Camino elegido

El silencio se rompía con el ruido de sus pasos que cada vez eran más débiles. ¿Cuánto había bajado? No importaba. Lo único que lo mantenía de pie era la esperanza de llegar al final de esa escalera interminable. Y eso quería. Conocer el motivo de su delirio; descansar de aquella tortura sin nombre que había comenzado un día cualquiera: el ruido del despertador, el baño, la loción; el traje que vestía todas las mañanas, la cortina; el golpe de la puerta al salir del departamento. Luego sus pasos; los mismos que había dado tantas veces, y la escalera: el comienzo: el primer escalón y ahora esto: un hombre desecho; desquiciado por el rencor contra sí mismo. No podía detenerse; no quería. Se aferraba a algo inexplicable. Y es que a cada peldaño el barandal se alargaba más y más, al tiempo que su estupor crecía. Hubiera sido muy fácil derrumbarse ahí, en un espacio desconocido, pero no. Decidió continuar en esa desquiciante lucha contra la penumbra; contra su deseo de alcanzarla y ser parte de ella para descansar de una vez. No soportaba más ese martirio, esa ruina del alma que era la angustia de no llegar a ningún lado. Ese horrendo delirio que es en lo que se había transformado el descenso diario: una angustia interminable, sin ventanas, ni puertas: sólo ese vacío y el muro que se extendía a la par de sus pasos. Ciego, voraz; lo tragaba sin compadecerse de él. ¡Ay!, cuántas veces había estado tentado a entregarse, a quedarse sentado y apoyarse en sus brazos para dormir. Pero no; él no. Siguió como si alguien guiara sus pasos y lo mantuviera ahí, olvidándose del pasado. Llevaba su cuerpo al nido de lo desconocido, sin pensar en nada más. ¿Volver? Eso nunca. Estaba perdido en la lucha contra sí mismo, en ese muro blanco, en esos peldaños interminables, en ese barandal infinito. Temía y deseaba descender más; seguir en aquel lugar que ya no era el que conocía. Eso había quedado arriba, muy arriba; ahí donde aún ladraban los perros, y se escuchaban las voces de los vecinos. Eso había terminado. Ahora debía llegar a ese lugar. Debía continuar el camino teñido de aquella ansiedad que le derretía las piernas. Nada es para siempre, se lo repetía a cada instante. Su barba había crecido; su ropa se había gastado. Cada vez menos los recuerdos lo acosaban y se perdían como todo: como los sueños, como la esperanza; como la vida que quizá tuvo alguna vez. Lo único era seguir y entregarse a su propio laberinto sin detenerse. Como si sus pasos marcaran el ritmo del tiempo, o de los corazones.

Así siguió hasta que, del mismo modo que las puertas y las ventanas y todos los sonidos dejaron de aparecer, el muro cambió de forma. El espacio para estar de pie se hizo más estrecho. En un momento tuvo que agachar la cabeza y caminar de lado. Por ultimo comenzó a arrastrarse y sintió el golpe de sus huesos contra los peldaños. El barandal se hizo cada vez más delgado hasta que desapareció. Ahora estaba en un pasadizo por el que bajaba como gusano: acoplando su cuerpo a la forma de los escalones. La oscuridad comenzó a acosarlo. Dejó de ver sus manos, y de sentir su aliento. Su corazón no latió más. Dentro de su cuerpo todo comenzó a detenerse también. Quiso llorar y desgarrarse la cara; dejar de ser. Siguió: un poco más, un poco más… Vio algo. Se detuvo. Todos los párpados de la tierra hicieron una pausa. Era una luz. Se derrumbó por primera vez, y cerró los ojos. Entonces sí: los recuerdos lo acosaron. Todo vino de pronto revelándole su vida; entregándosela en un instante, por última vez. Ahí lo entendió todo. Abrió los ojos y volteó atrás. Era un engaño. Aunque hubiera intentado volver no habría podido. Avanzó un poco más. Descendió los últimos peldaños y cayó.

Tu boca comenzó a secarse

Cuando tu cabeza cayó y comenzó a rodar te arrepentiste. Tus ojos quedaron quietos, fijos, sin vida, sin la muerte, sin nada. Sólo así. Giraron los rostros, los pies, las sillas, hasta que tu cráneo chocó contra el muro y quedó con los ojos mirando el techo. Escuchaste entonces los gritos, viste las sombras, sentiste la vibración de unos pasos que se acercaron hasta a ti. Tu boca comenzó a secarse. Tus dientes reflejaron la luz en toda dirección. Miraste los zapatos de un hombre, luego su cuerpo y su rostro. Te levantó del cabello y el dolor te hizo gritar por dentro, con la ansiedad de no poder mover tu boca —que había quedado abierta—, sin oportunidad de dejar salir el grito contenido en ese cuerpo tuyo, frente a ti, que lloraba por el cuello lágrimas de sangre. Te alzaron más, frente a todos, y pudiste ver —con los ojos ardiendo— cómo algunos festejaban tu muerte, otros lloraban y algunos más se alejaban con asco o indiferencia. Mientras, tú sin poder hacer nada, ni decir nada, arrepentido, de verdad, consumido, escuchaste las voces, los recuerdos, las amenazas, para luego caer de nuevo, de golpe, con dolor y sangrar más y rodar así sin detenerte, hasta quedar quieto otra vez. Te patearon, desde luego, y rodaste. Te llenaste de tierra y viste borroso. Luego nada. Quedaste mirando hacia abajo, con los ojos pegados al suelo. Supiste que el infierno era ese: tu castigo. Ese estado en que la piel es lamida por lenguas invisibles, mientras tú, por dentro, te llenabas de gusanos y escuchabas los pasos de aquellos que se alejaban y te dejaban ahí, olvidado, como si jamás hubieran gritado: ¡Qué muera! ¡Asesino! ¡Qué muera! Sí, porque ahora estás muerto, sí, aunque no cómo lo imaginabas, ni ellos, ni nadie. Justo eso es lo que te gustaría gritarles. Pero te han dejado ahí, olvidado, quieto, sin tiempo, sin cuerpo; con la esperanzan de una verdadera oscuridad. Esa en que no se siente nada, ni se escucha nada, ni nada se ve. La única que podrá sacarte de aquí, donde sigues, irreconocible, hecho un asco. Sin poder hacer nada por ti, ni por nadie, intentando gritar que estás arrepentido, porque lo estás, claro que lo estás.


Jonathan Minila. (Ciudad de México 1980) Escritor y promotor cultural. Es autor de los libros de cuentos Lo peor de la buena suerte (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2015) e Imaginarios (De lo imposible ediciones, 2015), así como del libro infantil El niño pájaro (Pearson, 2015).

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