«Tú sabes cómo dicen, ¿verdad?: No todos usan el reloj en la mano correcta; tampoco nadie puede obligarlos», concluyó Aedes, satisfecho con su remate. Lo escuchaba hablar sin hacer esfuerzos por ocultar —o sin saber cómo separar— aquella mezcla entre conmiseración y tirria; sencillamente me preguntaba quién además de este orate podía escupir semejante sarta de bazofia.

Como sea, más allá de infumable, así era el asunto desde las últimas semanas. Pretensiones como esa, por ejemplo, habían querido hacerse pasar por ocurrencias con valor para el partido. ¿Partido de qué?, preguntarían. Nada en concreto, aunque ahora parezca un mero gregarismo o quizás un pretexto para experimentar el sentimiento de camaradería. Habíamos reservado, ya desde hacía año y medio, la mitad del área para fumadores de un Café La Habana —una inercia, de entre todos los cafés, de nuestra propia inclinación y estupidez—; ahí nos reuníamos cada segundo y cuarto viernes del mes, entradas las nueve de la noche. Mal que bien, doce o quince rojillos asistimos sin falta a una mesa que se jactaba de horizontal, sin jerarquías, pero evidentemente presidida por Leandro Ades y, algo más tarde, por mí.

En juntas que fueron determinantes, sin embargo, la dirección del partido había dado un vuelco que para qué llamarle inesperado. Acaso los ideales de Ades permanecían aún en el mismo extremo, estos terminaron yéndose por la vía radical de la causa. Era de esperarse que las últimas sesiones quedaran marcadas por la disonancia y, poco a poco, por la disidencia. Las asambleas se seccionaron en dos y, claro, de más está decir que yo fui su principal contrincante, la oposición de la oposición. Primero nos llamaron Bola de Nieve y Napoleón; a mí apenas se me quedó Bola de Nieve; a él lo rebautizaron Aedes, por incesante.

A tal paso nuestra izquierda comenzó a necrotizarse; nadie tardó en verlo excepto Aedes, que quizá sigue sin ver.

Mi última tarde con el partido fue resultado de un exabrupto del cual aún no me arrepiento. Aedes se comportó más intransigente que de costumbre, por fin anquilosado en sus convicciones. «Tíldame de paranoico si así lo quieres, Manuelito», me espetó, «pero el sabotaje interno no es una herramienta en la que pueda innovarse».

Por supuesto, no esperé a que terminara de efervescerme la cabeza. En un arranque abrí la valija y arrojé sobre Aedes las minutas del semestre corriente. «Órale, cabrón», me escuché con cinismo, entre el revuelo de hojas: «Si se las lleva el viento se  te cae también el teatro; así a lo mejor termina por marearte tanta pinche revolución». Salí de ahí simulando rabia, pero justamente aliviado por no haber expirado junto a aquel montón de pensadores, tal vez sin rienda los desgraciados, pero imbéciles y mezquinos con toda seguridad.

Sin más opción, tomé hacia un sitio de taxis con el diablo pisándome los talones, o que es lo mismo, con Aedes detrás de mí —rojos los dos, a fin de cuenta. Soporté su presencia a lo largo de tres calles que parecieron interminables. No tenía intenciones de disculparse, trataba, en cambio, de arrastrarme consigo, por segunda vez, al nicho político que había erigido en la persuasión y la demagogia; sin más resultado, por supuesto, que una explícita remisión al carajo.

Quería hacerme retractar por mis «anatemas proferidos contra el partido». «¿Cómo piensas hacer eso?», exclamé con el torso vuelto atrás, «¿con tu carisma facultado para el proselitismo? ¡No quieras pendejearme, Aedes!», y esquina tras otra, con el rostro verde, ¡verdaderamente verde!, arrojó pretextos disfrazados de argumentos, menos firmes cuanto más quiso sostenerlos. Sin mejores recursos, se vio forzado a admitir su derrota cuando detuve un taxi.

Antes de poder dar ninguna dirección, el incesante puso sus manos sobre la ventana, con la cabeza casi dentro del vehículo. El marcador en 5.90 ―con la misma prisa que yo― no lo hizo vacilar. «No te engañes, Julito, que tampoco eres un nihilista. Pinche sí, y aborregado como quienquiera», entonces lanzó a quemarropa su frasecilla del reloj, la última de sus convenciones sociales. «Ándate al carajo, colorado de mierda», rezongué.

