Estoy tumbado en una cama amplia y desconocida a las tres de la mañana. Apenas hay la pequeña luz verde y medio rosa, o malva, de una lámpara plástica en forma de mariposa pegada a la cajuela de la corriente eléctrica, esto a mi derecha, un poco abajo. Más abajo, el suelo. Es la primera vez que yazgo cómodo a semejante altura. Normalmente, le temo a los espacios disminuidos, y a lugares altos, a más de dos o tres metros del suelo, pero desde la tapa de esta cama puedo abrir las ventanas de madera y sacar la cabeza de tal modo que me quede guindando a más de ochenta, quizás noventa o más, metros del suelo, del suelo último, del piso último visto desde aquí arriba, que es el primero visto desde abajo, de este edificio, o del apartamento de este edificio en el que estoy metido, a oscuras, a las tres de la mañana, tumbado panza arriba. Junto a mí duerme una mujer hermosa. Apenas he podido ver su cara, sus dos ojos cerrados. Apenas cuando entreabrí la ventana y pasó casi hasta encima de las sábanas una luz recta, firme, casi hasta encima de ella, de la aleta que le sale del cuello cuando dobla hacia un lado la cabeza, con el codo debajo de la oreja y el pelo amarillento. La luz entró y ella hizo un movimiento como de despertarse, así que cerré otra vez, pasé el pestillo y me tumbé con cuidado frente a su espalda: recorrí su columna, el arco de las nalgas, las rodillas, los dedos, brevemente, con los ojos. Me rasqué la barbilla y volví a dejar los ojos en el techo, rayado por las sombras como la espalda de un sillón metálico.

Estoy haciendo todo lo posible por no pensar en sexo. Hace más de una hora, mientras estábamos aún en la sala con las piernas subidas cada uno en el brazo de la silla en que estaba el otro, con el vaso de vino apoyado al suelo y cigarrillo en mano, le pedí amablemente que por favor me dejara abrazarla mientras dormía (ella), con la excusa de que odio dormir solo en una cama mientras hay alguien en la misma cama. Pero dijo que no. Yo hice una mueca, sorbí el cigarro y lo lancé a algún sitio. Amablemente, sin bajar las piernas, construyendo tan rápido las frases con qué gustarle que no tuve tiempo de preguntarme qué hago en esta casa, por qué lleva mi bolso tanto tiempo colgando del mecanismo de cierre de la ventana, o por qué estoy sentado fumando un cigarrillo tras el otro con la boca en el vino y con los ojos y las orejas metidos en ella mientras me mira, ríe, se levanta, sirve más vino, regresa, se sienta, alza los pies y habla, y yo pervierto la forma en que sus dientes caben en el agujero de su boca mientras chupa el cigarro, o bebe el vino, o se lame con la lengua el labio superior, se hace el silencio y yo encaramo a caballo mis palabras con lanzas, o las incendio y las catapulto contra el agujero inteligente de su boca. De eso hará dos horas. Sin embargo, ahora tengo tiempo de responderme y preguntarme cosas, trazar una estrategia, o de dormirme, pero no tengo fuerzas. O deseos. Y lo único que he hecho desde que decidimos acostarnos ha sido ver el techo como coartada, y verla de reojo, desnuda, a diez centímetros de mí.

