Iquitos, el Perú, marzo y abril del 2013.

Navegar é preciso, viver não é preciso

Caetano Veloso

Dirección: Oriente

Manaus: 2 675 km

Océano Atlántico (sí, Atlántico): 4 175 km

Voy en caída libre desde hace días. No tengo idea dónde poner el dedo en el mapa para ubicarme un poco al menos, mi español mexicano es casi inservible y tengo la sensación que este barco se hundirá de un momento a otro. Es mejor no hablar, pasar desapercibido (soy limeño, soy un pata tranquilo y nada más) y cuando el barco se hunda apretar el culo para que ningún pez entre por ahí.

Estoy en el Amazonas: el sueño de mi hermano, la locura de los conquistadores, el desierto verde más grande del mundo. Guardo la misma certeza de Goran Petrovic: en el Amazonas está una rama del árbol del universo: eso me trajo aquí. Eso y la farinha de mandioca.

Foto de Alejandro Ávila Saulés

Antes de entrar al Amazonas brasileño paso por Iquitos. La selva es dura y salvaje para el hombre, sólo veo muros de agua y casas elevadas sobre el río que los turistas y los ricos se obligan a ignorar. El cuy asado, comida típica de la selva peruana, con sus dientes de roedor asado es un platillo difícil de digerir para el citadino promedio. En el mercado Belén está el espectáculo nacional: las frutas que sólo nacen y mueren aquí, los fetos de llamas para los rituales, las grandes hojas de tabaco que una negra enorme  lía. Por todos lados agencias de turismo y gente local que busca exprimir a los europeos ofreciéndoles ayahuasca, rituales de sanación, etcétera. No llegué aquí como turista y no empezaré ahora.

Foto de Alejandro Ávila

Foto de Alejandro Ávila Saulés

“Ey, Black” así se hablan los haitianos  que buscan refugio en el Brasil. En el barco hacia la frontera los reconozco. Después del temblor en Haití en el 2010 miles de refugiados encontraron trabajo y techo en ciudades brasileñas. Varios hombres gesticulan un francés caribeño (que ellos llaman haitiano) ríen, cantan y forman grupos herméticos en el barco. Logro cambiar algunas palabras con un black delgado, no deja de fumar y me dice que es su cumpleaños. Sin darme a notar fotografío el perfil de su hermosa amiga, una negra que mira el atardecer melancólicamente y no habla más que monosílabos.

Algunos días después arribo a Leticia, lo que significa un corto regreso a Colombia. Muy lejos de esa Colombia céntrica o cafetalera, la amazonia colombiana es territorio inexplorado. Aun así los policías me miran con recelo, igual que sus colegas rolos y paisas. El ambiente es húmedo hasta la locura, hay una casa de cambio cada cien metros, una cervecería cada cincuenta y tengo en mi espalda el record mundial de piquetes de moscos. Conté 28 pero tal vez son más. Conocí muy tarde la vacuna de la fiebre amarilla, sin saber el riesgo ni darle importancia a mi irresponsabilidad. Cómo sea, estoy en la Selva, pa’ donde mire hay verde.

Esto es un espacio geográfico especialmente excéntrico: una triple frontera, justo donde Perú, Colombia y Brasil se unen en el Amazonas. Sus pueblos, Santa Rosa, Leticia y Tabatinga, respectivamente, son estaciones más o menos abandonadas en medio del río y del soporífico calor.  De Santa Rosa sé poco, aquí todos buscan los reales y sólo es un puerto para salir a Islandia, capital del distrito de Yavarí. Tabatinga es decepcionante, no es para nada el Brasil que esperaba, aunque no tengo idea que es lo que esperaba. Sólo comercios, cerveja estupidamente gelada y gente totalmente ebria. Sumado a que no entiendo un carajo de portugués amazónico.  Al menos me rencuentro con los haitianos en la oficina de migración, me saludan y ríen, ¡México!, dicen. El barco sale hasta la segunda-feria, es decir que tengo dos días para preparar el viaje, huir de la policía brasileña y tomar cerveza hasta el hartazgo.

Ver, escuchar… sobrevivir, dibujar bichos que a veces son letras sobre mi cuaderno, esconder la gripe y la locura, lamentar mi espalda que sufre por largas noches de hamaca. Camino a Manaus. Un negro lee la biblia (no un afro, no un negrito) entre el zumbido ensordecedor del motor y la enredadera de las hamacas…

Y me siento envejecer a cada paso. No sé si es el corte de pelo, el calor, el chacchar coca, pero soy una piedra. Así hablaba Zaratustra me ayuda a levantarme, ele me fala ao oído. Sólo queda leer y fumar para pasar los días sobre este barco.

Manaus aún queda lejos pero el portugués ya se respira. Un río que parece mar, árboles que llegan al sol, el agua turbia y sus criaturas llamando a la muerte. Soy un nómada, un sedentario que encuentra en el fluir del río lo necesario para seguir.

Foto de Alejandro Ávila

Foto de Alejandro Ávila Saulés

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­Esto la primera entrega de la cartografía de Espergesia Morales, o pretende serlo. Pretende ser también un espacio de crónica, de realidades bizcas y golpes a la quijada. La crónica de un viaje, de un perderse en la ciudad o de una salida por las tortillas, es para mí un bolado, el descifrar de un esquizofrénico en potencia. “Tú que estás sola frente a mí, dime sin mírame a los ojos, dime, ¿quién soy?” dice Leopoldo María Panero, y nada podría ser más tentador, mirarnos sin vernos y que sólo el reflejo del agua o el brillo del smog nos delaten.

Adelante están rabiosos senderos.

Bienvenidos.