Una tarde me contactó Samuel, antiguo compañero de la universidad, y quedamos de vernos. No nos habíamos hablado ni visto en años.

            Habían pasado décadas desde que salimos de la escuela y cada quien tomó su rumbo. Estaba enterado de que ayudaba a su padre en la administración de los negocios familiares, pero era el ausente invariable. Jamás se presentaba en las reuniones de generación y los compañeros dejaron de preguntar por él.

            Fuimos buenos aliados durante los años de universidad y, con algo de suerte, un poco amigos. La nuestra era una estrategia de sobrevivencia, ya que la fiesta y las mujeres eran nuestro interés principal. Jamás tuvimos algún altercado porque pertenecíamos a círculos diferentes. No obstante, al momento de copiar en un examen o plagiar un trabajo final para presentarlo como legítimo, nadie nos ganaba.

            Desconocíamos el remordimiento porque nuestra convicción era que la vida te enseña las herramientas necesarias para subsistir, y no la escuela, a la que la utilizábamos como una plataforma para disfrutar nuestra juventud.

            Ahora todo aquello no era sino una memoria remota. A la distancia, ya no me reconocía en aquel joven temerario y falto de escrúpulos. Quizá él tampoco, aunque no podía saberlo a causa de la distancia. Supe que se casó y se divorció y eso era todo. No tenía noticia de que hubiera tenido hijos. Antes de acudir a la cita, pregunté a un par de compañeros si tenían noticias de él. Nadie había escuchado nada. Lo habían sepultado de su memoria debido lo mismo a su infrecuencia que a su egocentrismo.

            Yo carecía de una opinión negativa de su persona. No recuerdo que nos hayamos despedido, incluso. Sencillamente, terminaron las condiciones que nos unían y se disolvió nuestra sociedad. Sin embargo, disfrutaba sus bromas y carácter ligero, pues daba la oportunidad de hablar con las chicas y obtener su número de teléfono. Aunque mentiría si refiero que, a lo largo de aquellos años, había pensado en él.

            Quedamos de vernos en un restaurante de la zona centro. No llovió en la tarde y eso permitió al tráfico aligerarse. Por lo mismo, llegué veinte minutos antes. Pedí un vermut blanco en las rocas y veía un partido de futbol en la televisión. Recordé que después de ver a Samuel debía pasar con el veterinario por las medicinas para el gato.

            Llegó al lugar un hombre encanecido. El restaurante carecía de los arreglos necesarios para dar cabida a una silla de ruedas, en la que venía el hombre, así que se levantó y le pidió un bastón a la persona que lo asistía. Era Samuel aunque no lo reconocí debido a su envejecimiento. Rengueaba y tenía el rostro atravesado por una cicatriz imposible de ignorar. Le había cerrado el ojo izquierdo y la mejilla había cambiado de lugar. Al parecer, tuvieron que jalar parte de ese tejido para cubrir el faltante, que habría perdido de alguna forma.

            Nos saludamos con efusión. Me dio gusto verlo, así fuera en aquellas condiciones.

            Luego de alguna charla trivial, a media comida, dijo que se estaba citando con algunas personas a las que recordaba con cariño. Era mi caso. No supe qué responder, pues yo lo había olvidado por completo. Se despedía, ya que no le quedaba mucho tiempo de vida. Imaginé que tendría cáncer.

            Refirió que años atrás se vio involucrado en un accidente de caza. Acudía con amigos a cazar patos y conejos a una laguna y un fuego cruzado con otros cazadores, le había quitado parte de la movilidad, además de la forma natural del rostro. Yo lo escuchaba, enternecido y afligido. La había pasado mal. Pero no dijo nada de cáncer o de otro padecimiento que lo amenazara de manera inminente.

Tampoco se lo pregunté.

            No bebía alcohol y sólo comió una ensalada. La más verde y sana del menú. Por mi parte, no resistí la tentación de pedir un corte de carne, jugoso y admirable. Hizo una seña a la persona que lo asistía, a la que le solicitó su medicamento.

            Le conté cómo me ganaba la vida. Él se dedicaba a los negocios y era parte de los consejos de administración de varias empresas, en las que tenían acciones o intereses directos.

            No resistí la tentación y le pregunté por qué hablaba de la muerte con tanta seguridad si es, al final, un evento tan incierto como la vida misma. Permaneció en silencio un minuto y dijo que había programado su muerte. Pagaría a un médico para que lo inyectase con la misma sustancia que se inyecta a un condenado a muerte, así que su tránsito equivaldría a una siesta. Aquello no era una broma. Explicó que no podía dar detalles, pero dijo todo estaba listo.

Un silencio cayó sobre la mesa.

La noticia me impidió seguir con la comida.

Sería libre de los dolores de espalda y de incomodar a las personas con el aspecto de su rostro. No supe qué decirle. Parecía feliz de haberlo decidido. Al final, nos despedimos con cordialidad. Nunca lo volvería a ver. Pedí el corte de carne para llevar y le conté al veterinario lo que me había sucedido. No conocía a nadie que hubiese programado su muerte. Yo iba por medicinas para prologar la vida de mi gato, que sufría por un padecimiento de riñón y se aferraba a la dicha de amanecer.

            Saqué la carne de su empaque y la entregué a un perro de gesto triste, recién operado y en una jaula. La devoró con ansia y su mirada cambió al instante.


Luis Bugarini (Ciudad de México, 1978). Escritor y crítico literario. Es autor de la trilogía novelística Europa integrada por Estación VarsoviaPerros de París y Memoria de Franz Müller, así como del libro de ensayos Hermenéutica, el libro de cuentos Cuaderno de Hanói y el libro de poesía Cabuyero práctico.

Entradas Relacionados