De romanticismo, posromanticismo y modernidad

(o cómo las rimas de Becquer nos guían hacia la reflexión de lo inaprehensible)

Capítulo I. Rima II.

Aceptamos la muerte de dios[1] como algo cotidiano. Despertamos todos los días, miramos nuestros ojos abismo en el espejo y nos alegramos de nuestra ignorancia de no saber a dónde vamos, por qué vamos o si nosotros mismos podremos acompañarnos. Hemos sido convertidos en nuestros propios oráculos desde que nos repiten incesablemente que llegamos, ¡por fin!, a la modernidad: esa obscuridad profunda llena de óbices transparentes y silencios abrumadores que nos ensordecen cuando creemos haber escuchado la única respuesta que nos puede liberar del caos. Somos saetas, hojas, olas, luces… somos suspiros de un espíritu lejano, impulsados por una mano invisible que nos despojó de todo recuerdo de su infinita existencia. Renacemos diariamente en la época mundana, destinados a buscar algo que no conocemos, pero que sabemos que está allí porque lo hemos sentido como un susurro leve al oído sonámbulo.

            Lo único que queda es continuar siendo inciertos, vagar en las calles de la ciudad de la furia, con la mirada baja por si nos hallamos a nosotros mismos detrás de una migaja de concreto. Al final podemos estar seguros de que todos los caminos conducen siempre a la Nada (o, como escribió un beatnik con las venas repletas de apariciones: the road must eventually lead you to the whole world).

Capítulo II. Rima III.

Más de cien años después de que Hegel publica la Fenomenología del Espíritu y de que Kant habla sobre la razón y lo nouménico (biblias de la filosofía dura, dicen los intelectuales), se publica Rimas y leyendas, obra de un español de apellido flamenco.

            Realmente no hay importancia en aprenderse las fechas de memoria. Lo que de verdad interesa es notar el continuum filosófico vertido en estos libros[2]: la noción de que hay algo ideal o espiritual que puede atravesar al artista en el clímax de la creación. Este artista (el héroe romántico, el buscador moderno de El perseguidor… en fin, el genio) tiene dentro de sí la mezcla de lo dionisíaco y lo apolíneo: Tal es la inspiración/ (…) Tal es la razón.

            El constante movimiento y choque de estas culturas marca un esquema que es seguido en todos los niveles de La Realidad, y quizá también de Lo Real o metafísico: en un solo fragmento del espacio y del tiempo, dos ideologías diferentes conviven, colisionan, se absorben y se destruyen hasta dar como resultado algo tan deforme como la modernidad.

            Por este motivo, no es sorpresa que de pronto nos encontremos a nosotros mismos amando con una pasión desquiciada, para después pasar a sistematizar racionalmente el número de gotas de rocío que tiene la hoja de una orquídea; deseando estar siempre fuera de lo mundano y mortal, pero conformándonos con los placeres fugaces que ofrece la realidad más inmediata; abrazando el borde de la locura para quedarnos varados en el límite de la razón. Somos una lucha constante entre lo romántico y lo moderno, lo dionisíaco y lo apolíneo (en síntesis, lo fenoménico y lo nouménico): reproducciones a escala de un número infinito de dialécticas que atraviesan el pensamiento filosófico de los idealistas alemanes y de aquel poeta de la lengua española.

Capítulo III. Rima V.

Nuestra orfandad espiritual se compensa con la fundación de sistemas filosóficos que se sostienen fuertemente sobre un complicado nivel de abstracción. Por eso podemos hablar de un Espíritu o una Idea hegeliana que se piensa a sí misma dando vueltas e intentando alcanzarse, cayendo siempre en la trampa de un espejismo con un letrero que dice: Esta noche, a partir de las cuatro, Teatro Mágico -sólo para locos-. La entrada cuesta la razón. No para cualquiera.

            Es absurdo pensar en la posibilidad de abrir la entrada de este teatro sin encontrarnos con una infinidad de puertas que dan a un vacío eternamente diferente (una Idea en interminable movimiento nunca podrá ser idéntica a sí misma). Por eso, al asomarnos por una de las salidas hacia la Nada, sentimos un escalofrío que recorre nuestro cuerpo, y que nos recuerda la multitud de dimensiones subjetivas que conforman La Realidad.

            Esta multidimensionalidad puede explicarse a través de un breve y sencillo ejemplo: pensemos en una piscina gigantesca llena de un líquido negro, estático, dentro del cual se encuentra una esfera plateada que gira pero jamás se desplaza. Al lado de esta piscina hay otros miles de millones iguales, con el mismo líquido y con idénticas esferas de color alunado: cada una de ellas tiene su propio depósito para rotar a la velocidad deseada. Además de eso, es importante recordar que todas estas piscinas forman parte de una piscina más grande, inmensa, lo que brinda la posibilidad de llamarnos “mundo”. Así pues, en este mundo hay lugar para toda experiencia posible y para toda posibilidad de experiencia (moglicher Ertahrung y Moglichkeit dur Ertahrung); formamos parte de una sola objetividad, de una desconocida esencia que deviene en cada subjetividad existente.

