Las antologías literarias son termómetros que cifran preferencias e incluso prioridades de una comunidad lectora. La popularidad de ciertos temas, autores, o incluso géneros es en sí una diagnosis. La literatura cimentada en la brevedad conquista espacios a través de la promoción y la elaboración de compendios que buscan redimir modalidades de escritura aún no del todo aceptadas: el microrrelato en Hispanoamérica o la aforística en España así lo evidencian. La cantidad de antologías que sobre estos se han confeccionado, tan sólo en esta década, son síntomas inequívocos de una apertura en el gusto literario. 

La proliferación de la escritura aforística en España no deja de sorprender. Los números no mienten: del 2013 a este año se han publicado seis antologías que compendian la labor creativa de más de un centenar de aforistas que tienen en su haber al menos un título publicado recientemente. León Molina, por ejemplo, reúne en Verdad y media. Antología de aforismos españoles del siglo XXI (2017) más de dos mil textos extraídos de poco más de ciento cuarenta colecciones de aforismos —libros en papel, en su mayoría— publicados entre el 2000 y el 2016. 

Pero si tal cantidad de autores han sido incluidos en estos compendios es plausible suponer que habrá otra cantidad no menos ingente de autores que, por muy diversas razones, no han sido si quiera mencionados en estos trabajos. Juan Manuel Uría es uno de ellos. Dos por la mañana, publicado en 2015, constituye su primera apuesta en los terrenos del aforismo. El libro no se menciona en el monumental compendio de Molina; el autor, asimismo, no figura en los índices de las antologías dedicadas al género y aun su nombre se ausenta de los espacios en red que suelen cobijarlo.

Su exclusión no se debe a una falta de méritos literarios, por el contrario, son precisamente estos los que despiertan la suspicacia.  ¿Por qué un autor tan completo y dueño de un aforismo remozada no ha sido contemplado por los antólogos? ¿A qué se deberá el mutismo que parece rodear al libro, incluso entre los lectores y promotores del género? Lo ignoro, lo que sí puedo afirmar es que Dos por la mañana es por mucho una lectura necesaria para todos los interesados y seguidores de la literatura breve. Hay en éste una sobria y bien ponderada combinación de sensibilidad, humor y serenidad que hacen de la colección una propuesta diferente. Lejos de la obviedad, el lugar común, la greguería fácil o, peor aún, los afanes de pretensión —tan caros a la aforística española contemporánea (y no exentos de los compendios mencionados)—, el libro despliega, línea a línea, una mirada inteligente en la que el lenguaje no pierde protagonismo. 

Dos (aforismos) por la mañana parece ser la medicina que Uría receta a sus lectores. Fórmula llena de humor y cuyo ludismo contagia a quien se adentra en la lectura. Pero el humor, como dijo Pirandello, procura una reflexión que aspira a despertar el sentimiento de lo contrario. Más allá de la sonrisa que los textos despiertan, se halla un trasfondo que orilla a pensar en las implicaciones o sobrentendidos de las afirmaciones aquí vertidas. Aquí una virtud del título. No por humorístico es sencillo o simplón, al contrario…

Al libro lo acompañan ilustraciones de Pablo Gallo. Aforismos e ilustraciones se equilibran en una combinación armónica. Entre ambos hay un diálogo que redimensiona el trabajo de los creadores involucrados. El libro vale por su contenido, pero también por su calidad como objeto artístico.

Ojalá estas palabras sirvan como una invitación para adentrarse en la escritura aforística de un autor que no ha dado mucho de qué hablar, pese a lo logrado de su apuesta. Dos por la mañana, visto en el contexto de la proliferación del género, y de la creación de antologías recientes en España, recuerda y corrobora aquellas palabras del poeta colombiano Iván Beltrán: “La labor de compilar está siempre a un paso de la infamia”.

 

 

Hizo de todos sus tropiezos una bella coreografía.

 

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Las cosas siguen esperando todavía un nombre mejor.

 

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En la sala de espera del médico se tose por convención.

 

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Su nota de suicidio es lo único que escribió sin pretensiones literarias, siendo, sin duda, su mejor obra.

 

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Es sabido que los ateos se confiesan al camarero.

 

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Un pintor con las uñas limpias no es de fiar.

 

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La lectura mórbida de los clásicos, ¿es un tipo de necrofilia?

 

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Sí, todavía quedan poetas malditos, pero no tienen vicios y visten bien.

 

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Medir a la gente por las cosas nimias como la cantidad de azúcar que le echa al café. Y acertar siempre.

 

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El verdadero punto de inflexión en la evolución de nuestra especie no fue el lenguaje sino la risa.

 

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El primer café: gallo negro de la mañana.

 

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Aunque te creas curado de espanto, amigo mío, cuando menos te lo esperes, llegará la recaída.

 

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El buen poema te guiñará el ojo. El buen aforismo te sacará la lengua.

 

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Un buen epitafio: “lo intenté”.

 

 

*Juan Manuel Uría, Dos por la mañana, ilustraciones de Pablo Gallo, Ediciones El Gallo de Oro, 2015.