Celeste

Comió pan con salami, rábano y pepino. Tras terminar de lavar los trastes y enjuagarlos bajo el hilo de agua, se secó las manos y prendió un cigarrillo. Por la ventana de la cocina, veía la parvada de golondrinas surcar el cielo cual delta negro. Como ellas, se dijo, debería ser, cuando una se cansa, la otra toma el relevo. Se rascó el cuello, disgustada por volver a encontrar esas verrugas filiformes, indicios de que estaba envejeciendo o, en todo caso, de que no le iba tan bien. Miró el reloj en forma de Mickey Mouse de la pared. No tardan en llegar, pensó. Con el cigarrillo en la mano, se mudó a la sala, prendió la tele y se sentó en el sofá. Volvió la mirada hacia la ventana y vio una golondrina caída en el balcón. Se levantó, planchó con las manos los pliegues de su bata y salió al balcón. Con el pie, empujó el pájaro por el desagüe.

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Civismo

Lo vi cómo robaba. El muy sinvergüenza, el sucio y harapiento, creía que iba a pasar desapercibido, eh, no contaba conmigo. Me abalancé sobre él para atraparlo, pero el suelo estaba resbaloso. Alertado por mis gritos, el guardia de la tienda llegó corriendo y se llevó ipso facto al imbécil. Había robado un marco porque, decía él, la niña de la foto se parecía a su hija muerta. Sabía yo que era un ladrón. Es más, seguro que también su hija iba a ser como él.

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El último amor 

Ya son las cinco, no tarda en llegar. Pronto se aparecerá en la calle, apuntará su perfil desde la esquina. Mi corazón, mi alegría, mi todo. ¿Me creerás si te digo que sólo vivo por él, para verlo pasar todos los días a la misma hora? Allí está, es él, le decía el anciano al enfermero del asilo, sonriendo entre las lágrimas mientras acariciaba a través de la ventana a un niño regordete de un año de edad, sentado en su carriola.

 

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Paciente

Él esperaba su muerte. Miraba sus manos, distinguiendo huellas de vejez, sufría por la náusea que le daban los olores y le costaba cada vez más bajar por el pan. Poco a poco, dejó de salir de la casa y sólo circulaba por los cuartos, dejando un corazón de manzana en uno y un calcetín tirado en el otro. Sufría por todo y se quejaba de todo, de la comida que le daban, de la que no le daban. Su quisquillosidad iba en aumento con su descomunal paciencia. Arrastrándose de un cuarto a otro, lamentándose y acusando, con su eterna taza de café soluble en la mano, se preparaba para el momento final. Cuando este llegó, mandó el mensaje: “Ya estoy viudo, mi amor.”

 

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Parece mentira, pero la verdad es que no

Alejandro volvió tarde del trabajo. Se deslizó en la cama al lado de su mujer, intentando no despertarla, le dio un beso en el hombro y miró la blanca pelusilla que palpitaba al son del sueño a punto de flotar. Inspiró el olor de su pelo y le cubrió las caderas con la sábana. Pero todo esto es irrelevante. Lo único que de verdad debió hacer era rezar.

 


Ioana Alexandrescu. Profesora en la Universidad Autónoma de Barcelona y en la Universidad de Oradea. He publicado microcuento y poesía en revistas de España, México, Rumanía y Canadá, el libro de poesía Calla Lilies y varios libros y artículos con temática literaria y lingüística.