Llegué a esta casa a las dos de la tarde con un chor, y mi bolsa, y un pulóver, después de caminar bajo el almuerzo de los demás, fumando, preguntando. Atravesé una calle paralela a la calle ancha, luego el edificio, alto, con losas negras y angulosas a ambos lados de la puerta, y también a ambos lados de la puerta sendos carros de tienda llenos de chicle, caramelos, gentes, una mujer sentada en una esquina vendía discos con series, novelas, el Banco, más allá, la funeraria, algún teléfono. Crucé la calle. Compré cigarros y la llamé al móvil. La vi llegar, atravesar el vidrio opaco de la puerta de la entrada, besarme la mejilla y preguntarme si no venía más gente, le dije no y seguí sus pasos blancos por el pasillo, hasta el elevador: llevaba un chor de mezclilla hasta el muslo y una blusa con mangas manchada de pintura, un pañuelo amarrado a la cabeza y debajo algunos mechones de pelo rubio, rizo, cayendo hasta los hombros. Sonreía. Me hablaba. Sonreía. Después el ascensor, luego un pasillo, la puerta de su casa… Estos recuerdos llegan a mi mente más bien confusos, o se me dibujan en las líneas del techo como si fueran éstas los pasillos, ¿no ves?, luego la puerta de su casa, y allí, dentro, nosotros, el rocanrol, el olor a pintura, a aguacate con sal, el cenicero lleno hasta el tope y también la basura, algunos adornos de alambre torcido, un bombillo guindando desde el techo de un cable tieso y las paredes blancas, cuatro sillas, un estante de madera, libros, revistas viejas, recortes de periódicos antiguos metidos en una bolsa tejida color rojo con base, algunos lienzos y señales de tránsito, o viales, colgando blandamente de sus respectivos clavos en las paredes. Entramos, soltó las llaves dentro de un florero, o de algo parecido a un centro de mesa, y se encaramó ágilmente en la meseta de la cocina, agarró una brocha, una cubeta llena de pintura, y embarró la primera pared que le quedaba enfrente. La cocina y la sala, en estas casas pequeñas, son cuadrados contiguos de concreto separados por un hueco sin puerta en medio de la pared. Desde la sala, la vi subirse y agarré una silla, la puse en la cocina y miré hacia arriba, hacia su cuerpo flaco subido en la meseta. Desde mi sitio, veía claramente caer sus nalgas encima de los muslos, sus piernas rectas, luego los tobillos, y si alzaba los brazos demasiado podía ver debajo de la blusa un pedazo de la piel de la cadera, pequeñas hendiduras circulares a ambos de la zanja que marca la columna vertebral. Eres preciosa, le dije. Deja de mirar y ayúdame, me dijo y señaló hacia una vasija junto al fogón con dos brochitas dentro, tomé una y me subí en la meseta, mojé la punta en la pintura verde y di dos brochazos contra una pared. Brochazos cortos, tímidos. Ella me miró riendo. ¿Tú no sabes pintar? Yo, no, le dije. Mira cómo se hace: trazos largos, lo más largos posibles para que ahorres pintura, y vas cubriendo, luego tapas los huecos, ¿ves?, así.

Esto es fácil, pensé, cogí la brocha y di tres brochazos más, cortos, truhanes, bastante poco armónicos. Ella miraba. ¿Así piensas ayudarme?, me dijo y me bajé de la meseta. ¿Por qué no haces café? No sé hacerlo, respondí con vergüenza, cogí la silla y me senté, despacio, mientras ella soltaba sus enseres, ponía los pies descalzos en el suelo y abría la portezuela de la despensa: abrió la cafetera, llenó de agua la base y la puso a la candela. Esto es fácil, pensé, luego me recliné en la silla y me entretuve mirando hacia la sala, hacia el desorden de toda la sala, mientras ella vertía el café hecho en un vaso con azúcar. Es curioso lo que recuerda uno doce horas después. Ahora la miro, dormida, iluminada únicamente por los cuatro colores artificiales de la mariposa y me pregunto cómo ha sido posible que mi torpeza llegara hasta aquí, hasta su cama, a apenas diez centímetros de su cuerpo desnudo, de su pelo revuelto por la ventolera trunca que da el ventilador. La veo, sencilla, y por un impulso me voy deshaciendo de aquellos diez centímetros: seis, cinco, pongo mis muslos cerca de sus muslos y cruzo un brazo por encima suyo, a la altura del ombligo, y me acurruco, siento que se despierta y finjo estar dormido, ella me empuja, me aleja hasta una esquina de la cama tanto que el brazo izquierdo roza el suelo, luego se vira (ella) y se acurruca en la otra esquina, se cubre con las sábanas, acomoda la almohada y vuelve a dormirse, tierna, dulcemente.

