Ella dijo haber oído que venían. Dijo que los había escuchado anunciar promociones, las fechas de inauguración y los horarios. Habló hasta de un mago y… Ella dijo.

De la noche a la mañana, la niña se había vuelto muy laboriosa. Un día lavaba la loza entera; otro día metía la carga de ropa a la lavadora. No dejaba que su madre diera un paso sin sacar provecho de los quehaceres. Y estiraba la manita para recibir el pago, una vez hasta un billete de a veinte le dieron. Y se iba a su cuarto contentísima, a guardar el dinero en un bote de yogur. Sus ahorros para comprarse un boleto, uno por cada día de la semana, pues no quería perderse ni una sorpresa en lo que estuvieran en la colonia. Su madre, ensimismada, simplemente le decía sí, mija, yo te llevo, tú me dices cuándo y vamos. Pero ella seguía atareada, meneaba la cabeza de un lado a otro, con los ojos en blanco.

Te juro, Martha, que anda de un hacendoso la niña…. Ya me ayuda a trapear, ya saca la basura. Que hace de todo la chamaca porque quiere ir al circo, le dice la madre de la chiquilla a su amiga de toda la vida, un café humeante en la mesa, un plato con galletitas. Pues yo no he escuchado nada, le contestaba Martha, pero, ya ves, a lo mejor por andar una todo el día con el pendiente de qué hacer para comer, que si no alcanza el dinero para la despensa o que si ya van a ser vacaciones y ni para el balneario va a ajustar. En fin, Martha, pero mientras no sea para cosas indebidas, que eso de ir al circo a ver payasos, leones enjaulados y elefantes amaestrados no es malo. Total, mientras sea por su diversión… hasta el otro día le di veinte pesos por barrer la pura sala, Martha, veinte pesos, y se metió la señora a la boca, después de remojarla en el café, una galleta.

Sí, Lupita, de veras que mi mamá me dio ayer veinte pesos, le decía la chiquilla en la puerta de la casa a su amiga. Ella, Lupita, meneaba la cabeza, ay, a mí mi mamá me dice que ya no me va a dar más dinero, me dijo que para qué quiero tanto. Pero es que ya quiero ver a las bailarinas con sus vestiditos y esas jirafas… te acuerdas la primera vez que pasaron por la calle diciendo que el circo había llegado, le preguntó. Sí, Lupita, le devolvía la chiquilla eufórica por tener mucho más dinero del necesario para asistir una semana entera a cualquier función. Cómo no me voy a andar acordando, si las bailarinas de rosa, con su cabello bien agarrado con chongos y los tigres con sus colmillos largos es lo que más quiero ver. Y aplaudían las dos en plena banqueta dando saltitos, sonrientes las niñas, con sus dientes blancos.

Por la noche la niña soñaba con grandes piruetas realizadas por musculosos hombres de largos y finísimos bigotes y esbeltas mujeres con bellísimos tutús en una carpa verdeazulada de inconmensurables dimensiones. Con nada que los protegiera, salvo su habilidad y perfeccionamiento de la técnica, colgados de un techo que no se veía por lo alto, los trapecistas giraban en el aire de un columpio al otro. Trompetas sonaban, tambores; payasos aventándose cubetas de papel picado; artistas del fuego escupiendo llamas hacia los cuatro puntos cardinales; toros corneando a titiriteros cuyos muñecos de madera contaban las más ricas  historias y los más graciosos chistes. Ella, ella sonreía, en una butaca desde donde lo podía controlar todo. Todo lo veía, todo lo escuchaba, todo lo disfrutaba.

