A Persia, todo mi corazón

 

Algún día enterraré a nuestros gatos, lo sé. Sobre todo cuando se encierran en sus más obstinados pensamientos a la hora de la comida y uno se queda callado, intentando descifrar el idioma de su respiración meticulosa que se confunde con un agradecimiento de a poquito.  Me fascinan los gatos siameses que caminan a través de sombras, esculturales, tremendos, porque en sus pasos de vidrio no queda sitio para las dudas y en el espejo de la noche se reconocen, beben siluetas, maúllan un blues. Me encantan los gatos pardos, genéticamente imposibles, arrojados casi siempre hacia los rincones de una ciudad sonámbula. Adoro a los gatos moribundos, escasos de argumentos sobre la vida. Estoy seguro de que fueron sobornados por la noche. A veces, cuando escucho sus pasos insomnes, dejo un plato lleno de aves y peces, si es que acaso la oportunidad lo amerita. Me conmueven los gatos que regresan de la muerte felices, esos que dan a luz a la mitad de un basurero y les regalan a sus crías el consejo más hermoso: la orfandad. Me gusta la cicatriz que permanece en los muebles de las salas, en los edredones o en los zapatos, anticipo siempre unas garritas que se despiden. Admiro a los que se durmieron para siempre debajo de unas llantas, los gatos anestésicos de veneno, o los que sucumbieron por la mediocre tarea de velar a la luna, ya que encima de sus cadáveres construiremos casas y tal vez uno o dos cementerios. Estoy felinamente convencido, esta madrugada dejaré la ventana abierta.

 


Joaquín Filio (1991. Mérida, Yucatán). Escribe cuentos y ha publicado en revistas y portales como Tierra Adentro, Digo.Palabra.Txt y Punto en línea.