Y luego, aquí:

donde todo empieza y termina,

nacen los hijos de los hombres

que no le temen al Alba:

las mujeres de cabellos

de colores de la arena

y piel transparente,

los hombres de colores

de los días,

con gritos de sudor

en la frente.

Estos hombres y mujeres,

nacidos del Alba,

nacidos de los hombres

sin miedo,

se deslizan por los caminos

del Fuego.

Se deslizan

sin ocultar la mirada,

porque los hombres y mujeres

nacidos con arena en la sangre

gozan del dolor.

Lloran con lágrimas de alegría

al ver el Alba.

Hombres con esperanzas

y sin ellas:

calumniadores,

corruptos

y honestos;

hijos de la concupiscencia.

Estos hijos,

labradores

y escultores de la Tierra,

caminan en busca

de la Nada,

porque en ella encuentran todo.

No desean lo deseado.

Caminan con vendajes en los ojos:

ciegos,

ignorantes.

Se deslizan con flores en los oídos,

y la felicidad va con ellos,

a cada instante,

en lo más profundo del camino del Fuego.

Tragan del humo

y dejan llenar sus pulmones.

Estos hombres

no tienen miedo del Alba, Efraín.

Ellos esculpen,

explotan

y dañan el suelo, la vida.

Cargan la pesada roca

de la verdad,

pero no la sienten.

Sólo sienten las gotas

de sudor rosar

su cuerpo.

Las gotas de verdad

que las toman

como vasos de agua fría.

Pero ellos no tienen miedo

del Alba, Efraín:

Ellos nacieron en el Alba.

 

 

§

Ritual

 

El ritual empieza,

de forma artificiosa camino hacia el lugar.

Mis manos cargan la pesada máquina de la tinta falsa,

ella abre su cuerpo para iluminar la escena.

El ritual es irreal,

yo no escribo,

nada sale de mí.

Mis manos no responden a la presión que ejerzo sobre la máquina.

Ella sólo ilumina mi rostro,

en la oscuridad de una habitación estrecha,

pequeña,

constantemente expuesta a los sonidos tormentosos.

(Madre, deja ya el ruido y baila conmigo,

bailemos la danza de los cuerpos,

abandona todo el dolor y dame tus brazos.

No veas sus rostros y danza,

deshazte del oro falso,

tira las joyas de tu cuello,

deshazte del miedo,

ensúciate los pies,

llora,

gime.

Baila conmigo, madre.

Abandona todo,

pero baila conmigo).

Cierro su cuerpo,

no la deseo,

el placer al tocarla no existe.

Me alejo del artificio,

abandono la habitación

y comienzo a escribir.

 

§

Memoria para no olvidar

 

La mano:

una silueta imaginaria

del movimiento.

El movimiento

da vida a la palabra:

ahora la vida

es desconocimiento.

Los años

cambiantes,

hacen desconocer a esa vida.

¿El movimiento fue el desconocimiento

de tus                [mis]                                     pensamientos?

Las palabras

se convierten

en monstruos del pasado.

Se convierten en voces

agobiantes,

diciéndote que la vida

no se detiene.

La vida se convierte

en aves que toman vuelo;

donde el tiempo toma vuelo.

Donde el espejo de los años

se carcome nuestros rostros:

Los rostros sobreviven

en el recuerdo.

Sobreviven

en las palabras.

Los rostros

se vuelven inmunes

al espejo.

Y las palabras no son más tus                          [mis]

palabras;

las desconoces.

Ya no son tus movimientos.

Ellas se transforman

en fantasmas de las horas.

Ya no son hijas de la silueta madre,

ni son nacidas de tus manos.

Ahora las palabras viven en el aire.

 


Grecia Bojórquez. Nacida en un desierto que desconoce, el desierto de Sonora. Estudiante de Literaturas Hispánicas. Escribe del constante (o al menos ella lo piensa).