Y en un momento mágico, toda música cesó, payasos y acróbatas desaparecieron por una puerta, todo se oscureció: en medio del escenario una luz amarilla, brillante, dejó ver al maestro de ceremonias. Con su largo bigote, un sombrero de copa, sus pantalones blancos, altas botas negras de cuero y un látigo, alzó la diestra e hizo acercarse a un feroz tigre de proporciones increíbles. De pronto, la niña había aguantado la respiración por tremenda sorpresa y júbilo al presenciar tremendo espectáculo, escuchó el tocar infinito de unos platillos. Con el chasquido de los dedos, un aro de fuego se encendió y con un latigazo al piso ordenó al félido rayado atravesarlo de un salto. Con un golpe final a los platillos, volvió la luz, intensa, palomas salieron volando hacia las alturas, la niña aplaudió con todas sus fuerzas…

Intempestivamente, a la par que suena una marcha triunfal, volvieron a aparecer los payasos, todos girando platos rojos en la punta de los dedos, uno de ellos, vestido en divertidos harapos multicolores, con una delgada vara blanca en la nariz desarrolla complicados malabarismos con una bandeja plateada en cuyo centro se irgue una delicada flor azul. La niña brinca de su asiento. Los acróbatas realizan toda clase de piruetas, saltimbanquis bailan al ritmo de la música; las jirafas rodean el plató, un enorme paquidermo lanza su barrito, con una sombrilla en la testa, pulseras en las cuatro patas y, en el lomo, un chango haciendo sonar sus cascabeles. El maestro de ceremonias miraba fijamente su singular público, con una media sonrisa y un brillo en los ojos. La niña, al cruzar la mirada con la del orquestador de aquel espectáculo sublime, se despertó.

Mami, le decía jalándole el vestido, cuándo vamos a ir al circo, ya mañana es la inauguración y no quiero perdérmela por nada del mundo. Ya tengo el dinero para los boletos. Hasta te disparo el tuyo, mami, para que veas, y le guiñaba el ojo a su mamá. Pero la señora no encontraba forma de decir que sí. Ya salía más quehacer, que si le dolía el estómago o que si la comida se le quemaba y debía preparar de nuevo porque de lo contrario ni comían de plano.

Un día pasaba, y otro y otro más y la niña no encontraba el momento de irse al circo con su mamá. Mas las ansias le ganaban y al no ver posibilidad, se entristecía. Con el rostro gris, su caminar pesaroso, arrastrando los piecitos, la niña anda por la casa como alma en pena. Su madre, que sabe cuánto su hija desea ver los animales en el circo, y porque hasta le platica de sus sueños vívidos y fantásticos, no halla qué hacer al respecto. Y por qué no le dices a tu amiguita Lupita que se vayan con sus papás, a lo mejor su mamá tiene menos qué hacer que yo, le dijo una buena tarde, según la niña ya se había inaugurado, exitosamente, las funciones del circo. Y la pequeña se fue, corriendo a casa de su amiga Lupita, quien, con los ojos enrojecidos, pues había corrido la misma suerte que su amiga, le dijo que eso no se podía.

Mi mamá dice que no tiene tiempo, entre sollozos y mocos, le aventó la amiga, que le dijéramos a tu mamá. Es que ella me dijo lo mismo, Lupita, le devolvía la niña. Y se abrazaron desconsoladas. Qué vamos a hacer, se preguntaron al unísono. Qué vamos a hacer para poder ir, tanto que me esforcé por conseguir el dinero, Lupita. Y miraban al piso, las puntas de sus zapatos removiendo piedras en la banqueta.

A pocos centímetros de los pies de las pequeñas una paloma grisácea apareció. Con su zigzagueante caminar, el interminable gorjeo. Así, de improviso, en la cabeza de la niña se formó un plan que le soltó enseguida a Lupita: tú le vas a decir a tu mamá que vamos con la mía, y yo le digo que tus papás nos van a llevar, sonriendo le dio un codazo a su amiga. Sí, gritó Lupita, sin siquiera dudarlo un poco. Tales eran sus ansias de ver el espectáculo. Y se agarraron de las manos. Dando brincos, se abrazaron. Mañana nos vemos en el parque de a la vuelta, que al cabo está muy cerca del circo. No va a pasar nada.

Y el león, mamá, rugía tan fuerte y tenía unos colmillos amarillos tan grandes, que me dio miedo me fuera a comer, le dijo, nada más regresaron ella y Lupita del circo. Pero el señor del sombrero gracioso los ponía en orden, mami. Un latigazo y se quedaban quietecitos, terminaba la niña. Qué bueno que se divirtieran, mi vida, le devolvía la señora, limpiando de espinas un huachinango.