Para concluir con el modelo de piscinas me permito hacer un par de anotaciones finales: el líquido negro representa al espacio, pero el tiempo no es representado con algo en realidad. El tiempo es y no es el giro de cada esfera plateada (supongo que por eso es relativo), por lo cual –quizá- debería estar fuera de la ecuación; parece que se inventó solamente para llenar espacios vacíos en teorías complicadas. Otra cosa interesante es la relación de todo esto con la entropía: a medida que algo se mueve dentro del espacio se genera cada vez más caos. Es como si, de manera natural, todo tendiera a la fatalidad.

Capítulo IV. Rima VII.

Tenemos animales dormidos bajo los dedos de las manos; diminutas bestias que no pueden vivir en cualquier ecosistema: necesitan alimentarse de la sangre de los poetas, los músicos, los pintores… de todos aquellos que alguna vez transformaron el más irreal (o ideal) de los anhelos en una obra maestra. Estos duendes o musas o demonios habitan en el genio de aquellos que tienen dentro de sí todos los sueños del mundo, esas personas conocidas como artistas. No obstante, estos artistas no siempre logran despertar a las pequeñas criaturas; a veces es suficiente el sonido de una hoja seca cayendo lentamente hacia unos párpados abiertos. Pero en otras ocasiones la hipersensibilidad no es suficiente: se necesita sangre, metafórica o treal. Es entonces cuando los ojos de los artistas se llenan de todo el dolor del mundo, y lloran a lágrima viva hasta quedarse dormidos en plena vigilia; exploran la hostilidad del sonambulismo, o se entregan a la embriaguez del opio y de todos los placeres naturales o artificiales que alteran la conciencia.

A propósito de esto último, un famoso filósofo francés afirma: la embriaguez es la absolución, el desencadenamiento, la ascensión libre hacia el fuera del mundo. Es el goce: la identidad en el abandonarse al empuje que desata lo idéntico, el cuerpo reducido a su espasmo, a un suspiro o un grito arrancados, exclamación entre lágrima y lava. La embriaguez es el deseo mismo de estar embriagado, el Espíritu buscándose para fracasar justo en el momento del encuentro, en el Ghiza desprendimiento del cuerpo y de los límites físicos; es la comprensión a través de la negación del Todo. La sola búsqueda de comprensión total es en sí misma dolorosa por inalcanzable (a veces incluso inútil y poco práctica); pero la embriaguez siempre tendrá un rastro de cobardía: no por buscar vivir en ella, sino por abandonarla al borde del Vacío.

Capítulo V. Rima VIII.

Los poetas místicos del siglo XVI lograban alcanzar niveles de conocimiento más elevados que los de cualquier ser humano por medio de la contemplación. Eran poseídos por un ser superior al que metaforizaban, una vez conscientes, en imágenes que eran confundidas de manera ocasional con escenas eróticas. Esto se debe a la limitación del lenguaje para hablar de ciertas cosas. Por ejemplo: un día me puse a pensar en el sabor del anís. No me gusta por ser demasiado fuerte, chillante a la lengua como el color amarillo en los ojos. Imaginemos pues el color amarillo; no una flor o un lápiz o algún objeto amarillo (ni siquiera una hoja o una mancha de pintura). El color amarillo per se naciendo gracias a la luz y a todos esos procesos complicadísimos que hacen que ya no quiera sacarme el ojo con una cuchara. Así es el sabor-color del anís, y así son coordenadas de todo aquello visto por los místicos: como el color amarillo fuera de sus referentes concretos. Entonces, ¿cómo describir algo externo a lo real con una herramienta que nunca abandonará su nivel de referencialidad?

Capítulo VI. Rima XXIV.

Si es cierto que existe una Totalidad inherente a todo ser humano, entonces también debemos creer en el amor platónico y en la comunión de las almas. Aunque muchos desearíamos vivir ascéticos y ermitaños, aislados de esa masa sofocante y autolegitimada llamada civilización, sabemos que hay un impulso irracional brotando de vez en cuando para recordarnos nuestra condición dual formada por lo mortal y lo trascendental.

