Pese a la fortuna del microcuento o la minificción, de sus alcances probados o sus apuestas cada vez más aventuradas, no faltan los juicios desdeñosos que sólo ven ejercicios menores, ociosidades más o menos estructuradas, cuando no “graciosadas” o “chistoretes”, el resultado de una mente abúlica que no puede componer “en grande” o en “en serio”. Aunque la abulia pertenezca, las más de las veces, al lector apresurado que es incapaz de develar los juegos, los retos o los enigmas sugeridos en cada cápsula verbal, no podemos soslayar el hecho de que muchos de éstas carecen de esa chispa que las debería detonar. Se suma a ello algunas incidencias, que más parecen taras, como las repeticiones de anécdotas, personajes, dilemas o, en general, temas abordados.

Género difícil, que no sólo consagra la brevedad o el ingenio para elaborar una ficción. Necesita ese chispazo que no siempre se consigue. Por eso es de celebrar toda propuesta que pueda encender la llama. Es el caso de Casi bestia, casi humano de Javier Zúñiga. Una colección de microcuentos sagazmente ensamblados, con los que reescribe (y parodia) la historia del ángel caído, sin caer en el lugar común o en los caminos trillados de los demonios que habitan las ficciones breves. Acaso en este enfoque resida uno de los baluartes del libro, como sugiere asimismo José Manuel Ortiz Soto en el prólogo.

Cada pieza de este título podría ser un buen ejemplo para desmentir los prejuicios que aún circundan el microcuento; su conjunto, una propuesta que es en sí un ejercicio mayor, “en grande” y “en serio” pese al tamaño de los textos o el humor deliberado (o precisamente por ello).  Una apuesta que consigue, a decir de Lagmanovich, “la otra mirada, una manera fresca de considerar la realidad y la literatura”. 

Budista

Mi caída sucedió en la India, donde a nadie asustó mi presencia. Desde el primer momento fui cobijado por una atmósfera de veneración y enseñanza.  Me revelaron las erudiciones morales y espirituales de doscientos veinte generaciones de sabios. Incluidos tratados secretos, con lenguajes herméticos. Se me abrió el camino para escuchar mi voz interior, la conservación y la apertura a una realidad que ni mi padre imagina. Esta gente no conoce a mi padre y parecen satisfechos por ello.

            Ahora entiendo mi corazón y el corazón de mi padre y el corazón de los que ignoran la existencia de mi padre. En esta tierra donde no hay injerencia de mi creador, los mensajeros celestiales me han dejado un telegrama urgente desde el cielo. Me piden que detenga los estudios en el acto, para que pueda regresar al paraíso.

            Que vengan por mí. No responderé.

Esclavo

Miguel se la vive espiando lo que hago. Gabriel se encarga de vigilar para que Miguel cumpla con su labor. Rafael le exige sus reportes de actividades a Gabriel. A veces Miguel se distrae y entonces truena el cielo. Mi Padre nunca duerme, atento a que sus empleados cumplan sus tareas.

            ¿Habrá alguien que no sea esclavo de nadie?

 

 

Verdugo

Admito que la guillotina no estaba entre mis objetos imaginados. Ni el potro, ni la rueda de picos. Yo nunca propuse los azotes, ni el empalamiento o el péndulo. Ni siquiera sugerí los hierros ardientes en los ojos.

            Afortunadamente los hombres, a tu imagen y semejanza Padre, tienen un ingenio mucho más infernal.

*Javier Zúñiga: Casi bestia, casi humano. Puebla: BUAP, 2016 (Colección Asteriscos).

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