Este año se cumplieron cien del nacimiento de Carson McCullers, una de las mejores y más profundas escritoras estadounidenses de su generación. Es más que conocida la anécdota según la cual la madre de Carson, avisada de alguna manera por los hados, vio desde el principio en su primogénita a alguien destinado a la celebridad. La niña tenía talento, de eso no cabe la menor duda. Su madre alentó en ella el gusto musical, con tanto éxito que su primera profesora de piano eventualmente hubo de reconocer que su alumna había ya aprendido todo cuanto ella tenía que ofrecer. Wunderkind, el primer relato que McCullers publicó, es de alguna manera un reflejo de esta infancia de niña prodigio y de su temprana tentativa de hacer carrera musical. No obstante, consciente de la fragilidad de su salud y de las limitantes económicas de su padre para costear sus estudios musicales, McCullers terminó eligiendo otro camino, y gracias a esa elección verían la luz las magníficas obras que su pluma nos legó.

Es posible imaginarse a la futura escritora en el metro de Nueva York o caminando por esa ciudad a la que llegó muy joven a buscar suerte, mujer-niña de rostro extrañamente taciturno en su dulzura, frágil por fuera pero enorme en su interior. En 1940 vio la luz la primera, la más exitosa y, en opinión de algunos, la mejor de sus novelas: El corazón es un cazador solitario. McCullers tenía sólo 23 años, pero era ya capaz de modelar una prosa de sorprendente madurez, sólida en su construcción, firme en sus personajes y conmovedora en sus matices; para los interesados, el esquema inicial de  esta obra fue publicado a la muerte de McCullers como parte de la recopilación de sus obras tempranas e inéditas. Dicha novela es, por donde se le vea, una obra esplendente. Sus primeras líneas nos transportan, como lo señala Joyce Carol Oates, a la narrativa propia de los cuentos de hadas (“En la ciudad había dos mudos. Estaban siempre juntos”), para enseguida introducir la figura de John Singer, asistente de joyería en un pueblo del profundo sur de los Estados Unidos cuyo nombre jamás se menciona pero que evoca al sitio en el que debió pasar su infancia la propia autora: un pueblo algodonero, pobre y racialmente dividido. Singer es un hombre tranquilo, inteligente y amable, carente de familia y de pasado, no obstante lo cual –o quizá precisamente por eso— termina despertando el interés de todos los vecinos de la pensión a la que se acaba de mudar, mismos que ven en su discreta figura de mudo la de un improbable salvador: Biff Brannon, propietario del pequeño restaurante frecuentado por Singer, el inestable e idealista Jake Blount, el viejo doctor Copeland, la vivaracha Portia, y desde luego la pequeña Mick Kelly, precoz adolescente que prefigura al más autobiográfico, mejor logrado y quizá más entrañable de los personajes de McCullers, Frankie Addams, la heroína de The Member of the Wedding (publicado en español como Frankie y la boda).

Cada vez que pienso en Singer siento una extraña fascinación por este mudo que en su silencio parece concentrar todas las respuestas, especie de sombra o fantasma que sin responder de viva voz es capaz de dar continuidad a todas las preguntas, como un oráculo a la inversa que sin desearlo ni planearlo permite a los otros reflejarse, ver, verse más allá del solipsismo de sus propias vidas incomprensibles. La mayor paradoja es que en este circo de alienados (todos los personajes de McCullers lo son en mayor o menor medida) el mejor representante sea precisamente el propio Singer, alienado a su vez por su condición y secretamente enamorado de Antonapoulos, el “griego obeso y soñador” con quien antaño compartiera su vida y paliara a su vez su soledad. Antonapoulos, internado por su primo en una clínica en otra ciudad, es un ser tranquilo y de escaso intelecto, lo que lo convierte en el epítome de la más franca inocencia y del más desesperanzado amor. Qué pareja, me he dicho muchas veces, mezcla de lo pueril y lo trágicamente bello, sólo superada en McCullers por aquella que conforman los inusuales protagonistas de La balada del café triste. También he pensado a veces que esta novela de McCullers evoca otras historias protagonizadas por parejas disímiles, Bouvard y Pécuchet  por ejemplo. Pero probablemente me equivoque. De hecho, Bouvard y Pécuchet no solamente son o al menos parecen felices pese a su insensatez, sino que logran comunicarse ahí en donde Singer y Antonapoulos ni siquiera tienen ese consuelo. De hecho, a todo lo largo de la novela Antonapoulos permanece ignorante e indiferente al amor del que es objeto y motivación. El amor entre estos dos mudos es, pues, vía de un solo sentido. Pero ¿qué amor no lo es?, pensaría quizá McCullers. Al mismo tiempo hay en el silencio recíproco de estos encuentros cierta continuidad vital, presente en la irreprimible búsqueda de conexión con otros seres y en la imperiosa necesidad humana de pertenecer. La muerte de Antonapoulos deja al propio Singer a la deriva, barca encallada y desprovista de timón, mientras que su propia muerte sacude las vidas de quienes han esperado de él una salvación que no ha de llegar. Tal vez, me digo, es que todos ellos han intuido las implicaciones de una única verdad: sin los otros no existimos, pero estos otros nunca, jamás nos podrán salvar.