Y había churros con cajeta mami. Globos gigantes de colores, palomitas de caramelo, manzanas caramelizadas y algodones de azúcar, mamá, azules y rosas, decía la niña casi gritando de la emoción. Y qué te compraste, averiguaba la señora, nada, no quiero acabarme el dinero y perderme alguna sorpresa, porque anunciaron que iba a salir un mago, que es el mejor mago del mundo mamá. Y dijo el señor del sombrero gracioso que ese mago viene de un lugar llamado la India, no sé dónde sea eso, pero la cosa es que hace desaparecer a la gente, mamá, le seguía la niña. Qué bueno, mi vida, pero tampoco te gastes todo el dinero en el circo, mira que si quieres te puedo llevar a comprar ropa, le devolvía la señora, ensimismada, a la vez que le apretaba un cachete a la pequeña.

Al día siguiente, la niña salía de casa, con el cabello agarrado por una coleta con un moño rojo a toda carrera. Córrele, córrele, le decía Lupita en la acera. Habíamos quedado que yo iría a buscarte a la casa, Lupita, le devolvió la niña. Sí, pero es que hoy va a estar el mago y no podía estar sentada en la casa esperándote. Se me hacía que se metería el sol antes que salieras tú. Y se fueron ambas corriendo rumbo al circo.

Un hombre musculoso avienta brillosos cuchillos a una diana en movimiento, con una mujer en ella; jirafas corren, los largos cuellos arriba y abajo, guiadas por un domador; payasos salen por montones de un diminuto automóvil multicolor de cartón; un equilibrista, una pierna a la vez, cruza, por en medio del todo, un delgado alambre de acero; por todo lo alto seis acróbatas hacen complicadas piruetas en el aire, sin nada que, debajo de ellos, los proteja en una caída. Aplausos, tambores, risas, trompetas; total algarabía y las niñas, en sus banquitos, sonrientes como quien más. De pronto, todo se oscureció.

En medio, pasos acelerados sonaban, los artistas se iban a los camerinos. Las niñas contuvieron la respiración, sus manos entrelazadas, los corazones saltaron un latido. En ese mismo instante, un círculo de luz salió de la nada. Unos tacones hicieron eco. Los zapatos negros, lustrosos, del mago, aparecieron. Vestido de frac, sombrero de copa, y un bastón, con la piel broncínea, un bigote delgado y una piedra roja en medio de la frente. Al chasquear los dedos, los más increíbles trucos de magia vieron las niñas. Fascinadas. Sonrientes.

Ya el sol se ha ocultado. La mamá de la pequeña no sabe adónde ir. Ya va a la habitación de su única hija, ya va al baño, ya mira debajo de la mesa del comedor. Y la niña que no aparece. Suena el timbre. La vecina, consternada, con un hilo de voz, le dice que por qué no ha mandado a su hija a la casa. Pues, qué no está contigo mi niña, le devuelve la señora. No, dice alzando la voz, mi hija me dijo que tú las ibas a llevar. Pero es que cómo se puede creer, grita la señora y se acerca al teléfono. Marca el número, varias veces pues hasta confunde los números. Nerviosa, le tiemblan las rodillas. Desfallece la vecina, mareada en el sillón. Vamos al circo, le dice, en lo que contesta la policía. Tú sabes dónde está, le pregunta, porque yo no.

Completamente desesperadas, ambas señoras, después de dar vueltas inservibles por la colonia, ni un solo letrero, ningún anuncio del mentado circo, con los brazos cruzados, dan cuenta de lo que han vivido los últimos días a un par de oficiales.

Pero señora, qué quiere que hagamos si ni nosotros hemos visto ningún circo por aquí en mucho tiempo, le dice, impotente, el policía. Pero… señor, se le escapa la voz a la mamá de la pequeña, señor… tartamudea. Es que ella, continúa, la mamá de Lupita rompe a llorar, las rodillas en el piso, señor, mi niña, ella dijo haber oído que venían.

 


Héctor de Alba Salcedo. Escritor jalisciense. Ganador del concurso de cuento “Zazamilli 2015”. Ha publicado cuentos en las revistas Luvina, Clarimonda, La Peste. Participé en el workshop de novela corta 2016 impartido por Eugenio Partida en el CECBA.

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