Cristales negros rompen mi espalda:

sinfonía de las húmedas calles.

Mil martillos enfrían la piel,

 sin desgarrarla.

Las uñas crecen en el viento como abanicos,

buscando algo que las sujete.

Al fondo de esta bruma,

más allá de su sentencia,

un llanto recoge la hiel.

 

Ángeles de yeso se desmoronan,

caen sobre los transeúntes,

como un granizo de oscura estirpe,

como una fe sin amparo.

 

Mientras columnas pandean en la altura,

asediando el reino de lo azul y diáfano,

yo reúno fragmentos de vida: monolito,

y los arrojo a un charco gris

que no me devuelve el rostro.

Y el adoquín agobia de tan denso.

 

Colapsan las avenidas de la ciudad

y las banquetas cuya superficie se despoja

de los pasos que laceran con su filo,

quedando lisa, ajena a quien huye.

 

Pierden el quicio las puertas,

prolongándose como una botella sin licor,

que dirige sus filamentos hacia un mismo punto,

aquel donde se extravían las sirenas,

donde quedan en pie sólo la neblina y el hastío.

 

El eco se prolonga agónico.

Cruzo a tientas por doquier

como una yugular vacía tras el cuchillo,

y derramo mis dedos por cada farol,

a ciegas debido al blanco odio.

Y aunque el grito se arrastra

y la noche se arroja de cualquier puente,

permanezco insepulto, en calma,

roído por la sombra que todo ha poseído,

sin diferenciar entre el hierro y la sangre.

 

He traspasado tantos cercos del ruido

que ahora vago invisible entre susurros,

anónimo dentro de la vorágine pasajera,

inmune a la catástrofe que aguarda.

Errante, con una equis en el hombro

que me fatiga y señala,

recorro la médula de estos vértices

con sudor y asco, entre profecías.

 

La distancia se extingue

y yo trato de ceñirme a la aurora,

a su lánguido cinturón que asfixia.

No concibo el amanecer,

aunque del párpado caiga,

sin calor ni descanso.

rodando inútil como una noria.

 

¤

 

BRECHA

Lo que he sentido y lo que siento

hará brotar el momento

Víctor Jara

 

A salvo de las ráfagas y el pánico,

aguarda un nuevo fruto

cuya simiente el alba surca,

como una centella precoz.

Da rodeos al verano

con el listón de la apetencia

y el gusto de ser al fin palpable.

 

Cae la brisa a gajos

y prolifera verde,

en un desliz de fino cerumen,

mientras se desata el ovillo

(la red del cuidado)

dulce como un arrullo.

 

Prolonga el reposo en cada borde,

en un collar de gotas sobre mayo

donde giran y se ensanchan las poleas

de un nacimiento diáfano.

 

Un botón nace en el molino,

batiente y fiel como un abrazo;

y toma una pizca del soplo,

corta el velo de cien nubes

y amortaja esta gris desdicha.

 

Dócil rama que llega de súbito:

es el anhelo acercándose,

el júbilo del árbol meciéndola.

Cada fruto deshace las amarras

y parte de una estela a un huerto,

de la simiente a la pulpa,

del hambre al calor que sacia.

 

Oh, continuación de nuestro hogar,

cúspide y dádiva del prolijo campo,

apártate (indeleble y suave) del polvo

y toca la luz cuya herida nos basta.

Rotos los andamios por donde maduras,

arroja tu color a quien pasea

sin haberte nunca imaginado.

 

 

¤

 

URNA DESPROVISTA

 

No es arena sino cenizas

lo que mis dedos recogen

del metal y su despojo sin brillo,

férreo como eslabón,

oprimente como una celda vacía.

 

Se vuelve un frenesí la carne,

un abismo que nunca cesa,

arrebatándonos,

frágil como un índice

que se quiebra al señalarlo

y queda a merced del error,

sujeto al mandato de las manecillas:

alfileres del hambre.

 

Emerge de lo profundo

un ruiseñor que rasguña

el ámbito de la madera,

gutural desde las entrañas al viento,

cuyo retorno alado anuncia lo inerte,

el filo de la exhausta flecha.

 

Tras abandonar su curso

las horas caen sobre rendijas,

inútiles y con pesada cautela,

cuyo fulgor se desdibuja

conforme la ciudad corre sobre un blanco fondo.

 

Ante el soplo, los latidos enmudecen;

se desploma el pasado

y a tientas se acude a la memoria,

después de merodear en el barro,

tras asomarse a la retina del cristal

y hallar lo estéril apuntando a lo próximo.

 

 


Edgar Loredo (Ciudad de México, 1988) Autor del poemario Cardinal (2015). Cuentista en ciernes. Corrector de estilo ocasional en algunas editoriales mexicanas. https://twitter.com/edgarloredo88 https://www.sotanopanoramico.wordpress.com