. Sólo entonces la chica tomó el teléfono y marcó un número. Ya el señor M se acercaba con una gruesa cobija y una cajetilla de cigarros cuando, entre los muros de los edificios vecinos, destellos azules y rojos empezaron a moverse en círculos, acercándose sólo porque era su deber hacerlo. Porque hubo un llamado y alguien debía responder a tiempo, antes de que fuera demasiado tarde.

 


Román Villalobos (Lagos de Moreno, 1991) Licenciado en Humanidades con orientación en Letras por la UdeG. Autor del libro Pequeña ciudad eléctrica, de próxima publicación, y co-autor, junto con Nancy Cedillo, Isabel Escobedo y Paúl Martínez, del libro de poemas Pieza de paso, publicado en 2015. Actualmente colabora como columnista en el proyecto virtual Hýbris y trabaja como productor en Radio UdeG en Lagos.

 

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