Quién carajos se creía con su reloj en la mano correcta. En el camino me rehusé a darle más vueltas al caso; aquello hubiera significado prolongar la presencia de Aedes. Para desgracia mía, no encontré mucho que pensar en las dimensiones de aquel Tsuru. Deseaba como nunca llegar a donde fuera, bajar del taxi y acabar con las distancias, cortar de golpe con mis compromisos. Pero, joder, íbamos a cincuenta por hora, la velocidad perfecta de cualquier inquietud, de los horarios que se adelantan y aprietan el paso… Maldije para mis adentros; eso no era lo importante.

«¿Por qué no te pones el reloj en el culo?», susurré. El chofer me miró con el rabillo; me vi en la obligación de disculparme con el viejo. En un arranque de confianza le pregunté si había escuchado algo como eso. «Ni en diez años tras el volante, joven», rió, e insistí familiarmente: «¿Usted en cuál mano lleva el reloj?» No llevaba, para saber la hora tenía la radio. No obstante, en ocasiones, sobre todo cuando salía de paseo con su esposa, acostumbraba portar una imitación de Citizen en la mano izquierda ―y sin necesidad de verlo comencé a sentir el abrazo del reloj, frío sobre mi diestra. «¿Por qué en la izquierda?», respondió sin que le preguntara: «Eso sí lo ignoro, patroncito. Ahí me dijeron que lo llevaban los hombres, supongo.»

Pocas veces me resultó un alivio la plática de un taxista como en aquella ocasión. Quise imaginar al resto de los conductores así, quizá venidos a menos y con la esperanza de jubilación frustrada, aunque con su bien sabida soltura para conducir y charlar con desparpajo. Como fuera, el marcador estaba a punto de superar mi presupuesto. Tuve que suspender nuestra compañía ―mutua, según su buen humor― y pagué en la calle que mejor me convino.

No pude pensar más en los taxistas mientras caminaba hacia casa de mi padre. Solo miraba los postes de luz amarilla de la García, sus noches cada vez con menos estrellas y la aguja horaria de mi Roots, souvenir canadiense, con hora y fecha exactas, perdiendo frágilmente su estabilidad. No caía en cuenta aún, pero el tema ya me consumía.

Traté de recordar en qué mano ostentaba mi padre su Omega, proveniente, según él, de un tío abuelo perdido en las huelgas ferroviarias, y cuya historia algún día tendría que heredar y prolongarla. Frente a su puerta, no le extrañó verme llegar a deshoras; tampoco a mí encontrarlo insomne, aún bien vestido, con la antigüedad sobre su mano derecha.

De dónde venía fue una conversación que pudimos ahorrarnos. Sin duda le hubiera gustado saber que no volvería a verme junto a Aedes entre las filas del partido. Instalados en la sala, me ofreció pan, café con leche y disculpas por la escasez: debía estar enterado que no eran tiempos de bonanza. De ahí, casi protocolariamente, no tardamos en enfrascarnos, casi como economistas sin título, sobre el México de mi padre y el mío, dos y uno mismo, costumbrista, azotado e incapaz de hacer política sin echar hierbas. En diálogo con mi padre comprobé menos mi conversión que las concordancias que empezaron a unirnos. Con el respeto de quien ríe frente a un muerto, nos deshicimos en las polémicas de siempre: parecía sencillo tocar la tragedia sin incurrir en una caricatura. En despotricar contra las instituciones, parodiar a algún funcionario, remarcar los errores que permitimos y tardaríamos en corregir, se nos agotó la leche. Fue entonces cuando hacer repaso en cada partido tuvo el mismo sabor amargo de cada taza.

Entrada la medianoche, no tan cansados como desengañados, con el acuerdo implícito de una conversación que menudea, recurrimos ―por fin― al lenguaje de las cotidianidades.

Discurrimos desde las inestabilidad del clima hasta la defunción de aquella colonia de viejos, entre las tiranías de un jefe que creímos olvidar y el empeño por echar a andar su condenado Marquis, siempre averiado. Un tema se sobrepuso al otro, en tanto el mío aguardaba pacientemente hasta las 2:00 a.m., cuando mi padre exclamó: «¡Madres, pero cómo pasa la hora!», mirándose el suizo con cansancio. Entones creí vernos ya en materia de relojes, o al menos de tiempo, y como un niño de cinco pregunté por qué si el reloj iba en la izquierda, lo llevaba en la derecha, sin más esperanza que un «ve tú a saber».

