[El poema experimenta una perpetua mutación y los más jóvenes se arriesgan a captar la vivencia del presente, que no por fuerza se entrega a las facilidades de retratar el entorno de violencia. La edad de los salvajes (2015), primer libro de Ingrid Bringas (Monterrey, N.L., 1985), es un recuento de instantes para diluirse con la secuencia de los días. En sus páginas, un hallazgo lleva a otro y las virtudes de la palabra otorgan el perdón a quienes se arropan en él. Aquí una conversación con la autora.]

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—El cuerpo de la mujer es un eje temático en La edad de los salvajes. ¿Es una mirada en el espejo o una conversación abierta con el género femenino?

Efectivamente, es una conversación con lo femenino, también con lo animal, hay un vínculo estrecho con lo femenino en cada verso una emancipación con la intimidad y con lo carnal, el diálogo con el cuerpo desde mi punto de vista como descubrimiento, en el que llegas a saber cosas de ti para explicar al otro; cosas que antes te pasaban por inadvertidas, es necesario estrecharnos con todo lo femenino que nos rodea, es el eje principal.

 

—El aspecto sensorial se vuelve central. ¿Aún podemos conocer la realidad con los sentidos, o es un atributo exclusivo del poeta?

Lo sensorial es el leitmotiv en la poesía, considero; la realidad se palpa a través de los sentidos no como atributo único del poeta, los matices sensoriales son percibidos de forma distinta por cada persona, en el caso del poeta es necesario plasmar lo sensorial para atribuirle el alma al poema, lo sensorial como fenómeno estético, para provocarnos algo sorprendente o conmovedor, o que nos llene de belleza.

 

—La ironía es una navaja doble. Corta a los demás y termina por sangrarnos. ¿Qué uso le das en la construcción poética?

Bueno, la ironía o algo de sarcarsmo que se utiliza en la poesía para su construcción para mí es fundamental porque es una conversación interior, verle lo gracioso a la desgracia, como un lenguaje raro que termina por hacernos reir un poco y darnos cuenta que no podemos escapar de ciertas realidades, la ironía es cercana a la gente, a la realidad y a veces a las realidades que rechazamos, el poema no acepta lo falso, siempre se rebela y para mí casi siempre de forma irónica para romper con la verdad.

 

—La vivencia amorosa no deja de ser un enigma, a pesar de la edad que se tenga. ¿Cuál fue tu experiencia al abordarla desde la poesía?

La experiencia en el proceso de abordar la vivencia amorosa es mostrar como al amor como un sentimiento sin rostro, como una prenda que cualquiera puede portar no importa su sexo o su edad, la vivencia amorosa es un disparate que a todos nos gusta, y a veces la poesía no escapa del romanticismo.

 

—La ciudad es el escenario constante de los poemas. ¿Aún es posible “vivir la ciudad”, no obstante la fuerza de la experiencia digital?

Siempre vivimos la ciudad no podemos escapar de ella estamos inmersos en ella, la experiencia digital es una ciudad también se vive de una manera distinta no palpable pero ahí está y nos marca.

 

La edad de los salvajes admite una lectura erótica. ¿Fue la intención al escribirlo?

Trato de no hacer una escritura erótica, pero al final emana de forma nata, mi opinión es que lo erótico está en todas partes y la literatura no se escapa de ello, principalmente la poesía, siendo sincera no era mi intención que La edad de los salvajes lo fuera al final esa fusión del cuerpo y ciudad, dieron como resultado versos eróticos plasmados en la mayoria de los versos.

 

—¿Cuáles serían los poetas mexicanos o extranjeros con los que sientes más afinidad para tu escritura?

En estos últimos años mis preferencias poéticas han cambiado, pero sin duda siento mucha afinidad con los y las poetas que son muy viscerales, me quedo sin duda con Aline Petterson, José Carlos Becerra, Anne Sexton y Elizabeth Bishop, los siento muy cercanos a mí y lo que siento por la poesía.

 

—¿Cómo fue la escritura del libro? ¿Los poemas se escribieron de un tirón o se fueron acumulando con el tiempo?

Fue un proceso largo de casi cuatro años, empecé a escribirlo cuando tenía 26 años y fue un borrador bastante amplio de casi 100 hojas y por supuesto fui desechando poemas que no me gustaron y cambiando el cuerpo de los demás poemas, mi relación con la poesía y mi vivencia con ella de manera formal fue tardía primero fui y soy lectora, después ya la tomé en serio para escribirla, no empecé tan joven, por cosas del destino no tenía ese don o esa inspiración, más bien me descubrí poeta de una forma extraña, como una sanación a todo lo que me pasaba.