Tres décadas sin Borges

Recuerdo con cariño, aunque temo releer, un cuento de Borges llamado El Congreso, el cual, si bien es mi favorito, sé que no está entre sus mejores, dado que resulta algo sentimental y posee ciertos párrafos que un riguroso del género consideraría perfectibles. No obstante, lo defiendo como a un amigo de la infancia de cuyos chistes aún me rio aunque perdiera la gracia hace años, analogía injusta si se tiene en cuenta que El Congreso no lo he vuelto a leer en más de diez.

   Borges, sinónimo de rigor, sólo escribió tres o cuatro de estos cuentos truncos, mismos que, pese a su supuesto malogro, cualquier autor mediano daría una mano (la buena o la mala) por escribir. Sé que yo lo haría, es más, preferiría ser autor de un excelente cuento fallido que de un inane cuento perfecto, ya que a mí la literatura perfecta luego de impresionarme se me olvida y, en cambio, aquellos textos aventurados, a veces experimentales (“sólo se les dice así cuando el experimento salió mal”, diría Burroughs), en ocasiones apasionados u obsesivos, me devuelven, sea por empatía o por soberbia, las ganas de crear y el permiso literario de hacer lo que me dé la gana con mi imaginación y el lenguaje.

   Aunque no figuren en antologías ni sean tema de rimbombantes estudios académicos —si bien con Borges todo puede convertirse en tesis, juro que hace poco encontré una sobre el aleph y Ayotzinapa—, estos cuentos menos comentados refugian paradigmas de genialidad profética. Cierto es que los escritos más emblemáticos de Borges tienen tal vigencia, que aun en este siglo de chatarra virtual poseen respuestas para reinventar el mundo. Por ejemplo, algunos teóricos detectaron en la escalera espiral que se abisma en lo remoto de “La biblioteca de babel” esbozos o cimientos de la revolución cibernética. No es mi intención negar tales teorías, tan sólo quiero subrayar que algunas obras menores a veces sugieren claves más acertadas de ciertos síntomas propios de nuestra era.

   El caso de El Congreso me resulta proverbial para describir el estado anímico que me gobierna. Quizá deba explicar mejor mi condición: desde que cedí a la comunicación instantánea, del despertar al sueño, espero un mensaje que no llegará y redacto en mi cabeza una futura respuesta que no he de escribir; actualizo bandejas, palpo texturas en busca de convulsiones tecnológicas y estoy alerta a cualquier ruido que preludie esa respuesta escurridiza. Padezco la agonía del consumo informático instantáneo, un vacío existencial que cava más hondo conforme satisfago mis ansias de contenido. Soy adicto a una sonrisa binaria proyectada en irónicos algoritmos que, en cuanto cumplen su función, pierden su significado. Desfila la vida a espaldas de mi indiferencia y mi condena consiste en advertir su caducidad, etiquetar y olvidar los hechos como quien olvida a la oveja número dieciocho, o a la cuarenta y dos tras quedarse dormido. Mi carne envejece a través de una mitología invisible, conozco el nombre de todos los naufragios sin haber estado en altamar, conservo ruinas anecdóticas y cierta noción de haber rebasado umbrales que no me di el tiempo de entender y que ahora añoro.

   Siempre es demasiado tarde y ahora más que nunca. ¿Por qué si todo lo he olvidado no dejo de pensar en El Congreso? “Nos dijimos adiós en la biblioteca donde nos conocimos en otro invierno”, apunta el narrador. Borges describe un adiós arquetípico. Beatriz Frost, devota de Ibsen, se despide del amor que intercambió por su libertad: “De su boca nació la palabra que yo no me atrevía a decir. Oh noches, oh compartida y tibia tiniebla, oh el amor que fluye en la sombra como un río secreto, oh aquel momento de la dicha en que cada uno es los dos, oh la inocencia y el candor de la dicha, oh la unión en la que nos perdíamos para perdernos luego en el sueño, oh las primeras claridades del día y yo contemplándola”.

   Cito las notas que tomé en ese entonces, cuando leí el cuento, y entiendo por qué algunos secuaces de Tlön rechazan a este Borges tan meloso y, sin embargo, ahora que olvido y se me va la vida en ecos que no volverán (Cerati dixit) es éste, y no El aleph ni La Biblioteca de Babel, ni El Jardín de los senderos que se bifurcan, ni Funes el memorioso, el cuento que regresa a mi memoria. ¿Por qué? Acaso por lo que apunta el narrador tras despedirse del único amor de su vida para volver al tortuoso Congreso del Mundo, que es también un congreso de la extinción y la insignificancia: “Soy un hombre cobarde”, dice el protagonista tras despedirse de Beatriz Frost, “no le dejé mi dirección, para eludir la angustia de esperar cartas”.

   La esperanza es un estorbo.