 

La soledad fue el gran tema de McCullers, el que la obsesionó toda su vida. Por sus obras desfila una miríada de personajes melancólicos y segregados, Singer y Antonapoulos, Frankie Addams, Miss Amelia y el primo Lymon, J.T Malone y el juez Fox Clane, seres que buscan y no encuentran un lugar en el mundo en que les ha tocado vivir. ¿Qué es lo que McCullers nos quiere decir? Tal vez que hagamos lo que hagamos es imposible romper la barrera que nos separa de los demás. O tal vez que pese a la soledad el amor existe. Si en McCullers esta obsesión se enmarca y cobra forma en el contexto de las complejas relaciones raciales en el sur norteamericano sus alcances son, empero, de índole universal: nacemos y morimos totalmente solos, y esta soledad es real incluso cuando parezca lo contrario, sobre todo cuando parece lo contrario, como si entre más amáramos más estuviésemos dispuestos a renunciar a nosotros mismos y en esa renuncia a nuestro ser se encerrara el germen de la verdadera alienación. La otra gran obsesión de McCullers fue el sentido de la vida ante la muerte. En su última novela, Reloj sin manecillas (de la que Flannery O´Connor afirmara, tal vez en un arranque de envidia o de incomprensión, que era la peor novela que había leído en su vida) McCullers nos ofrece una melancólica meditación en torno a este tema a través del recuento del último verano de J.T. Malone. “¿Es esto todo lo que ofrece la vida?”, se pregunta Malone, quien sólo encuentra respuesta cuando es ya demasiado tarde para servirse de ella, es decir, en el trance de su propia extinción. O dicho de otra forma, en una frase de ecos tolstoianos: “La muerte es siempre la misma, pero cada hombre muere a su manera.”

 

La propia Carson tuvo una vida corta, difícil pero iluminada por la escritura, que, ella misma lo escribió en algún lado, era precisamente eso: una iluminación. Pero no nos engañemos; también tuvo a bien aclarar que las iluminaciones eran la gracia del esfuerzo. Como otros grandes antes y después que ella McCullers jugó un papel no poco importante en su propia destrucción: su afición al alcohol, su calamitoso matrimonio con Reeves McCullers (él mismo un alcohólico irredimible que terminó suicidándose, no sin antes comprometer a Carson en un pacto suicida del que ella, afortunadamente, desistió al final), su inestable personalidad y su frágil salud, todo hizo de ella un personaje digno de una tragedia y, al mismo tiempo, como lo afirmara Tennessee Williams, entre sus amigos uno de los más fieles, una figura “tan curiosa y bellamente irreal como la propia noche.” Tras una existencia marcada por recurrentes problemas de salud McCullers murió como resultado de una hemorragia cerebral a la temprana edad de 50 años en un hospital de Nueva York. Desde entonces su obra no ha dejado de crecer, de ganar lectores, de ser apreciada en la justa medida de su grandeza. Dejó tras de sí un legado de varias novelas, una colección de relatos y un par de obras de teatro, algunos poemas y escritos ensayísticos publicados aquí y allá, además de la autobiografía que dictó ya muy enferma y que, inconclusa, se publicó póstumamente bajo el título de Iluminaciones y fulgor nocturno. De su más bien escasa producción poética me quedo con “The Mortgaged Heart,” “El corazón hipotecado,” un poema que habla precisamente del peso que los muertos ejercen sobre los vivos, así como de la función, del deber diríase, de estos últimos hacia quienes se han ido ya. Uno intuye en él la peculiar mezcla de indignación y de asombro ante la vida y la muerte que permea toda la obra de McCullers; también, como gran parte de su producción literaria, es tremendamente triste. No lo conozco en traducción al español, así que modestamente ofrezco la primera estrofa en versión personal: Los muertos exigen una doble visión. Una zona más extensa/ Fantasmal decisión del reparto. Porque los muertos reclaman/ Del amante los sentidos, el hipotecado corazón.