Hay noches que despierto con alguien aferrado a mi garganta. Como puedo me levanto con una densidad enganchada a mi pescuezo. ¿Será animal? ¿Será persona? ¿Será la vieja angustia del otro día? No sé. Tal vez sea alguien que en la madrugada logra colarse por la ventana –aunque yo ni siquiera tenga ventanas. Hay una hora en que todo me parece posible y, quizá por eso, he llegado a pensar que se trata de un atracador que entra por la chimenea –aunque yo no tenga chimenea−, o un roedor que sale de debajo de la cama, donde ha vivido meses comiendo sobras de queso y palomitas, esperando su oportunidad.

No sé, puede que sea aquel silencio airado y burlado que me cogió una vez por la garganta para estrangularme, afuera de la secundaria, cuando una niña idiota se burló porque mi madre me vestía con ropita usada. Puede que sea aquel escritor mediocre que se irritó por un comentario y se me lanzó al cuello, a la salida de una pizzería. O hasta podría ser el pavo que un día maté a patadas, practicando artes marciales en el patio. Puede ser, yo qué diablo sé, un cadáver que se aferra a mi garganta durante el sueño y me tiene sujeto toda la noche, y yo me doy cuenta, pero me niego a despertar, porque a lo mejor es el viejo fantasma de cierta mujer que sólo en sueños se atrevió a montarme.

Hay noches en que el desierto de la soledad se levanta de la cama y, poco a poco, escala en silencio por el techo. Ante la incapacidad de humedecer el mundo, desencadena una inundación por todo el cuarto. Su presencia no es ningún simulacro y lo enfatiza lanzando un salobre resoplido que al punto empaña las paredes. Avanza con sigilo y, dejando por aquí y por allá su rastro de arena, me sonríe con una mueca que yo calificaría de yerma. De buenas a primeras, el desierto ocupa todo el apartamento. Creo adivinar su objetivo: asolar mis últimas ilusiones. Y no le cuesta trabajo. Hace tiempo que mis sueños se secaron y ando, respiro, –y al fin existo− opuesto a cualquier esperanza. En un instante, su compañía consigue evaporar mi llanto ofreciéndome un alivio seco. Sólo me deja en la boca la incómoda sensación de un paladar reseco. Pero no es hora de quejarse por minucias. Hay personajes malvados imaginados por personajes bondadosos cuyo único destino es vagar por el desierto. Y yo soy el último intérprete de aquella fábula mediocre. ¿O qué? ¿Todavía vive el tonto que dijo que a las caricaturas no nos duelen los azotes de la realidad? Llegado un punto comienzo a desvariar e intento atajar su saña destructiva. Pero ¿qué poder conseguiría devastar lo devastado? ¿Cómo asolar el vacío? ¿Cómo enunciar una palabra que describa mi escepticismo, mi caminar desconfiado o mi tendencia al abandono? Desierto podría ser la palabra. Pero calvo también podría definirme. ¿Hace cuántos recuerdos tuve cabello? ¿Será necesario que vaya otra vez a reclamarle al viejo peluquero por el sadismo con el que ayer me esquiló las últimas hebras que me sujetaban a la realidad? ¿Habrá un hueco entre el silencio y la palabra, que no sea una elipsis? Afonía podría ser el concepto. Aunque pelón podría ser otra expresión. Y mientras me desbarato pensando cómo vencer al desierto comienzo a distraer su saña con estas palabras.

 

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