Desde mi nuevo sitio puedo ver un espejo y, dentro de éste, mi cuerpo, los rezagos de las luces que entran por la ventana y los rezagos de luces de la mariposa plástica. La mole de mi cuerpo cubre desde el espejo la silueta de su cuerpo dormido, y si me muevo, si intento acomodarme, es probable que su cuerpo se despierte y termine echándome de toda la casa a las tres de la mañana, o pateándome hasta que caiga yo al suelo, o algo peor, así que quedo inmóvil, busco dentro de mí rastros de sueño e indefectiblemente vuelvo a la sala doce horas antes, ahora cada uno con una taza de café en la mano y un cigarrillo, ahora conversando, sentados en el suelo mientras en la cocina descansan las pinturas y las brochas, se secan las paredes. Ella habla, me dice que cómo coño es posible que con mi edad no sepa hacer café. Nunca he tenido que hacérmelo, digo, siempre que tengo ganas de beber cojo un peso y lo compro en algún quiosco, o a alguna vieja de esas que se sientan por las mañanas en la funeraria, o frente a mi trabajo. Me dice que cómo coño es posible. Me dice que. Me dice que me quiere aunque desperté por el llanto de un niño. Salí del cuarto y fui hasta la cocina, tomé de la gaveta la leche en polvo y la vertí en un vaso con azúcar, cereal, la puse al fuego. Del fuego a un pomo plástico con tapa y con tetera de goma, blanda, mordida. Regresé al cuarto. Las luces de la casa estaban sin encender y, de algún modo, conocía de memoria el camino de la cocina al cuarto, atravesando la sala. Ella estaba sentada con las piernas en cruz sobre la cama, combada y somnolienta, con el chillido del niño en los brazos. Permanecía cerrada la ventana. Noté que la luz tenue que esparcía en la habitación la mariposa plástica había desaparecido, y que la única luz ahora encendida era la del baño: una puerta inclinada a unos metros de la cama. Ella, sentada, mecía al niño con un movimiento del torso hacia ambos lados. Perennemente. Le extendí el biberón lleno hasta el tope y ella lo puso en la boca del niño, que dejó de llorar, cerró los ojos y chupó la tetera con desgano. El pomo iba vaciándose. Lo supe en el momento en que el sonido de la succión se hizo un chirrido seco, vacío. Regresé hasta la cocina, descalzo, abrí el grifo, desarmé el pomo y lo llené con agua. Prendí la luz. Las paredes, ahora, estaban pintadas, parecían nuevas, y el reguero en la sala había sido sustituido por un sofá- cama, cortinas, dos sillones de madera. Ya no había recortes de periódicos, ni señales de tránsito, y el lugar que ocupaban aquellas cuatro sillas de hierro tapizadas con vinil carmelita estaba ocupado ahora por un sillón pequeño de suiza verde, una computadora. Metí el hisopo y sacudí con fuerza hasta que el interior del pomo quedó limpio. Lo sequé con un paño, apagué la luz y me tiré en la cama. Estaba cansado. Ella ya dormía, y entre nosotros, como a diez centímetros de ella, a diez centímetros de ambos, dormía el niño tapado hasta el cuello con el pulgar minúsculo en la boca. Satisfecho, simpático. Le acomodé la almohada, le di un beso y me volví hacia el espejo pensando en cómo conciliar el sueño tumbado en una cama no tan amplia, y ahora raramente conocida, a las seis de la mañana.


Jesús Jank Curbelo (La Habana, 1991). Periodista del diario Granma y guionista de espacios radiales dramatizados. Autor de los blogs Suite y Casi Cayéndose. Textos suyos han sido publicados en antologías y revistas en Cuba y España.

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