Para mi sorpresa, dijo con una sonrisa: «No me crees si te cuento». Tuve que animarlo con sus reservas de Chivas Regal. Al ver la sinceridad de mi interés, tomó dos vasos con hielo y llenó ambos a poco más de la mitad. «Este juguete, longevo y oxidado como lo ves, no solo es una reliquia, es también un símbolo que aprecio y que no siempre estuvo en mi derecha», dijo: «Entenderás que no me sobran razones.» Se había cansado de escuchar las veces en que un hombre llevaba el reloj sobre la izquierda para lucirlo con elegancia. «Pendejadas, ¿me oíste?» ―ahí apareció la confianza del segundo enrocado de whisky—; otros, que se le antojaron apenas más razonables, pensaron en la practicidad de reajustar con la derecha cualquier desperfecto de su deriva en el tiempo. A esos lunáticos siempre los veía mirándose las manos. «Yo no soy más respetable, Manuel. Cuando ingresas a la  universidad nadie es indistinto a la política.» Creí escuchar mal pero no fue así; hasta ese punto supe que lo había perdido, pero lo dejé seguir con su relato: En clase de Filosofía Política había tenido un profesor cuyas causas, para muchos, incluyéndose, fueron ejemplares. No era ninguna curiosidad: al menos quienes lo conocieron sabían que ni él ni su reloj se aferraron a la derecha. Desde aquella muestra de compromiso hasta en el uso de los símbolos, él y otros compañeros comenzaron a utilizar sus aparatos en contra de cualquier formulismo; quienes no tenían, pronto se hicieron de uno. Años más tarde, en medio del clamor de las marchas, el profesor encabezó una lista de desaparecidos. La ineptitud de los nuevos dirigentes fueron dejando al movimiento sin bases y con decenas de alumnos a la deriva. Desmoralizado, mi padre regresó su reloj a la derecha cuando renunció a sus ideales, «sin recuperar nunca la comodidad de alguna mano», admitió.

Ya encandilados con su disquisición, apuramos otras historias y otros vasos de whisky que no terminaban de vaciarse.

Nos separamos cuando ya el sueño parecía más bien un agobio, preparándonos para la consecuente resaca. Lo dejé en la cocina intentando lavar algunos trastes, mientras yo me veía en el espejo del baño, aún sugestionado por las historias que había contado. Confirmaba que además del reloj, heredaría su demencia senil: mi padre nunca asistió a facultad alguna.

Mi cabeza estaba hecha una autopista en hora punto; sentía que las ideas empujaban mis ojos fuera de sus cuencas. Miré fijamente mi reloj sin poder saber la hora o si al menos giraba regularmente. Para empezar, ¿tenía el reloj en la muñeca adecuada? o ¿por qué lo llevaba en la izquierda? ¡Pues por ser un jodido esnob!, pensé. Sentía golpes en el esternón cada vez menos repentinos, como si un tercer brazo quisiera abrirse paso, sin éxito, en medio de mi pecho. Me advertí imposibilitado para maniobrar nada; no conseguía sostener el jabón ni abrir la llave del agua, casi poseedor de dos manos zurdas. Fue inútil esforzarlas, ambas habían dejado de responderme. ¿A cuál zurda se iría entonces el reloj? ¿Brincaría de un lado al otro hasta entender, como el Omega de mi padre, que no encontraría la comodidad? Temí verme al espejo otra vez,  con todas mis facciones deformadas hacia la izquierda. Aunque me obligué a cerrar los ojos, no cobré consuelo ni en mi cabeza, aterrado de imaginar retorcidas las calles de la ciudad, vueltos todos los caminos al lado izquierdo. Ahí seguiría Aedes andando en ochos, entre gente con rostros sin vergüenza de cubismo, subiendo, tal vez bajando un laberinto de escaleras, unos más satisfechos que otros por su ausencia de precipicios…

Una arcada me lanzó del trance al borde del inodoro, de pronto tranquilizado por los ecos de un espaciado, reconfortante tic taqueo… y otra arcada más. Con nueve o quince vasos encima, sin sentido de la orientación, me pareció confundir mis latidos con el compás del reloj; girando sin objeto a la derecha, incapaz para el contrasentido. Solitarios, los dos, en la nulidad de todo nuestro contexto.

Arrojé el Roots por el desagüe. Rápidamente, el vómito.

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Alberto Herrero (México. 1995). Transporte público. Ex estudiante de Biología, sin becas, blogs o publicaciones; caminante y ponente esporádico en la Universidad.    

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