            Si tuviera que tomar palabras prestadas de la tinta de alguna autoridad, describiría con lujo de detalle cada una de las características del héroe enamorado que dibuja Rafael Argullol. Hablaría de la entrega total del romántico y de su rendición al postrarse frente a la figura amada. Dejaría en claro que este amor no es solamente contemplativo: es necesario tomar posesión de un amante para lograr la eterna fusión de las almas. Sin embargo, no hay que olvidar que cada acto engendra otro universo posible, aquel en el cual el enamorado convalece por la pérdida irremediable de su objeto amado. A pesar de dicho sufrimiento, dice Argullol, este tipo de héroe romántico no se resiste a la entrega y a la interminable persecución de lo trascendental. Si así fuera, nuestros héroes inmortales como Novalis o Schlegel no habrían dejado testimonios de ese sentimiento desbordante que atraviesa todos los universos posibles, tomando forma en la obra, ese momento orgásmico del despertar del genio.

            Pero, como dije al principio, ésas son palabras –más o menos- de Argullol, imágenes de ideas que al hombre moderno le parecen extrañamente familiares pero lejanas. Este hombre, que encierra dentro de sí su propio ser antitético y romántico, no conoce ya de placeres perdurables: todo ha sido reemplazado por la fugacidad permanente de las cosas, por la pérdida de lo aurático y la desacralización de todo ser material. Al individuo moderno le parece imposible llenarse las manos de gozo sumergiéndolas en la misma fuente por más de una ocasión. Hemos llegado al margen del consumismo absurdo, y nos avergüenza voltear la mirada hacia todo aquello que hemos destruido por saciar la sed mundana que despiertan nuestros impulsos modernos. Ahora, con felicidad hipócrita y un torpe afán de autosatisfacción, repetimos orgullosos: anoche soñé que quería a alguien; afortunadamente en esta vida no sucedió.

Capítulo VII. Rima XXXVIII.

Dicen que los mejores fantasmas son los que no aparecen. Recientemente escuché una conversación sobre los daños que producen los tumores cerebrales. Mi abuela, por ejemplo, hablaba de sus padres muertos y pedía que los sacaran de la habitación gritando groserías. Supongo que renegar de la familia viene… pues… de familia. Bueno, el punto es que me parece que hay fantasmas cuyas apariciones no se pueden evitar y resultan incómodas. Pero hay casos en los que, lejos de ser indeseables, se añoran al mismo tiempo que se intenta negar su realidad fantasmagórica. Hay cosas, pues, de las que no podemos desprendernos por completo. No sé por qué, y me ahorro las líneas para intentar explicarlo. Lo que quiero decir con todo esto es lo siguiente: cada aparición (de un vivo, de un muerto, de un ausente) tiene como centro de origen lo desconocido e irracional del yo, del Todo. Negar esto sería lo equivalente a decir que las cosas son sin ser, y que somos la aparición de la aparición de una miga de polvo espacial.

            Estamos tan acostumbrados a la velocidad con la que gira el planeta que no podemos detenernos a pensar en aquello que lo impulsa, en lo que está detrás de la gravedad y el tiempo y la entropía: eso que sostiene con fuerza titánica la expansión del universo, y que tarde o temprano acabará absorbiéndonos en la implosión de tres mil millones de millones de agujeros negros… todo esto en el mismo instante.

Capítulo VIII.

Si tuviera que obtener algún tipo de conclusión de todo este rodeo, sería la siguiente: el mundo -material, total- está hecho de ideas que se desprenden de un solo Espíritu. El Big Bang, las estrellas, la evolución, y luego, nosotros. Nacimos con la información genética necesaria y todo eso, y tenemos que morir solamente pare revivir en una Indeterminación omnipresente. Esto es similar a reencarnar en ti mismo, y vives en la misma eternidad una y otra vez sin darte cuenta. Das vueltas alrededor de algo (de un completo, supongo), y lo mismo sucede con todas las demás personas. Eso quiere decir que el mundo fue mundo sólo una vez, y mientras cada individuo recorre su camino, va llenando ese Vacío interminable que es el lugar que le corresponde desde que nació.

Pero la idea es que todo eso nos resta realidad material, por tanto morir y nacer y estar en tantos lugares y al final no estar en ningún lado. Es como si cada parte del Vacío que vamos llenando fuera una hoja de papel que se encima en otra que se encima en otra que se encima en otra… y así se forma lo que vemos todos los días. Era más o menos así (como la teoría de cuerdas, pero menos teórica y mucho menos cuerdística). Y era más o menos eso lo que el hombre podría sentir cuando sus pies estaban hechos de aire y no de plomo; cuando La Realidad podía traspasarnos y nuestros poros no estaban cubiertos con todos los rencores de los dioses olvidados.

Pero [todo esto] no quiere decir nada.

[1] Entiéndase “dios” como cualquier ente superior que se encuentre más allá de toda comprensión humana.

[2] En el caso de Bécquer, específicamente en la rima III.

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Diana Hernández (Hidalgo, 1994) Actualmente estudio la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. En mayo del 2014 un cuento de mi autoría, titulado “Uróboros”, fue publicado en el número 19 de la revista Penumbria, especializada en géneros de terror y ciencia ficción.