En estricto sentido, un cuento no es un cuerpo vivo, ya se sabe. Sin embargo es ─o debería ser─ una forma absolutamente orgánica. Si se me permite usar la analogía, se trata de un conjunto de tejidos con estructura y función perfectamente definidas.

A un animal ─en cualquiera de sus especies: mamíferos, aves, peces, anfibios o reptiles─ podría amputárseles un miembro y, sin embargo, podrían continuar subsistiendo. A un murciélago, a una iguana o a una mosca, por ejemplo, podrían cortarles una pierna o un ala y, con un poco menos de armonía, podrían continuar desempeñando sus funciones más vitales.

Vayamos un poco más lejos con esto: a un vegetal ─trátese de algas, plantas u hongos─ se le puede cortar una hoja, un tallo o una rama y, pese a eso, el organismo conseguiría vivir. Sin embargo, no ocurre lo mismo con un cuento. Si a un cuento se le amputa un enunciado, una frase, una letra, un signo ortográfico, muere. A diferencia de otros entes, si alguien lo cercena equivocadamente, el cuento no puede conservar su perfecta y viviente integridad y, en menos de lo esperado, muere.

De ahí que deban cuidarse celosamente todos sus componentes. Aun los que podríamos llegar a pensar más diminutos o irrisorios. A diferencia de lo que se cree, yo no pienso que se trate únicamente de inocuos materiales estéticos; se trata, en todo caso, de auténticos órganos vitales.

Si un organismo, por definición, está conformado por diversas estructuras, cada una con una función específica, entonces un cuento es exactamente eso: un organismo vivo y latente. Cada una de las unidades que lo integran posee determinada función.

De ahí que me sorprenda la lectura de Desquicios, de Perla Muñoz. Se trata de un volumen compuesto por 19 cuentos ─vivos, breves y emotivos─ que han logrado mantenerse sanos y dinámicos debido precisamente a que han sido esculpidos con mano cuidadosa, y quién sabe si experta.

En este libro abundan los personajes melancólicos y carentes de cariño, que caminan sin rumbo por la vida. Por aquí aparece un niño con la pierna chueca, por allá asoma una mujer con la sonrisa amarillenta que huele a raticida y, más adelante, se materializa un muchachito con una cabezota que apenas puede equilibrar debido a su inmensidad hidrocefálica.

Muchas veces, en la base de sus palabras, la autora ha querido consignar únicamente la esencia de las cosas. Pero, a la frase siguiente, por fortuna, vemos que aparece una frase larga que consigue captar plenamente el sentimiento que la motiva.

En todas las piezas, la autora es parca en el uso de metáforas e imágenes. Pero es efectiva: “El sol arrastra sombras como el mar arrastra ahogados a la orilla. Mi madre es una sombra de mar”. O “En la caída lastimosa de la hojarasca se advierte el sentido del tiempo”.

En estos escritos ─cuya premisa parece haber sido la brevedad y la llaneza─ aparecen algunos de los temas que inquietan a la autora: la soledad, la marginación y la abulia existencial. En algunos de las piezas ─acaso por el bochornoso ambiente que se les impone y la negligencia con la que se suceden los días─ me parece advertir cierto influjo de Rulfo, Revueltas e incluso del olvidado Jesús Gardea. ¿Ecos de un tal Juan Carlos Onetti? Podría ser.

No son, por cierto, cuentos variados. Muchas veces, se trata de temas y argumentos repetidos, casi remachados como una melodía que se obstina en repetir sus dos notas testarudamente. Perla Muñoz ─ignoro si por error o acierto─ no se dejó tentar por el demonio de la variedad y sus fábulas, en lo esencial, defienden una prosa y una temática tan profunda como monocorde.

Al cuidar tanto la forma, algunas veces cae en la frugalidad. No todos los cuentos son intachables y, en algunos de ellos, llega a sentirse cierta moderación que, lamentablemente, deriva en penuria. No permitiendo que su imaginación surque vuelos más altos, la autora parece querer reservarse esa oportunidad para ulteriores esfuerzos. Ojalá que no lo hubiera hecho. No era necesaria tanta impasibilidad. Espero que en sus libros posteriores se atreva a exceder esa displicencia que aquí, en varias ocasiones, llega a parecer molicie.

Desquicios es ─y escribo esto en la más pura y generosa acepción del término─ un lacónico volumen de cuentos que, debido a su estricta sobriedad, el lector disfrutará enormemente. Se trata, como en los cuerpos vivos y latentes, de un conjunto de prosas que la autora ha escrito, me atrevo a pensar, siguiendo la respiración de sus pulmones, el hígado e incluso, muchas veces, hasta el corazón.

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