Preguntar es un modo sutil de exigir. Cada vez que planteamos una pregunta esperamos que nuestro interlocutor sea capaz de formular una réplica final: un sí o un no definitivos. Que la respuesta corte de tajo nuestras expectativas o simplemente se limite a confirmar lo que ya sabíamos es un asunto a posteriori. Para tomar postura e iniciar el diálogo primero hay que cerrar el espacio abierto por la duda. No existe otra forma de confrontar el silencio que se propaga por las aulas de la universidad, al final de la conferencias o sobre las mesitas del café; entre más pronto contemos con una respuesta, menor será la tensión que hay que soportar.

Esperar respuestas supone que toda pregunta posee al menos una salida. ¿Estamos en lo correcto? Sí y no al mismo tiempo: sí, en el sentido de que toda pregunta puede ser acallada mediante una proposición válida; no, porque no todas las respuestas corresponden con la naturaleza de aquello que se pone en cuestión. En una conferencia titulada Ciencia y meditación Martin Heidegger distingue entre lo meramente preguntable y lo digno de ser preguntado. Lo preguntable, explica allí, es una modalidad de la enunciación que se dirige hacia un ámbito concreto con la intención de conocer algo u obtener información. En cuanto se topa con una respuesta satisfactoria, la pregunta pierde su potencia inquisidora y desaparece, se reduce a un sencillo decir. El otro preguntar, en cambio, el preguntar auténtico surge como una devoción del pensamiento y busca corresponder armónicamente con aquello por lo que se pregunta. Se trata de un ejercicio filosófico que en lugar de conocer quiere comprender, y que a diferencia de su equivalente, el preguntar cotidiano, no necesita respuestas inmediatas para constituirse como tal.

El compromiso político que Heidegger mantuvo con el nacionalsocialismo puede ser abordado a partir de estos dos modos de acercarse a las cosas: por un lado, en efecto, se puede afirmar con vehemencia que su planteamiento filosófico estuvo estrechamente vinculado con la ideología nazi, pero por otro lado, también se puede sostener que su figura fue utilizada como estandarte para fines que él mismo no pudo vislumbrar al principio. Las pruebas a favor y en contra son abundantes: desde las amantes judías hasta los comentarios antisemitas, pasando por el silencio ambivalente que el filósofo mantuvo hasta el final. A veces hasta parece que por más que busquemos no vamos a encontrar el elemento decisivo que nos permita cerrar el caso y pasar a otra cosa, sin embargo, tampoco podemos dejar que el silencio tenga la última palabra. Necesitamos volver a la pregunta; necesitamos dejarnos interpelar de veras.

La reciente publicación de los Cuadernos negros representa la ocasión propicia para demorarnos una vez más en la pregunta sin más. El riesgo de reavivar viejas disputas está presente, pero hasta ahora, la necesidad de escuchar nuevas interpretaciones ha sido más fuerte. Conferencias, artículos, encuentros académicos y ruedas de prensa, que por lo menos en Francia y Alemania han alcanzado radio y televisión, conforman la ola de lecturas que antes de responder, intentan comprender. La distancia temporal es una ventaja, la honestidad intelectual es la única exigencia para adentrarse en la contradicción interna que encierra uno de los pensadores más importantes del siglo XX.

Heidegger habría visto en lo judío la clara expresión de la tecnificación desmesurada del mundo, la falta de arraigo, de suelo, de pertenencia; una forma realizada de la racionalidad calculadora que caracteriza a la modernidad.

A la discusión en nuestro idioma se ha sumado recientemente el texto de Peter Trawny titulado Heidegger y el mito de la conspiración mundial de los judíos. Si bien, el ostentoso título nos introduce toscamente a la problemática central, también contrasta con la manera en la que está escrito. Trawny es un hombre sensible a las palabras, las elige con cuidado y las dispone siempre a favor de la claridad; una cordialidad que no deja de agradecerse en el terreno de la filosofía. Pero más allá de las facilidades estilísticas, es preciso pasar al contenido y preguntarle si, en efecto, ¿es el antisemitismo la gota tóxica que contamina la fuente?

Atención. Ya el modo en que hemos planteado la pregunta parece dar por sentado cierto antisemitismo -que no nazismo-, y lo que le interesa establecer son, más bien, sus límites y alcances. Pero ¿de qué antisemitismo estaríamos hablando? El autor -y editor de los Cuadernos Negros- nos coloca desde el principio frente a la compleja relación que Heidegger mantuvo con los judíos, para quienes fue “un maestro, un admirador, un amante, un pesador venerado, un protector.” En seguida nos invita a transitar por la pregunta obligada: ¿fue Heidegger un antisemita? Su postura nos toma por sorpresa en la tercera página de la introducción: Heidegger, nos dice allí, “abrió su pensamiento a un antisemitismo”, pero a un antisemitismo que sólo puede sostenerse desde su propia filosofía. ¿Qué significa esto? ¿Que su pensamiento todo es antisemita? De ninguna manera. En lo que sigue el autor se da a la tarea de fundamentar esta tesis, en primer lugar, mediante extensas aclaraciones en torno al tipo de judaísmo al que Heidegger dirige sus ataques, pues según su interpretación, Heidegger habría visto en lo judío la clara expresión de la tecnificación desmesurada del mundo, la falta de arraigo, de suelo, de pertenencia; una forma realizada de la racionalidad calculadora que caracteriza a la modernidad. Sin embargo, de esto no se sigue que su obra esté atravesada por el antisemitismo de principio a fin. En un segundo momento, el autor busca establecer los alcances de su interpretación mediante el bosquejo de una topografía que entrelaza la vida y la obra, una especie de mapa filosófico que nos permita ubicar con precisión el lugar de los comentarios antisemitas al interior de su planteamiento ontológico. Calificativos como “carentes de mundo” o “hábiles para el cálculo” se insertarían, según este mapa, en una narrativa de la historia del ser que acontece gracias a la convergencia de tres actores principales: los griegos, los alemanes y los judíos. Por último, él mismo pone de manifiesto la necesidad de reinterpretar la obra heideggeriana bajo la luz de este antisemitismo singular, pues como recalca casi al final del texto: “quien quiera filosofar con Heidegger ha de tener claras las implicaciones antisemitas de determinados rasgos de pensamiento”.

¿Sabe Trawny que su tesis puede traer graves consecuencias para el estudio y la difusión del pensamiento heideggeriano? Por supuesto que sí. Él mismo las ha experimentado. Sin embargo, en lugar de limitarse a exponer el valor filosófico que se esconde detrás de un vocabulario imposible, ha decidido transitar por el camino crítico. Un movimiento natural para quienes se dedican al oficio del pensar, un gesto más cercano a la traición para quienes prefieren mantenerse del lado conservador. De cualquier manera, esta lectura no pretende ser definitiva. Trawny reconoce que su tesis en torno al antisemitismo radicado en la historia del ser presta un servicio heurístico, que más bien se trata de una guía o una herramienta para despejar un problema, sin llegar a anunciar algo así como su resolución. Como estudioso de la obra de Martin Heidegger tiene presente que preguntas de este tipo son abiertas y deben permanecer como tales, quizá por ello también promete que si en el futuro su tesis es refutada o corregida, él será el primero en alegrarse.