Juan Carmen despertó tarde, sin muchas pretensiones para la jornada. Haría el aseo, se daría un duchazo, luego el desayuno y, en las siguientes horas del día, el trabajo. Se estiró y volvió a acomodar su cabeza sobre la almohada. El sol llevaba unas cuantas horas cociendo la ciudad. Se levantó por fin. Dijo buenos días y entró al baño. Se lavaba las manos con movimientos automáticos; levantó la vista y se miró al espejo. Detuvo sus movimientos para poder mirar con atención su reflejo. Después de un rato, concluyó que, definitivamente, era más alto. El reflejo de las perchas a sus espaldas lo atestiguaba y, más aún, lo demostraba. “¡Anda!, estoy más alto”, pensó esbozando una honesta sonrisa. Casi siempre se veía más viejo en el espejo, a veces más gordo o más delgado y en ocasiones más feo o más guapo, pero nunca se había visto más alto. Crecer en estatura con más de treinta años es inaudito. Por esta razón, quiso festejar el milagro. El trabajo podía esperar, de hecho, el trabajo, ese preciso trabajo, ya le parecía para bajitos.

Se vistió y salió a comparar su nueva estatura con los conocidos. “Hola”, dijo con voz fuerte al subir al ascensor. Ya adentro, miró un segundo los números, para luego mirar de reojo el espejo. “Sí, es definitivo, crecí”. En el descenso, abrió la puerta del viejo ascensor, cedió el paso con movimientos de torero, ayudó con algunas bolsas y respondió a la pregunta de una señora sobre el piso en el que en ese momento se encontraban; alzó la mano y tocó con su índice el tres iluminado de la fila de números colocados por encima de la puerta. “Estamos en el tercero, señora, en el tercero”, dijo lleno de sí. “Gracias caballero”, dijo la señora. Él hizo el gesto de quitarse un sombrero y la miró desde su altura. La vida es muy diferente siendo alto, pensaba mientras se dirigía presuroso a encontrarse con Miguel, su amigo.

Miguel, como todos los días, estaba en el café. Juan Carmen, a diferencia de otras veces en las que saludaba, tomaba asiento y pedía un café con leche, en esta ocasión saludó efusivamente a su amigo extendiéndole la mano y levantándolo para un abrazo. Mientras se abrazaban, Juan Carmen miró por encima de la cabeza del atónito amigo. Miguel era diez centímetros más alto que él, pero debido a su cuerpo delgado y encorvado nunca se había notado esa diferencia.

Después de una charla con ademanes, sonrisas a la camarera y cuestiones filosóficas, Juan Carmen se despidió de Miguel para seguir su travesía de hombre alto. Su siguiente parada era el almacén de prestigio. Ese que siempre visitaba tímidamente. A su llegada saludó al guardia con donaire. Sus pasos eran lentos y firmes. En los mostradores de perfumes, se hizo tan simpático que además de perfumarse sin culpa, obtuvo el número telefónico de una de las dependientas. Por último, se compró un pantalón de largo regular y no uno de largo short, como acostumbraba.

Al caer la tarde, entró al bar de gente guapa. Ahí pidió una cerveza y permaneció de pie cerca de la barra. No tardó en iniciar la charla con otros tertulianos. Hubo risas, invitaciones, intercambio de números telefónicos, e incluso, una propuesta amorosa de parte de una joven de alcurnia. Él se rehusó a tal proposición, pues no tenía práctica y quería ir poco a poco en este sentido. Además, desde su nueva estatura, no le sería difícil conquistar a la chica que le gustaba.

El día había sido espectacular. Lo único que faltaba era darle la sorpresa a su madre. ¿Qué iría a decir ella de que su hijo hubiera crecido más?

Al llegar a su casa se apareció inmediatamente frente a doña Carmen. Posó como bailarín frente a ella mientras ésta retorcía el cuello para seguir viendo la televisión.

“Hola, mamá. ¿No me notas algo diferente?”, dijo él.

“Sí, que llegas tarde y oliendo a perfume barato. Ya déjame ver la tele”, increpó ella.

“No, mira bien, estoy más alto”.

La madre miró y después de unos segundos dijo: “Yo te veo tan enano como siempre”.

Juan Carmen se fue directamente a su cama. Se repetía una y otra vez que las palabras de su madre esta vez no lo afectarían. Aunque, por más que pensaba, no se podía explicar cómo su progenitora conseguía las palabras exactas para poder herirlo. “¿Pero, cómo lo hace?”, se preguntaba. Trató de olvidar lo de su madre y de recordar su día, su primer día con su nueva estatura, el inicio de su nueva vida que seguramente iba a estar llena de alegría y de respeto. Así, recobrando el ánimo, después de aquellas palabras hirientes, se fue durmiendo.

A la mañana siguiente, despertó contento y listo para la acción. Colocó su pantalón nuevo sobre la cama y se frotó las manos. Entró al baño a mirarse al espejo. La imagen era impactante. Según el reflejo de su imagen en relación a las perchas de la pared, Juan Carmen tenía la misma estatura de siempre, esa estatura que, a su parecer, no le había permitido lograr casi nada. Inmediatamente pensó que su madre tenía que ver con tan mala situación y fue hacia ella.

“Mamá, ¿qué le pasó al espejo?”, dijo con tono serio.

“¿El espejo? Ah, sí. Estaba un poco inclinado, pero ya lo arreglé”, dijo la madre.

Juan Carmen regresó al baño. Comenzó a lavarse las manos y su mirada se fue perdiendo en el color miel de sus propios ojos.

 


Octavio Cano Silva. Filólogo, doctor por la Universidad de Barcelona. En el campo de la creación literaria, ha publicado cuentos en revistas electrónicas y el poemario Croquis (2015). Es autor de artículos de investigación sobre el español de México y del libro Explosión de posibilidades. Análisis estructural de algunos cuentos de Julio Cortázar (2015). En México ha sido profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México y lexicógrafo de la Academia Mexicana de la Lengua. Actualmente reside en Barcelona en donde se dedica a la investigación del léxico del español de México y a la creación literaria.

 

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